sábado, 10 de febrero de 2007

Relato: Luces

Lo sabes. Sabes que no debes estar aquí... Lo sabes desde el primer momento, pero llevas toda la noche negándotelo. Desde que atravesaste esa puerta una voz en tu interior te dice: No lo hagas, ese no es tu lugar... pero has seguido adelante como si no estuviera allí y ahora es tarde. Demasiado tarde.
La luna deja ver su redonda forma por entre las cortinas de encaje, punteando la esquina de la cama de sombras y luces fantasmagóricas. Dicen que es el rostro, o tal vez los ojos, de Haidier. Historias de campesinos. Tú sólo sabes que es una luz delatadora más que puede acabar contigo tan fácilmente como cualquier otra. Blanca y aparentemente limpia se desliza por los tejados y entre las chimeneas, mostrando sólo sombras. Sombras y manchas... Tanteas, buscando.
Apenas puedes escuchar los susurros que llegan desde el otro lado de la puerta. Parece que hace un siglo que la atravesaste. Ahora la sangre se agolpa en tus oídos haciendo que retumben como tambores y hace que te preguntes cómo llegaste a esto. Un chirrido, el de una puerta al abrirse lentamente, te deja sin respiración... pero ninguna línea de luz acusadora se desliza desde la puerta, por encima de los pies de la cama, hasta tus ojos. No deberías estar aquí, te repites. Debe haber sido en otra de las habitaciones.
Recuperas el aliento al tiempo que la puerta se cierra de nuevo, esta vez con un fuerte portazo. Los murmullos suben de tono y, aunque apenas distingues que es lo que están diciendo, adivinas que discuten y que lo hacen en voz muy alta... pero la sangre sigue agolpándose en tus oídos, sin dejar de latir. Te parece que puedes escuchar tu corazón y lo que antes sólo eran tinieblas y sombras imprecisas se convierten en formas de cosas conocidas. Sabes que siempre han estado ahí, pero es curioso como lo hacen. Casi parece mágico. Nada en un lugar y, de pronto, la pata de una silla y los cajones de una cómoda. Alargas la mano, tiembla, pero ya no necesitas tantear.
Mierda, mascullas, la oscuridad era una buena aliada, pero la luna no parece estar quieta. Rebuscas por el suelo con cuidado de no hacer ruido. Puedes ver y eso quiere decir que también pueden verte a ti. Mierda de nuevo, tu mano roza un pedazo de tela suave y fragante, no es lo que buscas. Tratas de estirar el otro brazo, pero parece que esté agarrotado. Un portazo, aún más cercano, resuena acusador, mezclándose con los tambores de tus oídos. Fragante... flagrante...
No es lo mismo, piensas, cambiando el peso de tu cuerpo de lado cuando al fin logras agarrarlo. Con una agilidad de la que no te habrías creído capaz ni en tus años de juventud giras sobre ti mismo. La luz de la luna se refleja en el cristal del candil de la mesilla y las sombras de la cortina cambian con su lento avance. Maldita sea, gimes, no debiste ni intentarlo. Las voces se hacen más cercanas y ya puedes diferenciarlas entre el vaivén de la sangre en tus oídos.
—Sé que lo escondes aquí —dice la voz del que le busca—. No trates de ocultarlo.
—¿De qué hablas? —le responde—. ¡Tú trabajo te está volviendo loco!
Tú sí sabes de que habla, claro que lo sabes. Habla de una de las mil razones por las que no deberías estar aquí esta noche... sólo una de mil, no está mal. Luna llena y además de sangre la llaman. El aura enrojecida sobre los tejados de la ciudad... esa era otra buena razón. Un mal presagio, siempre es un mal presagio. Como puedes te alejas de tu escondrijo, arrastrándote, tal vez como la serpiente que eres.
El pomo de la puerta reluce débilmente bajo la luz de la luna mientras comienza a girar con una lentitud estremecedora y un quejido. Es de bronce y la manija está nacarada, pero es viejo y está desgastado. Una ligera pátina verdosa cubre el lugar donde se hunde en la madera y le falta un pequeño trozo al lado derecho. Se parece al de aquella posada de Nedai, ¿o fue Deret?... es gracioso de las cosas que nos acordamos en ciertas situaciones y las otras muchas que somos incapaces de llevar a nuestra memoria.
Reculas como puedes, buscando una cobertura que, con tanta luz, ya apenas existe. La maldita faz de Haidier continua brillando ahí en lo alto, sonriendo, seguro. La línea de claridad que atraviesa la puerta va haciéndose cada vez más ancha y alargada, avanzando por el suelo como un dedo que apuntara hacia ti y que te señalara insistente. Ese es precisamente el momento elegido por la voz que parloteaba en tu cabeza para volver, parece que con más ganas de guerra. Sabías que no debías hacerlo, pero cuando esa línea desapareció apenas hace una hora, lentamente, a su espalda, no te pareció mala idea. Ahora carga con ella, susurra la voz. Estúpido, te respondes, si yo caigo tú vendrás conmigo...
La puerta se detiene cuando apenas se ha movido unas pulgadas, un siglo más tarde. Una sombra tapa, gracias a Athiel, la lámpara de aceite que cuelga de la pared al otro lado. Otra sombra agarra el brazo de la primera, reteniéndola y haciendo que se gire sobre sus pies.
—¿Qué estás haciendo? —dice—. ¿No estás contento con lo que has visto? ¿No ves que es tu imaginación jugándote otra mala pasada?
No puedes aguardar más. No conseguirá pararle. Junto a la puerta duda, pero entrará. Sabes que entrará. Le conoces tan bien como ella. Ella lo sabe, tú lo sabes... No debiste venir esta noche... pero era tan tentador. La ventana, te susurra la voz dentro de tu cabeza. Parece que la bastarda sabe lo que le conviene. Es una segunda planta, pero puede que merezca la pena intentarlo. Siempre será mejor que... ¡no, no lo pienses!
Usa la ventana. Por ella la luna te sonríe, mostrándote el tejado de la casa del otro lado de la calle. Los canalones, rotos y oxidados, cuelgan de su alero. Se desprenderán en cualquier momento... dejarte caer, eso es. Sales del escondite mientras recoges tu arma, un arma que debería ser usada para defender la ley... no pienses, sólo actúa.
La luz contra los cristales. No debería ser difícil abrirla. Giro y empujón, no necesitas más. Las cortinas se enredan en tu brazo como si no quisieran que las abandonaras, envolviéndote con su cálido abrazo. Parecen susurrarte. Esta vez no... no caerás. No más que desde la ventana. La puerta chirría y la luz de la lámpara de aceite se refleja en el cristal mientras éste gira, tan cálida como el abrazo, pero llena de sombras que no mostrarán misericordia alguna. Y todo se precipita.
Ves como forcejean por un instante mientras desapareces por el marco y la velocidad se agarra a tu estómago haciéndote desear no haber cenado nada. De repente, se para y con un golpe seco chocas contra el suelo, sumergiéndote en una espesa niebla que, por un instante, pareció sostenerte en el aire. Tan rápido como empezó, acaba. Tragando saliva te pones en pie y te dispones a huir. Una cabeza, recortada tras la ventana te mira. Su casco, idéntico al tuyo, refulge bajo la luna.
—¡Gäilmes! ¿¡Qué hace ahí parado!? —grita—. ¡Persígalo!
—¡Ya voy, capitán! —le respondes, corriendo hacia la oscuridad—. ¡Ese maldito ladrón no escapará!
Tal vez, a fin de cuentas, no fue tan mala idea visitarla esta noche.