Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos de una Batalla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos de una Batalla. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de diciembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XIV

XIV OSCURIDAD Y SOMBRAS


Vivir para ver. Nunca creí que uno de los nuestros pudiera mostrar la más mínima conmiseración por alguien que no pertenezca a nuestra estirpe. En la noche de ayer, entre la batalla y el caos, pude ver un ejemplo claro de porqué semejantes actos son tan poco frecuentes.
Y rápidamente castigados.

Palabras de Lynguer de Jiriom


Un asesino escuchó lo que otro tenía que decirle y, acto seguido, completó su trabajo. Sonrió al hacerlo, aunque no fue porque arrebatar una vida le produjese placer —es más, hacerlo no provocó en él ningún sentimiento—, sino por la satisfacción que le causaba saberse superior a su enemigo. Luego, no sin buen cuidado, registró las ropas del caído. El contenido de los bolsillos de quienes se dedicaban a su profesión solía ser valioso, aunque siempre poseía un extra de emoción que podía resultar letal.
Tras unos minutos, abandonó el cadáver a su suerte. La misión que le había sido asignada ya estaba completada, a pesar de que los métodos que había utilizado no fueran los ideales a juicio de su patrones.
¡Patrones! —pensó, mientras caminaba, silencioso como la sombra de un gato—. ¡Qué fácil es acostumbrarse a determinadas palabras!
Sí, lo era y mucho. Aunque en aquella ocasión no había una figura oscura que desembolsara la plata que le correspondía tras un intrincado ritual mercenario, no había dejado de considerar a Qüestor como su patrón en ningún instante de aquella larga noche. Un bardo que no daba órdenes y que no pagaba. Que se limitaba a ofrecer sugerencias y marcar caminos para que sus señores —¿a quién servía él en realidad aparte de al viejo hechicero agrestense?— obtuvieran aquello que buscaban. Desde el principio, desde unos meses atrás, cuando acudió a buscarle con promesas de oro y fama, había desconfiado de él y le había despreciado. Ahora le consideraba un patrón. ¡Las vueltas que da Drashur!
Hubo una explosión, el suelo tembló y el asesino estuvo a un paso de rodar por el suelo. Un tejado cercano se derrumbó, entre llamaradas y en mitad de una nube de polvo y humo. Eso no evitó que dejara de caminar, aunque mucho más atento al cielo que unos momentos antes. Otro proyectil ígneo, arrojado por una de las catapultas de los demianos que entonces se alzaba a menos de un cuarto de milla de la muralla occidental, surcó el aire. El hombre lo siguió con la mirada durante menos de un parpadeo. El estallido no le cogió entonces por sorpresa.
Tan cercano como el entrechocar de armas que se alzaba más allá del pitido de sus maltrechos oídos. Apretó el sable en su mano derecha, en ningún momento lo había soltado, y amparándose en las sombras se deslizó como una más hacia el ruido. Un cuchillo procedente del interior de una de las mangas de su camisa apareció en la otra mano. Hacía frío, aunque él no lo notaba. El sudor del combate no había tenido tiempo de enfriarse y su corazón latía con fuerza. Dispuesto para cualquier cosa.
Al otro extremo de la calle tres soldados dhaitas combatían como bien podían contra seis individuos sin uniformar, cubiertos con pieles y armados con toscas hachas y los hierros que habían logrado arrebatar a otros tres hombres de Dhao, que yacían en el suelo empedrado. Su destino estaba escrito de antemano. Al menos hasta aquel momento.
El asesino suspiró, como podría haberlo hecho al ver a un niño particularmente torpe tropezando con sus propios pies. Las blandas botas de cuero teñido de negro se deslizaron sobre la piedra manchada de ceniza y sangre. Un edificio, un almacén, por lo que había podido ver durante las escasas jornadas que había pasado en el pequeño señorío, ardía poco más allá de donde se encontraban los guerreros, vendiendo cara su vida. Algún impacto de las armas de guerra de los bárbaros. No se veía ni un alma. Ni un solo civil había asomado la cabeza en las calles desde que se inició el ataque.
El hacha de uno de los demianos zumbó junto al capacete de su enemigo,a media pulgada de cercenarle una oreja y, tal vez, algo más. El soldado dhaita retrocedió medio paso, sólo para encontrarse con la espalda de uno de sus compañeros de refriega. Una espada corta le atravesó entonces el flanco, sin detenerse ante su fina armadura. La hoja penetró justo sobre la cadera, chirriando contra el hueso. Una herida fea. Ascendente. De las que destrozan riñones y arrebatan vidas.
No pudo hacer nada por detener aquel ataque, mientras el soldado se derrumbaba y los dos que le acompañaban se quedaban solos frente a sus seis asaltantes. Pero después sí…
El cuchillo que empuñaba salió vibrando del enrarecido aire nocturno sólo para clavarse en el cuello de uno de los norteños con un silbido y una pequeña fuente de sangre. Su sable penetró en la espalda de otro antes de que tuviera la oportunidad de descubrir de donde venía el ataque. El tercero, ya alertado de su presencia, intentó volverse hacia él para detenerle con su corta espada. Sin demasiada fortuna. El hierro se clavó en uno de sus hombros, en una herida que, si no era letal, sí era muy peligrosa. La alabarda de uno de los dhaitas supervivientes hizo el resto.
—Tres a tres, eso me gusta más… —estaba murmurando con una sonrisa cruel cuando, entre el estrépito de las llamas del cercano edificio, escuchó una voz que le resultaba muy familiar.
—¡Hay alguien ahí! —gritaba—. ¿Podéis oírme?
El asesino detuvo el hacha de uno de los bárbaros supervivientes, mientras tanto él como los otros dos que le cubrían los flancos convertían lo que iba a ser una escabechina en el comienzo de una dubitativa retirada. La superioridad numérica ya no estaba allí y sin duda su súbita presencia, volviendo las tornas, les había hecho pensar durante un instante en que el propio Zariez se tomaba la venganza por sus actos.
Pero él no era Zariez, al menos en lo que a la piedad que conlleva la muerte se refiere y las dudas, en la batalla, nunca han sido buenas consejeras. Fintó un ataque a fondo que no era tal, giró la empuñadura en un ángulo inverosímil y obligó al que tenía delante a utilizar ambas manos para detener el impacto de su acero con el hacha. Saltaron astillas y la hoja se deslizó por el astil, siguiéndolo en toda su longitud hasta encontrarse con varios dedos, que volaron por el aire antes de que el demiano supiera que estaba sucediendo. Entre pavorosos gritos de dolor, el norteño soltó el arma. El arma del asesino le arrebató la vida con un largo tajo escarlata en el cuello.
Aquello hizo que el conato de huida se transformara en una retirada con todas las de la ley. Los lobos se habían convertido en conejos asustados y sus presas… los dhaitas, a pesar de su fama de blandos, no tuvieron clemencia con ellos. Las alabardas, letales si existía un espacio para maniobrar con ellas, atajaron la carrera de sus rivales antes de que pudieran terminar de girarse para escapar. Los cuerpos de los bárbaros cayeron entre inmundos charcos de sangre, pero, para entonces, el asesino ya no estaba allí.
Se encontraba a las puertas del almacén incendiado, donde el humo lo llenaba todo, acre y amargo. Humo de aceite y madera quemados, teñido del hedor de la carne humana abrasada. En el suelo, a unos pocos pasos de él, quien había hablado unos momentos antes se encontraba inclinado sobre un segundo cuerpo, vestido con una sobreveste del ejército dhaita.
La figura del buen samaritano que se arrodillaba junto a la otra era la viva imagen del asesino. La tendida a sus pies empuñaba un arma acerada y golpeaba contra su pecho.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XIII

XIII EL ARQUERO


Conozco medio centenar de palabras que podrían poner a un hombre de rodillas y obligarle a suplicar clemencia y ninguna que sea capaz de conmover el alma y hacer que de verdad se arrepienta de sus actos.

Palabras de Taith el Anciano


Qüestor Elendhal. Aquel era su nombre, aunque no lo había sido plenamente desde su nacimiento y no sería con el que moriría. Pero de lo primero había pasado una buena cantidad de lunas y hasta lo segundo faltaban muchos años. Entonces, en aquel preciso instante, el hombre en el que era considerado por todos un bardo. De los mejores, según algunos círculos. De los más engreídos, según otros. De los que aprovechaban un nombre y una fortuna que no merecían, de acuerdo con las opiniones de los que se tenían a sí mismos como los más versados. Sin embargo, de haber estado allí algún representante de cualquiera de aquellas facciones, sin duda habría convenido en que Qüestor era también uno de los juglares más ágiles que había conocido Drashur.
El resplandor proveniente de las manos del sacerdote demiano se convirtió en un rayo cegador, con un chisporroteo tan intenso que pareció detener el tiempo. Mientras, los pies del bardo se movían, bailando una complicada gavota arco en mano. La luminosa estela atravesó la herida de la muralla, con la misma facilidad que él parecía atravesar las filas amigas. El rayo pasó junto a la cabeza del caballo de guerra, mientras el caballero se desplomaba, arrojado al suelo por el rápido bailarín.
Las picas al rojo cayeron de las manos de los soldados. La luz se disolvió en la noche. Pequeños destellos luminosos recorrieron el acero de la armadura del Barón de Khörs. Demianos y dhaitas abrieron los ojos. Rostros aterrorizados, sorprendidos… una oportunidad de acabar con el caballero que tanto daño les había hecho se reflejó en los ojos de uno de los bárbaros, a través de la abertura de su oxidado yelmo.
El reflejo quedó reemplazado por un estallido de sangre y las plumas de una flecha.
—¡A él! —gritó el bardo.
Su voz, bien proyectada, como si se encontrara sobre un lujoso escenario, rebotó contra los sillares de piedra. No hizo falta que dijera nada más. Los pocos ballesteros que todavía tenían sus armas cargadas, abrieron fuego contra el clérigo vestido de negro, el mago malvado que servía a los intereses del Yermo y a todo lo que aquello suponía. Las saetas zumbaron por el aire. A su alrededor, en torno a él. Ninguna le alcanzó, engullida por una sombra que devoró hasta la última. Qüestor creyó escuchar cómo reía, aunque lo más seguro fuera que lo imaginara. Entre el caos de la batalla, no podía escuchar más que ruidos confusos.
Cargó y descargó su arco tres veces más, alejando a los norteños que pretendían acabar con él y con el paladín caído antes de que Falstaff y Salier, entorpecidos por sus propias tropas, llegaran a su lado y se convirtieran en dos rocosos muros. Belver de Khörs se levantó, para unirse a ellos. Algunos de los soldados que estaban a sus espaldas gritaron alborozados al ver que el noble continuaba como si tal cosa, convertido de nuevo en una bandera con forma humana. La mayor parte guardó silencio, más ocupado en conservar la posición y la vida que en mostrar una alegría que tal vez no dudara más que unos instantes. Qüestor Elendhal murmuró por lo bajo. Aquella no era la mejor posición en la que podía encontrarse. Él prefería ver las cosas desde lejos y evaluar los riesgos. También tener un blanco claro del enemigo que en aquel momento ponía en mayor peligro la integridad de las defensas de Dhao.
Aún así, el juglar se las arregló para sacar varias flechas más del carcaj y hacer puntería en sus enemigos a través de los escasos espacios que le dejaban los tres protectores guerreros. Silbando, los proyectiles hicieron que el clérigo de Kroefnir gruñiera entre dientes, Salier sonriese y el Barón mantuviera su terco silencio; abochornado por la forma en la que le había salvado la vida, tal vez su orgullo le impidiera responder de otra manera.
No fue demasiada la alegría que obtuvo con cada uno de sus blancos. El principal se mantenía a buen recaudo, tras unas filas demianas que no dejaban de crecer en torno a la brecha y unos oscuros encantamientos que parecían protegerle de cuanto le arrojaran. En las murallas, la resistencia cedía paso a paso. Muchas cabezas, en lo alto de las escalas, se alzaban tras la roca gris, sin que los defensores de Dhao pudieran retener su avance más que lo justo. Y no sólo eso. El fanático de Demosian alzaba los brazos de nuevo, murmurando maldiciones y conjuros. Poco le importaba que sus propios hombres se encontraran entre él y sus enemigos.
Qüestor Elendhal rozó el broche con forma de arco que sujetaba su capa. Mucho había pasado para llegar hasta allí y no iba a acabar de aquel modo. Bajo las órdenes de Taith había recorrido medio Drashur para reunir a unos pocos elegidos y juntos habían recorrido el norte del continente persiguiendo habladurías e intentando evitar aquello. Un sacerdote sin nombre y un hechizo mal articulado no iban a acabar con todo. No iba a fallar ni a su misión ni a ella… ella, que aguardaba en el castillo Qüintain que todo sucediera como debía.
—¡Échate a un lado! —dijo al soldado del hacha, a Salier Jariesi, con quien había compartido las gamberradas de infancia y juventud.
—No puedo descuidar el flanco…
—¡Hazlo!
El soldado le obedeció a regañadientes, mientras blandía para mantener apartado a un demiano que, al ver su retroceso, unió sus fuerzas al que trataba de superar a Belver de Khörs. A través del hueco abierto, la figura del servidor de Demosian se hizo mucho más clara, alzándose entre los bárbaros que se desparramaban por la grieta de la muralla y reluciendo con luz oscura, mientras preparaba una nueva descarga.
—¡No servirá de nada! —protestó Salier—. Ya has visto que…
El bardo no le hizo caso. Su brazo fue hacia atrás, tensando el cordaje hasta que los dedos le dolieron y amenazaron con ceder. Pero no le tembló el pulso. Con la punta de la flecha buscó el pecho del sacerdote. Sus labios se movieron al compás de los del demiano, susurrando al astil del proyectil, como si hablara con él. Luego, contuvo el aliento durante unos segundos y soltó la tripa.
La flecha voló rauda, pasando junto a la oreja de Falstaff Vladsörd, por debajo de la alzada maza de uno de los demianos y junto a la testa coronada de pinchos de un guerrero tatuado y de rostro enrojecido.
El sacerdote sonrió y en aquella ocasión Qüestor estuvo seguro de que no se trataba de su imaginación. Sabiéndose superior, miró hacia el mortal proyectil, sonrió y continuó con su conjuro, ignorándola y con la certeza de que la oscuridad que le rodeaba la destruiría como a tantas otras.
Abandonó aquel gesto cuando la madera, el metal y las plumas se transformaron en luz pura y blanca, atravesaron sus embrujadas defensasy estallaron en su corazón, derribándolo con una furiosa explosión.
—¡No te quedes de un aire! —le gritó el clérigo, mientras enterraba el filo de su espada en el abdomen de uno de sus enemigos—. Esto no ha acabado.
No, no lo había hecho, aunque Falstaff no sabía lo cerca que había estado de terminar.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XII

XII MANCHAS DE TINTA


No muchos saben lo dolorosas que resultaron para algunos las heridas inflingidas durante la más tarde llamada Batalla de Dhao. No sólo las de la carne, sino las del espíritu y el alma, que se cebaron tanto en los que cayeron en la lucha como en aquellos que les enviaron a morir con la certeza de estar haciendo lo correcto.

Memorias de Qüestor Elendhal Tomo I


La pluma se deslizaba sobre el pergamino, dejando una leve traza de tinta. Las líneas, de caligrafía perfecta, narraban sin titubeos lo que podían ser las últimas palabras de su dueña. Dariahn de Dhao las escribía sobre la superficie de la misma mesa en la que, años después, después de que ella muriera, el hombre que sería su marido redactaría sus propias memorias. Pero la noble no podía saber aquello, igual que no conocía cuál sería el final de la confrontación que se libraba al otro lado de los muros.
Sus dedos, largos y finos, guiaban la pluma de oca a lo largo de las líneas, sin que esta se saliera de los renglones invisibles entre los que parecían moverse todos sus actos. Tras haber abandonado el interrumpido baile, había dejado aparte su vestido lleno de brocados, había vestido uno mucho más sencillo y se había recogido el pelo. Su gesto era entonces firme, aunque sereno y mucho más adusto de lo que habrían hecho suponer sus poco más de veinte años. Porque la Señora de Dhao todavía era una mujer joven, aunque la responsabilidad de su cargo fuera una que se habría encontrado más acomodada en hombros más ancianos y sabios.
En el exterior, los estallidos y el ruido de la espada contra el escudo y de las hachas contra las mazas se sucedían y Dariahn, con su ininterrumpida escritura, parecía ignorar todo aquel alboroto. Escribía con firmeza, poniendo sobre aquel pellejo amarillento cada detalle de lo que eran unos deseos que, tal vez, jamás tendrían lugar. Cada anhelo que no llegaría a buen puerto. Cada deseo y cada ansia de su corazón que, de vencer sus enemigos, jamás se verían cumplidos.
Los arcos descargaron sus flechas y las ballestas respondieron y la Señora de Dhao detuvo su mano durante unos instantes que para ella fueron eternos. La Historia la recordaría por aquel momento. Si caían o si se alzaban con la victoria, a ella sólo la recordarían por sus acciones y por sus palabras. No por los deseos incumplidos de una niña, sino por los actos de una mujer.
Aquellas palabras no eran dignas de ella, así como tampoco lo era fingir que ignoraba lo que estaba sucediendo a sus pies. Sin duda no lo hacía. Sabía muy bien lo que estaba pasando y hasta el último detalle dependía de sus decisiones y de sus actos. No había dado la espalda a los suyos ni por un solo momento. Todo lo que había hecho… todo se sabría a su debido tiempo. Las lágrimas y los sentimientos vanos y necios no iban a empañar los actos que había realizado en aquellos amargos días.
Llevando el pergamino hasta la llama de la candela que la iluminaba, Dariahn de Dhao dejó que el fuego lo consumiera.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XI

XI VENENOSA TRAICIÓN


Hay media docena escasa de puntos que resultan vitales en el cuerpo de un hombre. Conocerlos, es conocer la diferencia inmediata entre la vida y la muerte. Hoy aprenderán de la otra docena que conduce a los brazos de Zariez dejando un reguero de sangre y un sendero lleno de lento sufrimiento.

Palabras de un instructor demiano


La explosión rozó a Arros como una ola de calor, librándose por poco de que le alcanzara de lleno. El segundo de Adkrag Zelnistaff cayó al suelo, arreglándoselas para rodar sobre sí mismo y aminorar la mayor parte del impacto. Cuando se puso en pie, tambaleándose, el aire olía a carne y pelo quemado. El hombre que había prendido el aceite había desaparecido en mitad de la llamarada de aceite incandescente. De él sólo quedaban… el demiano se quitó media oreja de uno de sus hombros con el filo de su cuchillo. Cayó, chamuscada y crujiente.
Arros tosió. El humo llenaba lo poco que quedaba del almacén. Las llamas, atenuado su ímpetu inicial, ardían todavía furiosas, devorando los restos de las barricas y cántaros. En las vigas, renegridas por el estallido, había incrustados pedazos de cerámica. La metralla no sólo había hecho eso. En aquel momento el norteño se encontraba solo. Quienes le habían acompañado hasta aquel momento yacían en el suelo. La sangre, más densa que el agua y mucho más densa que el aceite, llenaba el suelo.
Embozándose con los restos de su carbonizada capa, buscó una salida. Además de la que se había abierto, arrasando de paso la vivienda del anciano, sólo quedaba aquella por la que habían entrado los soldados dhaitas. No había ni rastro de más de ellos entre las nubes de humo. Si los había habido, habrían sido barridos al igual que los norteños que le habían servido hasta entonces y yacerían desperdigados.
El rostro picado de viruelas del atípico demiano se contorsionó en un simulacro de sonrisa que hizo que las quemaduras que le habían marcado la faz escocieran y le hicieran recordar lo pésimo de su situación. Aquello… aquello había sucedido a destiempo, más aún por la presencia de los dhaitas, que parecían estarles buscando de antemano. Tragó saliva al evaluar aquello y lo que suponía. Los malditos conocían de antemano su presencia y habían intentado contenerles antes de que pudieran iniciar el incendio… espías, traición o la mitad de cada. Aunque no merecía la pena dar demasiadas vueltas a aquellos términos, cuando lo que tenía que hacer era salir de allí.
Arros retrocedió, con sus pies tropezando con los pedazos de madera astillada y los restos de las tinajas reventadas. Las llamas se extendían, rojas y vibrantes, devorando lo poco que quedaba del almacén y tiñéndose de azul y ámbar allí donde se alimentaban del aceite derramado. Los cuerpos destrozados yacían por todas partes. Los de sus soldados, los de los dhaitas a los que habían sorprendido y degollado…
No tardó más que unos instantes en tomar prestada la capa y la sobrevesta verdeazulada de uno de ellos y colocárselas por encima. El tiempo justo antes de que varias figuras se perfilaran entre el caos.
—¡Hay alguien ahí! —gritó una voz con acento del sur—. ¿Podéis oírme?
—¡Aquí! —respondió Arros, después de unos segundos de duda, entre toses que tenían tanto de fingidas como de reales—. ¡Hay heridos! ¡Cof! ¡Necesito ayuda!
—¡Ya voy!
El segundo de Adkrag Zelnistaff reconocía aquella voz con deje sodaita. No recordaba de cuándo ni de dónde, pero era la de un enemigo. De eso estaba seguro. Apretó su daga entre los dedos y esperó, acuclillado todavía y medio oculto por el humo y los colores de Dhao.
Un hombre, vestido con justillo de cuero y capa gris se acercaba a él. Sus rasgos, al igual que su voz, no le eran por completo desconocidos. Moreno y con los ojos verdes, era una copia casi idéntica del individuo que hasta pocos instantes antes había corrido por los tejados en persecución de Karadrag, el asesino. Pero eso Arros no podía saberlo.
Mirando todavía al suelo, el bárbaro apretó con más fuerza aún la empuñadura de su arma. Si él podía reconocerle, tal vez también sucediera al contrario. De poco iba a valerle su disfraz entonces. El rostro le escocía y el calor se hacía insoportable por momentos. Un par de pasos más y le hundiría la daga en el pecho, detendría sus andares pretenciosos y el bamboleo del estoque que colgaba de su cinturón. Luego huiría.
—Señor, los han matado a todos —dijo otra de las confusas sombras, aquella con el amanerado acento de los dhaitas—. Acuchillados a traición.
—Propio de ese animal de Arros —gruñó el sodaita, girándose a medias hacia el militar—. Aunque parece que ha dejado uno con vida. ¡Llevadlo fuera! No se preocupe, soldado, ahora esta en manos de Saeth de Jiriom —añadió, tendiéndole la mano—. Nada malo va a sucederle.
Aquel nombre destelló en la embotada mente del demiano como una estrella en explosión. Claro que reconocía a aquel tipo. Era uno de los que se habían dedicado a amargarles durante las semanas anteriores, preguntando por las aldeas y acercándose cada vez más a sus emplazamientos. Uno de los que les había acosado y cuya existencia había negado ante su general para que el plan de ataque contra Dhao no se detuviera.
Una especie de rugido surgió de su garganta cuando, al tiempo que agarraba el antebrazo estirado hacia él, la daga que empuñaba se precipitó contra el pecho del maldito Jiriom.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo X

X EL HÉROE


Por honor todos marchamos / por honor las armas alzamos.
Por honor la vida perdemos / por honor nuestra sangre damos.

Canción de batalla agrestense


Los soldados verdeazulados se arremolinaban en torno a la brecha, rechazando con largas picas y alabardas los envites de los guerreros demianos. Los hombres del norte, vestidos con armaduras y empuñando espadas y hachas, hacía rato que habían sustituido a los desarrapados esclavos de la primera oleada. La sangre de estos embadurnaba las destrozadas rocas, igual que si fueran ellas las que se desangraban a través de la herida de la muralla. Gritaban, luchaban y morían, y, aunque los soldados dhaitas los retenían sin dejar que sus salvajes huestes se extendieran por las curvadas calles como una marea incontrolable, no podían evitar que avanzaran paso a paso, mientras sus pies retrocedían sobre el pegajoso empedrado.
Entre los soldados defensores una figura se alzaba sobre todas las demás como una banderola viviente. Embutida en una armadura brillante y a caballo, animaba con sus gritos a los dhaitas, exhortándoles a no ceder ni una pulgada. Su voz, potente y animosa, les instaba a atacar con saña, con las palabras de un general bregado en un centenar de batallas y el ánimo de un jovenzuelo en plena justa. Pero gritar no era lo único que hacía, pues, además de dirigir la respuesta de los defensores, parecía encontrarse en todas partes, haciendo uso de su espada donde fuese necesario.
El caballero reía, con su sobreveste hasta entonces impoluto manchado de cuajarones y sesos. Implacable como Falstaff Vladsörd, el sacerdote de Kroefnir que, desde la retaguardia, se abría paso hacia la primera línea, su actitud no podía diferir más de la de este. Como en el baile en el que se encontraba hasta pocos minutos antes, el Barón de Khörs se movía entre la infantería como si se encontrara siempre en el momento y el lugar adecuados. Pues aquel que bramaba y mataba no era otro que el agrestense Belver de Khörs.
La espada descendió en un arco de muerte. El guerrero demiano que debería haberse rendido al toque de Zariez se apartó a duras penas. Aunque no pudo evitar que la amarilla dentadura de la montura del caballero le arrancara media oreja. El norteño aulló de dolor antes de que el retroceso de la espada le alcanzara en plena axila. Cayó con el brazo colgándole por apenas unos hilos de carne, desmadejado y dejando escapar un inmundo chorro de sangre.
—¡Muere, bellaco!
Belver de Khörs sonrió radiante, mientras su caballo reculaba, culebreando entre los infantes y los piqueros con los ollares dilatados. El negro animal, una extensión de su jinete, parecía oler la debilidad y la sangre. Era una auténtica bestia de guerra que no precisaba del uso de riendas para ser guiada. Mordía y coceaba a sus rivales —y en ocasiones a sus aliados— sumergiéndose en la batalla con idéntico entusiasmo que su dueño., con una elegancia incuestionable a pesar de su brutal comportamiento.
—¡Adelante, que no pase ni uno!
Una saeta silbó junto al noble y su expresión cambió de la alegría al desconcierto y al enfado. Él era un hombre de honor y quienes se atrevían a atacarle con armas tan despreciables unos meros cobardes. Aunque debía reconocer que en las actuales circunstancias tenían una buena ventaja. Junto con los guerreros de a pie vomitados por la sangrienta herida de la muralla una docena larga de ballesteros. Varios más abrieron fuego contra las tropas que le rodeaban y varios dhaitas cayeron a su alrededor. Uno de los proyectiles rebotó en el escudo del sacerdote vestido de blanco que combatía a pocos pasos de él. El hombre santo, Khaelys, frunció el ceño antes de seguir combatiendo.
Varias flechas, aquellas en sentido contrario, hicieron que dos de los ballesteros. Los propios arqueros de Dhao, famosos en muchas millas a la redonda, se reagrupaban. Los demianos supervivientes se echaron al suelo, buscando la cobertura de los escombros. Algunos lo consiguieron. Otros no. Para Belver, aquello equilibraba las cosas. Al menos un poco.
—¡Contenedlos! —gritó el barón, mientras clavaba los talones en los flancos de su montura.
Los cascos del caballo de batalla, como platos soperos, se levantaron en el aire. Las luces de las antorchas y las lámparas se reflejaban en su armadura y su espalda, las picas se alzaban a su alrededor, como un bosque. Una escena digna de un cuadro.
Sólo faltaba un relámpago destellando en el cielo nocturno.
Aunque sí había uno que provenía de las manos de Galkor, el sacerdote de Demosian.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo IX

IX SILENCIOSO


Cuando los gigantes luchan, los hombres sufren… entonces el deber de los míos es tomar partido por las hormigas.

Palabras atribuidas a Finerotius


El solitario jinete recorría la Ruta Norte como alma que lleva Zariez, obligando a su pesado percherón con la presteza de un corcel ligero. Sus cascos, como platos soperos, golpeaban la dura piedra de la calzada levantando ecos que eran devorados por el bosque y la hambrienta noche.
El hombre tenía el rostro tenso, concentrado. Era moreno, aunque su piel debía aquella tonalidad al sol, no a su nacimiento. Su cabello, oscuro sin ser completamente negro, era demasiado largo para lo que solía considerarse civilizado y se agitaba sobre sus hombros, repleto de sudor, hojas y ramitas. Un bigotito, escaso, formaba una delgada línea horizontal en su rostro, cruzado de cicatrices. Sus ojos brillaban, con emoción. También con el resplandor de algún trago de más.
Frente a él la ruta trazaba una curva. Hacia el norte, apartándose del río Jiraimot. Una senda salía de ella, directa hacia el sur. Tomo aquella última, alejándose de la ya cercana Dhao y de los ejércitos que en ella combatían. Pocos minutos más tarde, el garañón chapoteaba por un vado. Los cantos rodados y la blanca espuma saltaban a su alrededor, empapando las botas y los pantalones pardos del jinete.
La arboleda del otro lado del cauce era más densa y antigua y estaba cubierta de largas barbas de musgo. El viajero tiró de las riendas con fuerza nada más rozar la linde y la alocada carrera de su montura dio paso, en un instante, a la más absoluta quietud sin que pareciera haber un motivo para ello. Pero lo había. Los oscuros ojos del viajero, clavados en la espesura, podían verlo entre la oscuridad.
—Has venido a buscarme —dijo una voz—. Te estaba esperando.
El jinete afirmó con la cabeza, pero no dijo ni media palabra. No era necesario. De entre la maleza surgió la figura del hombre que acababa de hablar, vestido con largos hábitos del color de las hojas secas.
Después, ambos se dirigieron de nuevo al vado y marcharon hacia la batalla.

lunes, 25 de octubre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo VIII

VIII REFLEJOS


Cuanto más diferente, más parecido.

Dicho sodaita


Karadrag detuvo el sable del desconocido con su espada corta. El impacto, fuerte y bien medido, hizo que el arma saliera despedida, quebrando tejas y resbalando hasta la calle. Eso no hizo que el asesino del general Zelnistaff se detuviera. Sus hábiles manos hurgaron bajo la negra capa bajo la que se ocultaba, mientras sus pies le llevaban unos pasos más allá de donde alcanzaba la curvada arma de su oponente. Dos dagas surgieron con ellas, en teoría insuficientes contra el arma de su risueño enemigo. La primera salió despedida, en un ataque tan letal como el de una víbora.
El sonriente individuo hurtó el cuerpo al tiempo que golpeaba, sin permitirse tampoco un instante de duda. Karadrag tuvo que agacharse y casi caer, lanzando un tajo a su vez contras los pies de su rival. Este saltó con agilidad felina, sin que eso le hiciera caer. Sus botas blandas golpearon contra el tejado. La arcilla se quebró bajo ellas. Más trozos cayeron a la calle. El sable resplandeció, llevándose consigo un girón de tela. Aquel no era un viajero ni un soldado corriente. En su porte, en sus gestos…
—Eres uno de los nuestros —bufó el norteño, poniendo otro paso entre ambos, acuclillado sobre las tejas.
—¿Un sucio demiano? —se burló el otro. Desde luego no era aquello. Moreno de cabello y tez, de ojos oscuros y bastante flaco para lo que eran las gentes del norte, nadie le habría tomado por aquello.
—No, un asesino.
—A fe mía que lo soy…
Los timbales retumbaban y el ejército invasor se lanzaba contra las murallas. Demasiado pronto, como ya había advertido Karadrag, mucho antes de que el desconcierto provocado por Arros y sus saboteadores alcanzara su apogeo. Dhao, una fruta que había parecido madura estaba todavía verde para ser cosechada. Aunque la hoz ya había comenzado su trabajo y no podía ser retenida.
La quietud que había acompañado a aquellas palabras dio paso al movimiento. El sable hizo manar sangre de su brazo. La daga cortó la carne de su rival en las cercanías de una de sus rodillas, siguiendo la línea de la caña de la bota. Ambos contuvieron un grito, retrocedieron y contuvieron el aliento con los labios apretados. Tan parecidos y tan diferente al tiempo que daba miedo. No a ellos. Eran lo que eran y no temían a nada que no fuera la muerte. Y ellos eran la muerte.
En unos segundos, Karadrag midió a su oponente, sopesó sus posibilidades y tomó varias decisiones. El plan se había derrumbado como un castillo de naipes, aunque el ejército demiano tenía las bazas ganadoras. Que el permaneciera en aquel tejado, lanzando señales y controlando cada uno de los movimientos que se gestaban en el interior de la ciudad, no tenía ninguna importancia. Que perdiera la vida o cayera ante aquel tipo no tenía sentido alguno.
La capa del hombre del norte se vio convertida de repente en una suerte de ave nocturna que se precipitó contra el viajero sin que este pudiera evitarla. El asesino no se entretuvo en comprobar si se había enredado con ella o no. Ya había vuelto la cabeza cuando la gruesa tela envolvió las maldiciones de su enemigo. Sus piernas hicieron otro tanto. Resbalando, dejándose las posaderas en las tejas y corriendo a tramos, descendió por el tejado, entre una lluvia de tejas rotas.
—No merece la pena.
Karadrag se cortó las manos varias veces, con dolorosos tajos en sus palmas y dedos, pero eso tampoco le detuvo en su huida. Cuando llegó al extremo del alero, se dejó caer hasta la balconada que había justo debajo y de ella, con un movimiento fluido, casi líquido, saltó a la calle que se encontraba a apenas media docena de pasos más allá. Se ocultaría, escondiéndose antes de buscar a alguna de las unidades destinadas a sembrar el caos y unirse a ella para dar un matiz diferente a las misiones encomendadas.
Cayó en medio de la lluvia de barro cocido y roto, protegiéndose de los golpes con el antebrazo. En sus ropas destacaban las siluetas de varias dagas más, mientras el sudor se las pegaba al cuerpo. No necesitaba palparlas para saber dónde estaban. En el cinturón que le cruzaba el pecho, varios envases de metal conservaban en su interior una interesante colección de venenos. Dignos de un rey, sin duda. Con el tiempo adecuado, habría podido utilizarlos contra el sureño, pero extenderlos sobre el filo de sus armas llevaba tiempo y él no lo había tenido.
No hasta entonces.
Mientras se sumergía en las sombras, los dedos de Karadrag lucharon por abrir uno de aquellos envases, aunque la sangre que manaba de ellos y de la herida de su brazo hacía que estuvieran resbaladizos y que no pudiera asirlos con fuerza. Se sentía mareado y las náuseas le subían por la garganta, desde la boca del estómago.
El metal resbaló de su mano, rodando por la empedrada y oscura calle de Dhao. Los sonidos de la batalla parecían lejanos. El cantar de los timbales, los gritos de los moribundos. Todo se difuminaba en la distancia.
—Es tarde para ti —dijo el desconocido, surgiendo de las sombras que deberían haberle protegido. Una sonrisa radiante ocupaba su moreno rostro—. Es tarde para usar eso. Aunque yo ya tuve mi tiempo.
—Tú…
—Te he envenenado —susurró, interrumpiéndole del mismo modo que si le hubiera leído el pensamiento—. Aunque no morirás. No de inmediato. Pronto vas a tener muchas ganas de hablar. Yo escucharé lo que tengas que decir.

miércoles, 23 de junio de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo VII

VII EL CHOQUE


Y de la mano de Kroefnir surgió la llama forjadora de las espadas de mil amaneceres.

Salmo de la Orden de Kroefnir


La espada surgió de su vaina. Palmo tras palmo de acero bruñido y pulido hasta casi ser un espejo. Los pardos ojos de su dueño —de su actual dueño, pues había tenido muchos— se reflejaron en ella durante un instante que, a pesar de durar un segundo escaso, pareció alargarse toda una vida. No era mucha la que le quedaba al enemigo al que se enfrentaba.
Si el movimiento para desenvainarla fue rápido, el de blandirla sólo habría podido calificarse como cegador. Su amo golpeó sin conmiseración, haciendo uso de todas sus fuerzas. Un quite arriesgado con cualquier otra arma, a pesar de que en su otro brazo portaba escudo. No con aquella. En un silencio sólo roto por los latidos de sus tímpanos, la espada atravesó la magra armadura de cuero de su rival para hendirse en su carne y huesos. Un brazo, todavía agarrando un garrote de madera, salió girando por el aire. Después, cayó por la pálida muralla, manchándola de sangre. Una patada de un pie cubierto de acero hizo que el resto del cuerpo del invasor demiano se despeñara detrás.
Con un alarido, los demás sonidos volvieron a hacerse reales. Tan fuertes que casi eran tangibles. Eran los sonidos de la batalla, de la guerra. Los sonidos del enfrentamiento que, durante generaciones, había sido la rutina de fondo de toda vida y muerte en aquellas latitudes. La de la desesperada lucha contra el Yermo y cuanto significaba. Aunque por entonces ya no era tan desesperada. La guerra, la verdadera guerra contra Demosian, había acabado casi treinta años antes.
Y habían vencido.
El propietario de la singular arma casi sonrió al pensar en aquello. Su rostro, visible bajo su yelmo abierto, estaba cubierto por una densa barba castaña, llena de pequeñas imperfecciones allí donde había recibido las heridas de sus enemigos. Era lo único que quedaba a la vista bajo su gruesa armadura, aunque esta, con sus escasos adornos y su sobrevesta roja, ya decía lo suficiente de quien la portaba. Era un caballero de la Orden de Kroefnir, el Señor de la Guerra. Un enemigo a tener en cuenta en cualquier campo de batalla, al que temer como rival y bendecir como aliado. Aquel se llamaba Falstaff Vladsörd y no habría deseado estar en ningún otro sitio.
Dos flechas, tan veloces que ningún arco habría sido capaz de dispararlas en sucesión, se clavaron en el pecho del siguiente norteño que asomó por la escala. Varios de los dhaitas que protegían aquella sección avanzaban ya para desprenderla, siguiendo las órdenes ladradas por un sargento con muy malas pulgas. Las largas pértigas se apoyaron en la madera, mientras sus portadores confiaban la vida a los compañeros que les protegían con sus altos escudos de torre. Las saetas volaron en torno a ellos, arrancando lascas de granito de las almenas entre ígneos chispazos. Las campanas sonaban, llamando a la lucha y previniendo de los incendios a la par. En el interior de la ciudadela, los tejados de varias casas ardían con furia desmedida, alimentada por la madera y la paja, pero también por el aceite y la brea derramados.
—De nada —dijo el arquero que había acabado con la vida del segundo guerrero demiano. Qüestor Elendhal era rubio, de rasgos finos y pelo bien cortado, vestía justillo de cuero y calzas verdes. Su aspecto era el de un hombre que habría estado más cómodo en una fiesta cortesana, entre divertimentos banales y música de arpas. Sonreía con una mueca traviesa que le había otorgado los favores de más de una dama y el enfado de un buen número de padres, hermanos y maridos.
Vladsörd no le respondió. Abajo, los tambores retumbaban con idéntico sonido que el corazón dentro de su pecho. No era momento para conversaciones y en esos días no sentía por aquel hombre demasiado aprecio. Es más, saber lo que le debía, hacía que cada uno de sus gestos le resultase repulsivo. No podía comprender que, con los años y a pesar de sus muchas diferencias, surgiría entre ellos una auténtica amistad. Pero antes de eso, tendrían que sobrevivir a aquella noche.
A su compañero eso no pareció importarle. Capaz de seguir conversando aunque no tuviera con quien, era una fuente interminable de canciones, historias, medias verdades y charlatanerías que no estaba dispuesto a escuchar.
—Podremos con ellos. Las murallas de Dhao son fuertes.
—Tanto como lo sean los hombres que las defienden —gruñó para sí Falstaff Vladsörd, sin alzar apenas la voz, mientras apretaba la empuñadura de la espada entre sus dedos y se preparaba para el siguiente envite—. No me gusta lo que estamos haciendo.
No trascurrió ni medio instante antes de que llegara. Otra escalera, aquella armada con garfios, golpeó la roca. Un guerrero, encaramado en su parte superior, saltó de ella de inmediato, envuelto en una raída cota de malla. Dos más le seguían de cerca. La espada trazó un arco para atajar su avance. Aquel, más hábil que el anterior, se zafó con cierta maña, desviando la ancha hoja con la ayuda de una espada corta adornada con una rotunda guarda de bronce. Hubo más flechas, pero aquellas fallaron sus objetivos para perderse en el vacío, tras zumbar en torno al capacete de acero del demiano como moscas enfurecidas.
—¡Cuidado!
Las advertencias del arquero vestido de verde quedaron diluidas en el estrépito del viento y el choque de armas. Las escalas, las ya cercanas máquinas de guerra y los arpones se sucedían sin que los dhaitas tuvieran tiempo para desalojarlos antes de que sus dueños tuvieran tiempo para tomar posiciones. Había miles de norteños que no se habían entretenido ni un instante para lanzar advertencias ni simular que estaban interesados en mantener un asedio que no les convenía en nada. Escupidos por los bosques del señorío, habían encendido sus antorchas cuando ya los primeros escalaban los muros y atacaban desde todas las direcciones, sin preocuparse por su retaguardia. ¿Por qué iban a hacerlo? Sus sigilosos movimientos les habían conducido hasta allí a través de la espesura durante los largos meses que habían tardado en reunir sus tropas y alzar las máquinas en un territorio que era poco propicio para ellas. Nadie había sabido que estaban a un tiro de piedra de Dhao hasta que fue demasiado tarde. Ni en la lejana Puerto Agreste, ni en la mucho más cercana fortaleza de Horst. Para los bárbaros no había retaguardia ni más enemigos que los que se refugiaban tras las murallas, en una suerte de ratonera.
O así debería haber sido.
La espada corta del soldado demiano rozó la rodela, dejando una profunda marca en ella. Su dueño —el mismo que el de la rutilante espada— utilizó el escudo para apartarla, con un súbito barrido, casi como si fuera una maza. El norteño, lejos de dejarse sorprender por aquel ardid, se mantuvo firme en su puesto, mientras sus compañeros formaban en torno a la escala, protegiéndola con sus cuerpos. Más demianos subían por ella. Portaban espadas, mazas y, también, ballestas. Instrumentos útiles, aunque despreciables. Uno de ellos cayó cuando ponía sus botas sobre la roca, atravesado por otro proyectil.
—Esa era la última —escuchó el guerrero, en un murmullo de Elendhal que no creía destinado a él—. Se acabaron.
—¡Pfff! —gruñó Vladsörd, reteniendo la espada de nuevo con el escudo. A su espalda los pasos de los dhaitas se multiplicaban, mientras varios de los soldados acudían en su ayuda. Lanzó un nuevo tajo, que hizo recular a su enemigo para no ser cortado a la mitad, antes de responde con algo más que una blasfemia—. Entonces, ve con los otros, Elendhal, aquí no hay espacio para ti.
Un par de picas y el filo de un hacha surgieron a su lado y el norteño que tan bien le había plantado cara retrocedió todavía más, buscando el apoyo de los suyos. No le permitió hacerlo. La brillante espada, teñida ya de escarlata, se encontró con su cuerpo, desprotegido en el instante que daba un paso atrás. En aquella ocasión la corta arma del demiano no pudo hacer demasiado por aminorar el impacto. Con un crujido de huesos y un chorro de sangre, buena parte del filo quedó en el interior de su carne. El caballero lo extrajo sin dilación, evitando que quedara trabado.
El hacha del soldado que se encontraba a su derecha, hizo el resto, apartando al agonizante demiano con un empellón y arrojándolo contra los que guardaban la escala. La piedra se manchó aún más de sangre. Era una buena noche para morir. En la batalla, donde debía estar. Entonces hubo un gran estallido que interrumpió sus pensamientos.
—Vladsörd, ven conmigo —decía la voz del arquero.
—No, Elendhal, este es mi sitio —gruñó, avanzando hacia sus enemigos, listo para golpear con su espada o su escudo en cuanto fuera necesario.
—Tienes que venir —volvió a pedirle el arquero, al mismo tiempo grave y melodioso—. Nos necesitan ahí abajo. Esa explosión ha sido cerca de la base de la muralla. Nos vamos de aquí… Salier, tú también —añadió, haciendo un gesto al soldado del hacha—. Están en problemas. Si entran…
—¡Ya sé qué pasará si entran!

miércoles, 16 de junio de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo VI

VI EMBOSCADOS

Un error frecuente es creer que se controla hasta el último detalle de la contienda. Eso es imposible. Nadie es capaz de guardarse las espaldas contra todos sus rivales. Siempre hay alguien más inteligente que uno mismo.

Dicho por Sathlegaard de Jiriom


Arros no sabía de dónde habían salido y eso le aturdía y ponía de los nervios al tiempo, convirtiendo su ya de por sí desagradable faz en una máscara horrenda de marcas de viruela y manchas de sangre. Los claros ojos norteños del segundo al mando de Zelnistaff prácticamente giraban en sus órbitas mientras buscaba una salida del almacén sin encontrarla. Dos de sus hombres de aquellos cuatro hombres que le habían acompañado hasta aquel lugar, yacían en el suelo, muertos. Otro se encontraba tras él, sujetándose un brazo, mientras la sangre manaba a borbotones entre sus dedos. El último caminaba unos pasos por delante de él, con la espada que había arrebatado a uno de los dhaitas en una mano y un hachón apagado en la otra. Tan dispuesto a vender cara su vida como a completar la misión que les había llevado hasta allí.
Aunque, en las circunstancias en las que se encontraban, eso supusiera no contarlo.
El oficial se movía con pasos cortos, medidos. Sus pies apenas hacían ruido sobre el suelo cubierto de serrín y paja enmohecida. El herido apenas dejaba escapar algunos gemidos de dolor, que poca relación tenían con lo grave de su herida. El cuchillo de Arros estaba cubierto con la sangre del soldado que le había herido, uno de aquellos afeminados vestidos de azul y verde. Si lo hubiera visto antes, entonces serían tres hombres, en lugar de dos y medio.
Cambió de posición el cuchillo, poniéndolo paralelo a su antebrazo, cuando escuchó pasos algo más adelante. Varias sombras se movían tras los inmensos toneles. Los tres demianos se detuvieron al verlas y trataron de protegerse todavía más contra las grasientas maderas. El hedor, que había sido insoportable durante los primeros instantes, se había convertido entonces en poco más que un olorcillo en el fondo de sus saturadas fosas nasales.
El hombre de confianza del general se volvió hacia el herido y apoyó la mano que tenía libre en su hombro sano, antes de indicarle mediante gestos que avanzara en cabeza, alejándose de quienes les buscaban para encontrar una salida. El demiano —no tendría más de veinticinco años— afirmó con una mueca y, sin dudar de su superior, se puso en marcha hacia la oscuridad. A través de las paredes de madera se colaban en ocasiones ráfagas de luz. Fuera, había carreras y gritos, aunque eso no impedía que se sintieran como si estuviesen en mitad de la nada. Los cuernos cantaban, lejanos y las campanas repicaban, llenas de angustia.
Todo había comenzado sin ellos.
El joven oficial no había dado ni tres pasos, cuando dos de los dhaitas se abalanzaron sobre él, armados con espadas cortas y escudos oblongos. El acero de uno de ellos rozó el muslo del herido, que apenas tuvo tiempo de echarse a un lado. El filo del segundo se quedó a la espera de otro rival. No tardé en hallarlo. El norteño entero se arrojó sobre él, golpeando con su propia espada y con el hachón a un tiempo. El soldado pudo atajar el impacto de la primera, pero la madera y la tela empapadas en brea le alcanzaron en un lado de la cabeza. No lo suficientemente fuerte para herirle de gravedad, pero sí para desorientarle. La hoja del oficial se clavó en su pecho casi al mismo tiempo que el cuchillo de Arros se hundía en las tripas el que acorralaba al herido. Dos tajos después, todo acabó. Se habían librado de sus perseguidores.
El segundo de Adkrag Zelnistaff se acercó a sus dos hombres. Ya no había más movimientos, no en el interior del almacén. Fuera reinaba el caos. Se agachó junto al que conservaba su arma entre sus entrañas y la sacó, tras retorcerla con saña y abrirle de parte a parte, como si estuviera destripando un pez. Nada más hacerlo, el oficial herido se atrevió a hablar por primera vez desde que se reunieran en la oscura noche de Dhao.
—¿Esos eran todos? —boqueó el joven demiano, sin apenas aliento. La herida le sangraba y estaba muy débil. Casi muerto.
—Sí.
—¿De dónde salieran? Era como si…
—Como si nos estuvieran esperando, desde luego —gruñó Arros, interrumpiéndole.
No había otra forma de expresarlo. El bárbaro se pasó la mano por la cara, notando los desiguales pelos de su barba. Aquellos hombres habían surgido de las sombras, del mismo modo que podrían haberlo hecho ellos en una situación diferente. Una patrulla completa. Seis hombres que habían corrido a su encuentro unos instantes después de que atravesaran la pared de la casa del anciano. Sin advertencias, a degüello. También sin medir las habilidades de sus contrincantes, confiados. Habían despachado a la mitad en el primer choque. Después se habían ocultado. Entonces, los de Dhao estaban muertos.
Aún estaba arrodillado junto al dhaita, con su cuchillo chorreando. Arrancó la espada de los rígidos dedos de su enemigo, mientras meditaba. También estaba manchada. Aquel había sido el que más bajas le había costado a los norteños. Poco tenía que ver su aspecto con el afeminado que habían hecho creer a sus tropas que tenían los de Dhao. Aparte de por el uniforme, azul y verde, aquel era un guerrero de verdad, curtido en la frontera y en los bosques.
Arros murmuró algo para sí. Aquellos bastardos estaban allí. Antes de las campanas, los tambores o los cuernos.
—No debería haber nadie —susurró entre dientes.
—Tal vez… —le interrumpió el herido
—Tal vez nada. Nadie lo sabía. El destino de cada grupo se fijó en el campamento. Sólo el general y yo…
—Si sabían que veníamos, ¿no podrían habernos retenido en el portón?
—Lo que importa es que no lo hicieron. Tú —señaló al herido con su arma— cumplirás con lo que resta. Había fuego en la casa del viejo. Úsalo aunque sea a costa de tu vida. Encárgate de que haga lo que debe —dijo al otro—. Yo iré a reunir a los demás. Mucho me temo que no seamos los únicos que hayan caído en una emboscada.
—Pero, moriré…
Arros apenas se movió. Un segundo después su ensangrentado cuchillo cortaba el cuello del joven oficial, convertido en un borrón.
—Hazlo todo tú —rugió, señalando a las cubas—. Quiero que todo este sitio arda. Frente todo este aceite ardiendo tendrás más oportunidades que frente a mí.

miércoles, 9 de junio de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo V

V SILENCIO LETAL


Estaba en todas partes y era letal como el frío viento del Yermo y su simple mención aterraba el corazón de los más osados. A pesar de su ridículo apodo, en Puerto Agreste a nadie se le escapaba que si Sabian aceptaba la bolsa negra, el propietario del nombre inscrito en ella pronto sería protagonista de un responso.

Fragmento de una novela inacabada de Talbor Ficks


Si Arros y los suyos caminaban en silencio por las calles de Dhao, bien podría haberse considerado que Karadrag lo hacía como una auténtica sombra. Embozado en su capa oscura, el asesino del general se desplazaba tanto sobre los adoquines como sobre las tejas, sin que las segundas parecieran para él una dificultad adicional. Lo hacía solo, del modo en el que solían trabajar los que pertenecían a su profesión, ya fuera en los Reinos Libres o en el Yermo. En aquello, en la vileza del asesinato, ambas facciones en contienda no se distinguían tanto.
La labor de Karadrag era aquella noche muy distinta a la del segundo de Zelnistaff. Amparado por la oscuridad, su deber era el de vigilar a sus enemigos para impedirles realizar cualquier movimiento. Mantenerlos ciegos y sordos, acuchillando a tantos mensajeros como fueran necesarios. Por el momento, no había hecho demasiado. Los portones estaban expeditos y ningún hombre a caballo había tratado de atravesarlos durante las anteriores horas. Los dhaitas dormían plácidamente, sin saber que en cualquier instante serían degollados en sus camas. Y el momento estaba cercano. Las campanas de uno de los pequeños templos locales hacía poco que habían señalado que quedaba menos de una hora para que la sangre comenzara a correr.
Entonces, estaba apostado en un tejadillo que separaba el patio interior de una posada del edificio colindante. A un tiro de piedra —o de cuchillo, dado el caso— dos soldados hacían la ronda, medio dormidos y sin saber lo que les aguardaba. Unos minutos antes incluso habían conversado sobre el tiempo, aburridos y ateridos por el frescor de la noche. Ahora guardaban silencio, mientras paseaban con sus alabardas en mano, pisando en los mismos lugares donde habían pisado decenas de generaciones de guardias antes que ellos. No sabían lo cerca que se encontraban de estar muertos. Lo estarían antes de poder dar la voz de alarma.
Karadrag rió para sí, mostrando su rostro menos amable, el que sólo veían aquellos que estaban a un paso de caer bajo su afilada daga. ¿Cómo era posible que, después de tantos años de luchas y disputas la gente de Dhao continuara siendo tan confiada? Porque lo era y mucho. Sólo faltaba que abrieran los portones y les invitaran a pasar. Eso era lo que debía de haber pensado la Jerarquía y, por eso, le habían hecho ir hasta allí dos meses antes, para medir a su rival.
Nada sabían y nada sospechaban en lo alto del puntiagudo castillo, donde en aquellos instantes se tocaba música de arpas y se bailaba. Ni siquiera lo próximo que había estado de los cuellos de la Dama Dariahn y el senescal Winthrop, los inmerecidos gobernantes del señorío. Si hubiese querido —y si aquella hubiese sido su labor—, podría haber acabado sus vidas con sendos golpes. Pero eso no era lo que deseaba el Sumo Jerarca Wost. No se podía alertar de ningún modo a los dhaitas antes del ataque. No sólo tenían que caer los cabecillas, sino también las murallas. En un ataque letal que no permitiera la reacción de Horst. Al menos hasta el instante en el que Dhao entera fuese cenizas y escombros humeantes.
El asesino creyó oír cascos de caballos y, de repente, todo su cuerpo se puso en tensión. Pero el sonido no venía del portazgo, sino del patio que había bajo él. Un viajero, por lo que parecía, acababa de llegar y entregaba las riendas de su pesado percherón. Un hombre de campo, a juzgar por sus movimientos y andares, cubierto con una capa de lana y ataviado con un sombrero de ala ancha que le protegía del cada vez más notable frío.
Karadrag se desentendió de él mientras volvía a concentrar su atención en el cielo nocturno y en los soldados que patrullaban llenos de desgana. Todo en calma. Se protegió con su propia capa y apoyó la espalda en la cálida chimenea que tenía tras de sí, convirtiéndose en una parte más del tejado que les sostenía. Si todo sucedía tal y cómo debía —y él mismo se había ocupado de que no hubiera razones para que fuera de otra manera— la victoria sería brutal. Con Arros y los suyos cumpliendo con su parte, poco era lo que podrían hacer los dhaitas contra el ejército del general Zelnistaff.
Los ojos de Karadrag se estrecharon y brillaron llenos de malicia cuando lo vio. Dos parpadeos en la distancia, muy cerca de donde se encontraba el puente que cruzaba el Jiraimot, junto a los carromatos que aguardaban para entrar de amanecida. No quiso creer a sus propios ojos hasta que se repitieron. Dos, unos instantes de oscuridad y otro destello. Las tropas llegaban y el ataque era inminente.
Sacó su propia lámpara ciega y la giró hacia las calles de Dhao, hacia el segundo del general y los soldados que se encontraban a su cargo. A partir de aquel instante, cada segundo contaba. Un solo golpe, letal. Si fallaban y sólo aturdían a su enemigo, la batalla sería mucho más cruenta y salvaje, más del gusto de Adkrag Zelnistaff, pero mucho menos del de la Jerarquía.
Y más les valía no incomodar a los Jerarcas…
El filo de un sable refulgió en la noche, a unos cuantos pasos de donde él se encontraba. Era el viajero recién llegado. Caminaba hacia él por el tejado, sin la intención de ocultarse o pretender ser silencioso. Karadrag se quedó mirándole durante un instante, sin comprender del todo lo que estaba pasando.
Justo entonces hubo un estallido y música de timbales y de cuernos. El ataque había comenzado.
—Demasiado pronto —murmuró Karadrag—. Es demasiado pronto.
—No, es la hora justa —rió el hombre del sable, mientras corría hacia él sobre las tejas—. La hora en que nos midamos de igual a igual.

miércoles, 2 de junio de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo IV

IV EL VIAJERO


Sigue la ruta trazada por otros y lo hace gustoso. Tiempo hay para que siga la suya propia y esta no será un simple sendero, sino una auténtica calzada que atravesará las vidas de cuantos le rodean.

Palabras de Taith el Anciano


La Ruta Norte cortaba aquellos territorios como una brecha de piedra gris en mitad del verdor de los bosques, siguiendo un trayecto que, en buena medida, era paralelo a la línea de plata que era el río Jiraimot. Recorría colinas musgosas y valles que, a medida que se hacían más orientales, se volvían también más profundos y escabrosos hasta que, en la distancia, podían verse las imponentes estructuras de Horst y la Casa Madre de la Orden de Kroefnir. Dos fortalezas impenetrables que, a los pies de los Pilares, parecían ser nada.
A pesar de que los túmulos que rodeaban la calzada demostraban a ciencia cierta que la guerra había sido brutal en aquellos contornos, pocas eran las losas que habían sido arrancadas de ella por uno u otro bando. Ya antigua antes de que el Tocado de Zariez iniciara la confrontación, todos, incluso él, la habían utilizado en su provecho, pero ninguno se había atrevido a destruirlas. Pasaría mucho antes de que eso sucediera y antes de que la Ruta Norte se esfumara, tragada por la tierra sobre la que se había asentado durante siglos, desaparecería reinos enteros. Aquello no era una profecía. Al menos no una pronunciada por los hombres.
La Ruta Norte había sido desde siempre una de las vías de comercio más importantes entre el norte de Drashur y el otro lado de las montañas. Entonces volvía a serlo, aunque la costumbre de que las caravanas tuvieran el tamaño y armamento de auténticos ejércitos no había cambiado un ápice. Pocos eran los incautos que se exponían a los bandidos o a las recuas de desertores demianos que vagabundeaban por sus alrededores a la caza de presas fáciles.
Un jinete solitario como el que la recorría entonces era una visión que habría hecho que los aldeanos de los alrededores se frotasen los ojos y cruzasen apuestas.

viernes, 28 de mayo de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo III

III GENERAL AL MANDO


He vivido largos años a la sombra, guiando a mis tropas en batallas vanas y sin sentido. He tenido que ver la cobardía en los ojos de mis hombres y tragarme mi orgullo durante demasiado tiempo. Eso acaba hoy.

Palabras del general Adkrag Zelnistaff


Observando el avance de las tropas demianas habría parecido que lo que llevaban a cabo era sencillo y carecía de dificultad, pero no había nada más alejado de la realidad. Las columnas, convertidas en hileras, mantenían un ritmo constante, desbrozando y talando los troncos que se encontraban delante de los arietes y las torres de asedio. No tantos como le habría gustado al general Zelnistaff, pero sí mucho más abundantes de lo que permitía el complicado terreno.
Adkrag Zelnistaff contemplaba a los suyos a lomos de su montura. Era un hombre robusto y alto, enfundado en una armadura pesada y sin más adornos que los que recorrían la parte frontal de su coraza, formando el rostro de un lobo enfurecido. Llevaba el yelmo colgando de la silla, cubierto en gran medida por la capa granate que reposaba sobre sus hombros, tan larga que ocultaba buena parte de los cuartos traseros de su caballo, un pura sangre de la raza criada por los norteños, que gustaban de bestias de anchas pezuñas y mal genio, y que era uno de los pocos que se encontraban entre las filas de su hueste. El resto pertenecía a los oficiales que, ataviados con pesadas armaduras de hierro negro, daban órdenes a los suboficiales y a los encargados de los látigos. Sólo con sus restallidos, estos obligaban a cientos de esclavos mudos a mantener el ritmo ante las máquinas. Más de uno había muerto ya de cansancio y más de dos caerían frente a sus propios hermanos cuando les obligaran a cargar contra las murallas en primera línea.
Carne de cañón para que los de Dhao practicaran con sus arcos.
Por delante de los esclavos avanzaban los rastreadores y los batidores, encargados de acallar cualquier presencia inoportuna. No habían tenido excesivo trabajo ni aquella noche ni las dos anteriores, cuando los integrantes de la decena de campamentos asentados entre la maleza habían comenzado a reunirse. La infantería caminaba detrás, despacio y guardando las fuerzas para el choque. No había entre ellos dos uniformes iguales y sí muchas pieles, curtidas y tan gruesas que algunas de ellas resultaban tan robustas como el acero ante las blandas hojas de los habitantes de la Ruta Norte y sus señoríos.
Todo aquello era observado por el general, que contemplaba el avance de sus hombres lleno de orgullo. Aquella noche empezarían a restañarse las viejas heridas, las que se habían abierto con la caída de Demosian y que pesaban como una maldición sobre Demostadt. Por fin los Jerarcas habían decidido que era hora de hacer algo, de salir de nuevo de detrás de las montañas que protegían su patria y encararse con los ofensores. Sí, ya era el momento de enfrentarse a sus enemigos, aunque el Sumo Jerarca Wost habría preferido que los primeros en caer fueran los horstan, igual que habría preferido que no hubiera habido tantas deserciones entre los suyos. Pero aquellas eran las órdenes. Los primeros en recibir el zarpazo de la Jerarquía serían los dhaitas, las orgullosas torres del castillo Qüintain caerían y su señora lo haría con ellas.
—¿General?
La voz que le llamaba, quebradiza y seca, le sacó de sus pensamientos para devolverle a una realidad en la que las órdenes que no le agradaban iban mucho más allá de cuál fuese su más inmediato objetivo.
—¿Galkor? —respondió, mientras tiraba de las riendas.
Zelnistaff trató de contener una mueca de asco, pero no pudo. Era capaz de soportar las mañas de su asesino personal, Karadrag, o las de Arros, capaz de cualquier cosa con tal de vencer aunque en sus actos no hubiera ningún honor. Pero, frente a Dhao no hacía falta ser honorable… precisamente por las mismas artes sobre las que Galkor tenía control. Por eso le despreciaba, igual que despreciaba a los enemigos con los que corría a batirse: porque ninguno de ellos era un auténtico guerrero y en el mundo en el que el general se habían criado no habrían pasado de ser más que meros segundones. Poco más que esclavos.
En aquel estaban al mando.
El sacerdote era alto, pero ahí acababa cualquier parecido con el de un auténtico demiano. Su piel era pálida, tan blanca como el hueso y sus dedos, apenas visibles bajo las mangas del hábito negro que le salvaguardaba del sol, eran largos y finos como los de una mujer o un esqueleto. Sus ropas oscuras ondeaban en torno a su cuerpo, del mismo modo que si el viento las dotara de vida propia. Le esperaba a lomos de un caballo que era tan huesudo como él, sonriendo con una dentadura desigual y medio podrida.
—El ritmo es lento. Debemos alcanzar Dhao antes de que llegue la medianoche —dijo.
El general Zelnistaff se pasó la lengua por las encías antes de responder. Deseando no tener que hacerlo.
—El ritmo es el que es. No queremos que los esclavos se deslomen… todavía. Que dejen su sudor y su sangre a lo largo del camino. Que lo marquen con ellos y demuestren a esos perros dhaitas lo que les aguarda.
—Con mis hechizos…
—Reservad vuestras brujerías para cuando lleguemos. Allí habrá otros como vos con los que deberéis medir vuestras fuerzas.
Adkrag Zelnistaff gruñió lleno de desprecio, pero igual daba. No pretendía caer en gracia al sacerdote y, a pesar de sus lazos con la Jerarquía, él era quien todavía se encontraba al mando. El general se refugió en aquella creencia y en la matanza que estaba a punto de acontecer. Su encrespada barba y sus abundantes cejas ocultaron en buena medida sus sentimientos. Después se giró de nuevo y dio varias órdenes a los suyos. Por mucho que le doliera, el bastardo vestido de negro estaba en lo cierto. El avance era lento. Demasiado.
El mensajero partió en silencio. Los timbales y los cuernos quedarían para más tarde. Entonces cantarían y habría gritos de angustia y crujir de huesos. El mundo en el que Zelnistaff creía volvería y las absurdas razias a las que había dedicado los anteriores veinticinco años tocarían a su fin.
Habría guerra. Verdadera guerra.

lunes, 24 de mayo de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo II

II IMPERTURBABLE


Dando palmas, avanzamos,
punta y tacón y ya volvemos.
Desde niños, hasta ancianos,
con este ritmo nos movemos.

Fragmento de una canción de Dhao


Las sombras recorrían los altos muros del castillo Qüintain, subiendo por sus afiladas torres, estrechas troneras y múltiples arquivoltas casi como si se encontraran dotadas de vida propia. La luz que surgía por sus ventanales y balcones apenas era capaz de contenerlas. Dorada y vibrante, era la de muchos candiles y vela y estaba acompañada de una música tan suave que daba la sensación de que emanaba de ella misma.
En el interior de la fortaleza se celebraba un baile. No uno de los multitudinarios, que en otros tiempos habían reunido a la flor y nata de medio continente, sino uno mucho más reducido, casi familiar. Los músicos, un cuarteto de cuerda formado por algunos de los mayores virtuosos de Dhao, rasgueaban una antigua balada en uno de los extremos del salón. Las lámparas se reflejaban en el suelo de mármol pulido. Los bailarines danzaban con parsimonia, siguiendo los dulces acordes. Nadie cantaba la canción que correspondía a aquella melodía. Aunque todos los presentes la conocían.
En el trono que presidía la estancia, de madera tallada y pan de oro, se encontraba sentada la Señora de Dhao. Rubia, muy hermosa y ataviada con un vestido blanco, entallado en la cintura, con los hombros al aire y mangas abultadas. Dariahn de Dhao observaba las evoluciones de los participantes, la mayoría bajos nobles al servicio de su casa. Una casa antigua que, a pesar de los avatares del destino, había sabido mantenerse a la cabeza de los territorios drashan. Porque Dhao, a pesar de su pequeño tamaño y de su consideración como señorío, era capaz de mirar a la cara a los califatos y reinos sureños y mantener dicha mirada cuanto fuese necesario.
La Señora de Dhao apenas se movía sobre su trono, aunque sus ojos seguían los giros y las elegantes piruetas de las dos docenas de asistentes. Los vestidos de brocado y pedrería destellaban bajo las luces de las velas y los espadines de gala dejaban ver gran cantidad de piedras preciosas, perlas y oro. Inútiles para combatir, allí eran lo apropiado. Entre todos ellos, muy parecidos, uno destacaba en corpulencia. Aunque se desplazaba con envidiable soltura, esta provenía más de su perdurable voluntad que de su gracia personal.
El senescal Winthrop, encargado de guiar las decisiones de Dariahn de Dhao hasta sus esponsales, permanecía muy cerca de ella. No era un hombre mayor, aunque su gesto serio y concentrado y su cabello peinado hacia atrás con abundancia de grasa, le sumaban muchos años. Aquella mueca perpetua no se había apartado ni por un instante de su rostro. Ni durante la cena ni durante las celebraciones posteriores. A nadie le había extrañado y la mayoría había hecho todo lo posible por ignorar aquel aspecto de su persona. El que era habitual en él y que ni la mayor de las fiestas era capaz de cambiar. Menos aún aquella, organizada desde hacía meses y de simple compromiso.
—Señora, debería…
—Permanecer mi lado y sonreír un poco más —le interrumpió la Señora de Dhao—. No os va a doler si lo intentáis.
—Los asuntos de estado son…
—Un tema que trataremos mañana —susurró ella, sin dejarle continuar—. Confío en vos, Winthrop, pero todo tiene un límite. Nuestros invitados no van a ser desatendidos, es lo único que importa ahora. Ya habrá tiempo cuando amanezca. Si vos no os veis capaz llevar a cabo las atribuciones propias de vuestro cargo, deberéis descargarlas sobre los hombros de otros.
La música terminó suavemente y los caballeros y las damas se colocaron en filas idénticas a las que habían formado al comenzar la tonada. Unos instantes más tarde, otra comenzaba. Muy parecida, aunque algo más rápida, ascendiendo por momentos para, luego, descender en un curioso contrapunto. Los danzarines bailaban de nuevo. Los dedos de los músicos volaban sobre las cuerdas, sin detenerse y casi invisibles por la velocidad que les imprimían.
La fiesta seguía, mientras la perdición se acercaba a ellos a pasos agigantados a través de los salvajes bosques del norte y nadie se percataba de que aquel mañana del que había hablado la Señora de Dhao tal vez nunca existiría.

viernes, 21 de mayo de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo I

I
NOCHE DE CALMA


No hay escudo que valga contra un enemigo que no sabemos que existe.

Sentencia horstan


La ciudad permanecía tranquila. No de una forma pesada, como si el propio aire se mantuviera expectante ante lo que iba a suceder, sino por completo quieta, con una placidez que los abuelos de sus habitantes no habían llegado a conocer en toda su vida. Pocas eran las ventanas que mostraban algo de luz a lo largo de la avenida principal, una larga espiral que iba desde el portón hasta el castillo Qüintain, en la cima de la colina en la que se asentaba la capital del señorío. Las luces en las calles tampoco abundaban. Algunas hornacinas lanzaban destellos apagados que, aunque parecían contener cierta magia, sólo se debían a los materiales que se quemaban en ellos. No había patrullas que circularan sobre el adoquinado, aunque, de cuando en cuando, las almenas permitían contemplar la silueta de algún vigía.
Aún con tanta serenidad, no eran pocos los carros que se encontraban fuera de las murallas, aguardando a que las altas hojas del portalón se abrieran con el amanecer. Sus dueños, acampados sobre el puente de Adhier y en los blandos bancos de arena del Jiraimot, que se extendían en aquella región a escasa distancia de la Ruta Norte, tendrían que esperar hasta entonces. Esa era una buena costumbre que no había muerto con la prosperidad y que dejaba entrever a los recién llegados que, a pesar del gusto de los dhaitas por la música y las canciones, todavía quedaba en ellos cierto sentido común.
Pero, si las calles de Dhao se mostraban como una continua curva ascendente, el aspecto de la fortaleza que se erguía sobre ellas no podía ser más diferente. Repleta de torres afiladas y rectas, de arquivoltas y de contrafuertes, parecía un castillo de hadas, hecho para durar sólo hasta la primera luz de la mañana. Ese aspecto no podía ser más engañoso. Si permanecía incólume, era porque había sabido resistir los avatares de una guerra interminable mejor que muchas otras que habían caído para desaparecer y ser olvidadas.
Sin embargo, aunque la noche estaba tranquila en apariencia, esa no era la auténtica realidad. Las sombras que habían acabado con la vida de Baldekor —o unas que se les asemejaban mucho—, se encontraban ya en la ciudad. No sólo en sus cercanías, como el trampero había visto desde lo alto del calvero, sino también en su interior. Dhao estaba siendo invadida.
Había sucedido a lo largo de las lunas anteriores, poco a poco y con una calma que era impropia de las costumbres de los bárbaros demianos. Acompañando a carromatos muy parecidos a los que aguardaban frente al portón, formando parte de falsas familias, solos o en parejas habían penetrado tras los muros para ganar de antemano un terreno que, de otra manera, les habría estado vedado. Mestizos unos, rubios otros, para Arros, el responsable de aquella labor y hombre de confianza del general Zelnistaff, todos eran iguales y prescindibles. Y a todos ellos les había enseñado a hablar lo justo y a mantenerse ocultos de las miradas indiscretas. Sobre todo a mantenerse ocultos. Buena parte de lo que tenía que acontecer, de lo que Arros tenía planeado que aconteciera, se apoyaba en ello. En sus soldados convertidos en un trasunto de espías para apoyar la fuerza de las armas. Y también en la brujería, por poco que le gustase a su comandante en jefe.
Aquellas sombras en particular se deslizaban por uno de los estrechos callejones del más oriental de lo barrios de Dhao, cercano a la muralla y a un tiro de piedra del recio portalón que impedía que la marea que avanzaba por los bosques se derramara en el interior de la ciudad. Iban desarmados, a no ser por los cuchillos, que, como toda defensa, los guardias les habían permitido introducir en la ciudad. Ni espadas, ni hachas, habían dicho, incautando las pocas que llevaban con ellos. Su capitán ya había supuesto que sucedería algo así. Incluso en su blandura, los dhaitas tenían cierto límite.
Era precisamente Arros quien encabezaba aquella partida —una entre más de una docena—, arriesgando su propia existencia por un bien mayor para los suyos. Su rostro, picado por la viruela, no habría pasado desapercibido ante la atenta mirada de los soldados de no ser por la rala barba que lo cubría y por los sutiles encantamientos trazados por uno de los muchos brujos que servían al Sumo Jerarca. De este había partido directamente la orden de atacar aquella ciudad como punto de partida para una campaña a gran escala que devolvería al Yermo al lugar que se merecía. Pero su magia ya cedía y su malcarado rostro volvía a salir a la luz, demasiado conocido para sus enemigos. Aunque no iba a darles la oportunidad de verlo antes de degollarlos.
Sus acompañantes eran cuatro, hijos menores de la nobleza y miembros de los rangos intermedios de la milicia de Demostadt. Hombres fuertes, aunque no en exceso, y más hábiles con los cuchillos que con la palabra. También con cualquier otra arma que pudieran agenciarse. Aunque no era eso para lo que estaban allí. Al menos no lo fundamental.
Caminaban despacio, algunos de ellos entre notables bamboleos, como marinos sobre las tablas en un mar agitado. Tenían aspecto de campesinos, de labriegos que hubieran acudido hasta la capital para vender sus hortalizas en el mercado. Al menos hasta el instante en el que se les miraba directamente a los ojos. En su azul, refulgía el brillo de la guerra. Por eso miraba a los adoquines en los que apoyaban sus tambaleantes pies. Eran asesinos y todo cuanto hiciera falta al servicio de su señor.
Arros detuvo sus pasos a la entrada de una casa idéntica a cuantas la rodeaban y aproximó los nudillos a la madera de la puerta. Sólo tuvo ocasión de llamar una vez antes de que se abriera. Un hombre, bajito y con amplias entradas rodeadas de pelo canoso y lacio, se encontraba en el umbral, sosteniendo una lámpara ciega. Le miró, como si apenas pudiera verle, y después, miró a sus acompañantes con idéntico gesto. Acto seguido, les indicó que entraran.
El interior del edificio era lúgubre y anodino. Una sola sala servía a todas las necesidades del viejo. Allí, en una chimenea que parecía a punto de venirse abajo, cocinaba lo que parecía alguna clase de remolacha. Una mesa con apenas espacio para él mismo, una banqueta y un jergón completaban el mobiliario. Tras él, una cortina de tela gris y raída cubría parcialmente la pared de ladrillo. El anciano se apartó de ellos, sabedor de que la mayor parte de lo que debía hacer por las monedas que le habían ofrecido ya estaba hecho y que sólo le quedaba embolsárselas y ocultarse hasta que lo peor hubiera pasado.
Los demianos ocuparon buena parte de la salita sin decir palabra. Al cerrarse la puerta, se produjo el milagro. La supuesta ebriedad que guiaba sus pasos se esfumó como rocío tras el amanecer. Todos se irguieron y, a su manera, se cuadraron ante su superior. Este sonrió, con una mueca apenas visible en su cara marcada por un millar de cráteres y, tras pasarse la mano por su sucio cabello rubio, señaló al catre y al cortinón que había tras él.
Dos de los soldados fueron hacia él y, como uno solo, lo lanzaron a un lado ante la reprobadora mirada del viejo, que no se atrevió a decir esta boca es mía. Las astillas y la paja del camastro llenaron el suelo, sumándose a la suciedad que ya había en él. Un hueco, abierto en el muro, permitió entonces ver los cientos de tinajas que se acumulaban al otro lado.
—La hora se acerca y todo está listo —dijo Arros en un discurso grave, lejos de las ampulosidades con la que solía arengar a los suyos. Grave, sencillo y destinado a dar un último empujón a quienes, de sobra, ya estaban convencidos para caminar sobre el abismo aunque eso les costara todo—. El glorioso ejército de nuestro señor marcha hacia estas murallas y su destino no es otro que el de derruirlas. Nosotros llevaremos a cabo la peor parte. ¡A sangre y fuego!
—¡Por Demosian! —respondieron los otros a coro.
—Por Demosian —masculló el segundo del general Zelnistaff.
El viejo le miraba, con el gesto vacío de quien ha fumado demasiada krashda gris y sólo desea la siguiente pipa. También con el acuciante de quien espera que le entreguen la plata para comprarla. Arros estuvo tentado a escupirle a la cara, pero se contuvo. Había cumplido con su parte del trato y eso, al menos, merecía una recompensa justa.
—Matadle —dijo a sus hombres, con un gruñido—. Pero que no sufra. No queremos que digan que somos unos desaprensivos.

lunes, 17 de mayo de 2010

Fragmentos de una Batalla: Prólogo

PRÓLOGO

El día había comenzado como cualquier otro en Irdiarinon-Log-Gulath, más allá de la Ruta Norte. Eran aquellas tierras salvajes, en las que los pinos y abetos competían en altura y los rastros de la humanidad que se asentaba en todas direcciones eran tan minúsculos que su existencia resultaba tan dudosa como pudiera serlo la de los elfos que las leyendas aseguraban tenían sus ciudades entre la espesura.
Baldekor no había visto nunca a uno de ellos y no era, precisamente, su deseo encontrarlo. Él era cazador, trampero, y como todos sabían las altas gentes resultaban más partidarias de la naturaleza que de los propios hombres. Eso era lo que le habían enseñado y así lo creía a pies juntillas.
Aunque llevaba un arco al hombro, la mayor parte de sus presas las obtenía mediante trampas. Desde las sencillas de lazo hasta las complicadas, los cepos y las jaulas, que bien podían atrapar zorros o incluso lobos no demasiado grandes. En ocasiones, cuando era la temporada de las migraciones, utilizaba también redes, para los pájaros que iban de uno a otro lado. De cualquier modo, sus presas nunca eran demasiado grandes. Las prefería pequeñas, más fáciles de transportar y de manejar. Capaces de alimentarle y, de cuando en cuando, de proveerle de alguna pieza de cobre en las aldeas. No se había hecho trampero para vivir como un ricacho. Con subsistir, con poder vivir una jornada más, le valía. Subsistir y mantenerse alejado de todos y de todo. La soledad, aunque no curaba las viejas heridas, al menos servía para no abrirlas más.
A lo largo de la extensa ruta que cubría —memorizada con el paso de los años—, recorría decenas de millas entre los bosques y no era rara la noche que tenía que pasar al raso, alejado de la destartalada cabaña en la que se guarnecía durante el invierno. Aquella iba a ser una de esas. Una de las más largas, que le llevaría en una amplia curva, primero hacia el norte y el amanecer y después en sentido contrario. Pero estaba acostumbrado a semejantes avatares y las noches todavía no eran frías.
Se detuvo cuando ya oscurecía, hizo una minúscula hoguera y, mientras las llamas vivas daban paso a las brasas, arrancó los pellejos a las dos liebres que había encontrado un rato antes, en una de las últimas trampas que había revisado, las vació y las troceó. Luego, las clavó en una rama, como los alcaudones tenían por costumbre, y las aproximó al calor. Con unas hierbas y un pellizco de sal gruesa, Baldekor conservaba una bolsita que para él era más preciada que el oro, le servirían para alimentarse durante unos cuantos días.
La carne se estaba dorando ya cuando el cazador creyó escuchar un sonido, procedente de la espesura. Sus agudos instintos le pusieron en pie antes de ser consciente de lo que hacía. Asiendo el arco con una mano y con la aljaba al hombro, se apartó de los rescoldos. Un animal grande, a juzgar por cómo se movían los helechos y el ruido que hacían sus patas sobre las agujas acumuladas en el blando suelo. Con un poco de fortuna, una hembra de corzo. Con mala, un jabalí o, incluso, un oso.
Lo que no esperaba Baldekor era que se tratara de un guerrero.
Barbudo, sucio y vestido con una armadura de pieles y cota de malla, pareció tan sorprendido como él durante un instante. Al siguiente, se lanzaba contra él, espada en mano.
Las ágiles manos del trampero cargaron y descargaron el arco en dos ocasiones antes de que su rival tuviera la oportunidad de acercarse a él. La primera flecha apenas si rozó el casco metálico del guerrero, mientras que la segunda se le clavó en el cuello, justo debajo del mentón, en una de las escasas regiones de su cuerpo que llevaba al aire.
Con un gorgoteo siniestro, cayó llevándose las manos a la garganta. Baldekor no esperó ni un instante. Sacando el destrero del que se valía para despellejar sus piezas, se acercó a él y, sin dudarlo, le cortó el cuello. El casco, un capacete sin adornos, se desprendió al hacerlo. Bajo él había una densa mata de pelo que, a pesar de la oscuridad y la porquería que lo cubría, el cazador pudo reconocer como rubio.
Antes de tener la oportunidad de recoger sus escasas pertenencias y salir por pies de allí, la maleza que hasta unos minutos antes había estado vacía pareció rebullir de vida. Agarrándose a su arma como si le fuera la vida en ello —cosa que en realidad sucedía—, comenzó a retroceder. Baldekor habría preferido no tener que hacer aquello, pero no había otro remedio. En los claros ojos del soldado al que acababa de asesinar veía los suyos propios. Los de su pasado.
Porque Baldekor antes de cazador, había sido soldado.
Dos guerreros más surgieron a su izquierda, vomitados por el enramado y la cuerda del arco vibró para recibirlos. Uno de ellos cayó antes de poder hacer nada, pero el otro reaccionó a tiempo. Empuñaba una ballesta.
La cuerda resonó con un tañido metálico al liberar las energías contenidas en su mecanismo. Una saeta, gruesa y de plumas desiguales, voló por el aire. A pesar de su mala factura, el proyectil no falló. Antes de que pudiera sentir dolor, ya se había clavado en el flanco del trampero.
Baldekor tomó una flecha más de su aljaba antes de que el dolor se hiciese patente y los ojos se le llenaran de lágrimas, con el gesto mecánico de quien ha hecho lo mismo cientos de veces antes. Supo que había acertado, pero no se entretuvo para comprobar los efectos. Con una mano sobre la herida de su costado y el arma en la otra, se alejó todo lo rápido que fue capaz.
Sus pies le llevaron lejos antes de que más demianos pudieran alcanzarle, pues conocía aquellos bosques mucho mejor de lo que otros hombres habrían llegado a conocer los corredores de sus casas. La saeta vibraba con cada paso que daba, buscando la seguridad de la espesura. El cazador, a pesar del dolor y del pánico, todavía podía pensar con claridad y una sola idea llenaba su cabeza: el enemigo había vuelto tras tantos años de ausencia.
Un sendero, trazado apenas por otros que, como él, vivían en la floresta, le condujo por una escarpada ladera. Una de las muchas colinas que, entre los árboles, permanecían medio ocultas a simple vista. Pero aquella era especial. En tiempos, los primeros dhaitas habían edificado en su cima un baluarte del que todavía quedaban resto, dientes cariados que surgían del fértil suelo. Aquel era un lugar lleno de recovecos, bueno para esconderse o, si era necesario, para vender cara su vida.
Baldekor no tardó en alcanzar la cima, sin que más bárbaros le salieran al paso y, tras buscar una buena posición, apoyó la espalda contra lo que había sido uno de los muros de la fortaleza que se había alzado en aquel lugar, poco más que una torre amurallada de los tiempos en los que aquellos pasajes eran la frontera de algo. Los sillares, grises y tallados con maestría, estaban manchados de sangre. La suya, que manaba de la herida de su flanco, y la de sus enemigos.
El cazador cerró los ojos durante un instante, tratando de convencerse a sí mismo de que su sufrimiento era mucho menor de lo que parecía. No lo consiguió. Necesitaría vendajes y que le cosieran y restañasen la herida. Mucho de su líquido vital se había ido por ella. Si nada cambiaba, y no tenía prueba alguna de que fuera a hacerlo, estaba muerto. ¿A cuántos demianos había abatido? No lo sabía, pero, a juzgar por lo que vio al abrir los ojos de nuevo, todavía quedaban muchos más.
En torno al calvero, donde antes sólo había habido oscuridad y vacío, las sombras se arracimaban. Pequeñas en la distancia, algunas eran en realidad enormes. Soldados y torres de asedio, de aquellas que no había visto jamás, pero de las que sí le habían hablado sus instructores cuando dejaban de darle órdenes y palos. Cuando el residuo de los viejos tiempos de guerra se adueñaba de sus almas y les hacía sentir algo parecido a la añoranza. La maquinaria de guerra de los demianos avanzaba hacia Dhao en el silencio de la noche. Los hombres con los que se había topado no eran una simple patrulla, sino la avanzadilla de todo un ejército.
Baldekor se incorporó a duras penas. Tenía que hacer algo para advertir a la ciudad que, a menos de una decena de millas, dormía plácidamente. Tenía que hacer una señal. Prevenirles del peligro.
El trampero buscó en la oscuridad. Recordaba… recordaba las leyendas que contaban de enormes pebeteros de bronce que se utilizaban para que las atalayas advirtieran de la presencia del enemigo. Ya no había bronce —saqueado hacía mucho—, pero los sillares permanecían, orgullosos en las alturas, y tenía toda la madera que quisiera. Un buen fuego delataría la presencia de los norteños.
Dispuesto a ello, comenzó a reunir leña. Tenía que hacerlo antes de que fuera demasiado tarde. Dar la señal. Advertir a los dhaitas de lo que sucedía antes de que les tomaran por sorpresa.
Eso fue lo que le sucedió a él.
Su hasta entonces infalible oído le falló una única vez. Un cuchillo aserrado le rozó las costillas. Con él murió la esperanza de una alarma.
La esperanza de que Dhao estuviera preparada para lo que iba a acontecer.