domingo 7 de febrero de 2010
viernes 5 de febrero de 2010
UdJ: Profecías
El final de Urnas de Jade se aproxima.
Tras Leyendas y Mentiras, pronto, llegará Profecías.
Pero, antes, una mirada al pasado.
Pero allí no había ni coleccionistas ni pergaminos. Por no haber, no había ni animales que infestaran cada remanso de sombra a la espera de que la noche fuera con ellos más clemente que el día en aquel desierto sin fin. O no tan interminable. Desde cierto ángulo, si se alzaba la vista para tratar de alcanzar qué había más allá, casi podían adivinarse los contornos de unas elevadas cimas, cubiertas de nieve y cercanas al horizonte oriental, y de quebraduras del terreno, junto con riscos y rocas aguzadas, en las cercanías del occidental, tras las que el sol se ponía cada día como lo había hecho desde el comienzo del mundo.
En aquel instante, la esfera de llamas que era el astro rey tomaba un color rojo apenas más claro que la sangre mientras se precipitaba hacia el incierto horizonte, achatándose a cada instante y cediendo el protagonismo a la noche, que ya afilaba sus oscuras garras. Cuando los alcanzara, que no sería muchos minutos después, el frío de las llanuras llegaría con ella y los obligaría a detener su peregrinaje y a resguardarse junto a las llamas para cobijarse de las gélidas temperaturas que allí se alcanzaban bajo la pálida mirada de la luna, arrimándose unos a otros y a las bestias que tiraban de sus carromatos: unos pocos caballos y aún menos bueyes y vacas.
Ellos eran un grupo de unos cincuenta hombres, mujeres y niños, vestidos con ropas que, a pesar de que habían sido de brillantes colores, se mostraban grises como la arena que cubría el suelo y convertidas en poco más que andrajos. La mayoría eran morenos, de cabello y tez, y caminaban con paso lento, arrastrando los pies y sin separar los ojos del suelo. Pocos miraban al frente y, aunque en sus miradas se reflejaba la congoja de los otros, había también determinación. Expulsados de su nación, de su ciudad y de su imperio, condenados a vagar por el desierto, sin detener sus pasos. Malditos por los dioses y caídos en desgracia.
Expulsados de Kiramel, la Primera Ciudad y, ahora, la Ciudad Muerta.
El hombre que los lideraba, una vez convertido el sol en una fina línea en el lejano horizonte de riscos quebrados, dio la señal de alto e indicó un lugar junto a la calzada en el que detenerse, avivar las llamas y pasar la noche, protegidos con su número de las famélicas quijadas de las hienas. Era, como los otros, de piel oscura y talla corta, y nadie le había propuesto como guía o líder. Ni siquiera él mismo. Llegado el momento, había tomado las riendas y los había hecho avanzar, alejándolos de las plagas, pestes y desgracias, que se abalanzaban sobre su, hasta poco antes, rica ciudad. No lo había hecho por vanidad, ni por orgullo, ni siquiera por que fuera un importante noble, sacerdote o general, que no era semejante cosa, sino un mero albañil. Lo había hecho porque debía y quienes se encontraban a sus espaldas le habían seguido por idénticas razones.
Una vez detenidos, los carromatos, narrias y las desvencijadas calesas de quienes habían sido gentes de alcurnia, se situaron formando una herradura, cortada por el camino de piedra. Algunos de los más viejos lo recordaban flamante, nuevo, perfecto… ya no lo era, el tiempo, entre latido y latido, lo había golpeado, destrozando sus losas hasta casi hacerlas irreconocibles y rellenando sus grietas con una arena reseca que, no mucho antes, había sido tierra rica y próspera. Pero era mejor que lo que les había sucedido a las torres y templos, a los palacios de brillantes fachadas y prodigiosas cúpulas. De ellos no quedaba apenas nada. El pecado del orgullo cometido y castigado los había reducido a meras ruinas en cuestión de unos pocos días… o semanas o meses. Era difícil decirlo. El tiempo se había vuelto extraño también. Como todo.
Las llamas se alzaron en una hoguera en la que se quemaba tanto madera como recuerdos y, en la lejanía, hacia occidente, otro fuego parecido a aquel, hizo lo propio. Otro grupo de refugiados kirameli, sin duda. Aunque eso era algo que había que asegurar, pues los desaprensivos y carroñeros no faltaban.
El líder hizo llamar a dos de los hombres en quien más confiaba y juntos, sin luces que los traicionaran, formaron una fila que marchó en dirección a aquel otro fuego, hacia las llamas que, amarillentas, le recordaban a las de la capital del mundo y no al fuego vivo que habían dejado al cuidado de los suyos. Pronto, la distancia que los separaba no fue mucha y su procedencia se hizo evidente. Una cabaña de adobes, desvencijada y con el tejado hecho con arbustos espinosos, pero una cabaña al fin y al cabo.
Después de meditarlo durante algunos instantes, hizo un gesto a los suyos. Un gesto que indicaba que, si alguien tenía que ponerse en peligro, era él y sólo él. Decidido, pues nada le quedaba por perder —con su mujer devorada por una bestia y sus hijos muertos de vejez—, llegó hasta sus paredes de adobe y se asomó por el desigual hueco de la puerta, apretando entre sus dedos un cuchillo retorcido, mellado y cubierto de orín. Lo que encontró en su interior no pudo ser menos amenazador.
Junto a la precaria chimenea, había una mujer, anciana, con el pelo gris y enmarañado suelto sobre sus hombros y vestida de negro, con unas ropas que no tenían nada que envidiar en cuanto a harapientas a las suyas propias. Estaba armada con un cucharón de madera que utilizaba para revolver el contenido de una olla, de metal negro, que reposaba sobre unas llamas doradas, como de velas. Olía a sudor, a cenizas y a sopa. A sopa densa y rica, según le pareció, tras muchas jornadas de vagar con el estómago encogido por el hambre.
—¡Hen-saibal, zahn! Te estaba esperando. Siéntate y compartamos un plato —le dijo con un gañido que no podía parecerse más al de un cuervo, sin volverse hacia él, al tiempo que sacaba de sus ropas dos escudillas de barro mal cocido—. Mucho he de compartir contigo en esta noche que corre hacia el amanecer y mucho tienes que escuchar antes de acabar con mi vida. Porque eso es lo que harás cuando me oigas, por mucho que ahora pienses que sólo digo memeces y desatinos.
—¿Por qué lo haría? —preguntó él, sin comprender, sentándose junto a ella y aceptando lo que le ofrecía—. Compartes tu plato conmigo y eso es signo de amistad.
—Me matarás porque no te gustará lo que oirás, porque te hablaré de lo que ha de acontecer y no será para tu disfrute —explicó la vieja, mostrando sus dientes podridos y sus ennegrecidas encías—. Y, aunque puedas opinar que nada malo tiene el mensajero, no podrás impedirlo. Pero, ahora, escucha lo que traen los días venideros… lo que he visto.
»Hay fuego en el horizonte, un fuego de generaciones, que se extenderá al este y norte, al oeste y al sur. ¡Un fuego de destrucción que vendrá precedido de guerras y de maravillas! —bramó—. De bestias de dos cabezas que batirán el cielo con sus alas mientras los enemigos más acérrimos se aúnan bajo el mismo pabellón y los aliados se apartan unos de otros, siguiendo senderos que no son los propios y que tan sólo los conducen al desastre. Los no-muertos se alzarán de sus tumbas y guiados por el caído, arrasarán la tierra a su paso. Detenerlos es imposible, tanto como impedir que el Emperador que no ha nacido muera dos veces, arrastrado por el jade y la magia. Y su segunda caída será la señal.
—¿Señal de qué? —susurró el kirameli, dejando la escudilla en el suelo, junto a su cuchillo, y limpiándose la boca con la manga—. Lo que dices no tiene sentido alguno. Estás loca, anciana.
—No lo estoy y lo tiene. He visto a los muertos alzándose de sus tumbas y a un hombre observándolos, sin hacer nada por detenerlos, aunque pudiera hacerlo todo, pero abrumado por su propia sabiduría —gesticuló la vieja bruja—. A los dioses gimoteando tras una larga condena, desterrados, encerrados, buscando el perdón sin hallarlo, buscando la salida sin acertar con la llave. Al noble caído en desgracia azuzando a sus bestias y a los blancos paladines teñir sus ropas de sangre. Y todo viene de aquí, de esa ciudad que dejáis a vuestras espaldas. Y no hará sino empeorar.
—¿Y dices que proviene de Kiramel?
—Sí, de la Maldición que sobre ella y sus hijos pesa, de la Maldición que pesa sobre el mundo de los hombres… todo provendrá de ella y acabará con ella —dijo la mujer, chasqueando la lengua—. Así lo he visto en mis sueños y en las entrañas de las bestias.
—Pero ¿volverá a alzarse la Primera Ciudad?
—Eso también lo he visto. No, no sucederá jamás. Ha muerto y ni los hijos de los hijos de tus hijos volverán a verla en pie —gruñó—. Vagarán sin ver jamás semejante cosa. Nómadas errantes, hasta el fin de los tiempos serán, sin que los muros de piedra vuelvan a cobijarlos nunca. Eso profetizo y así será.
—Pues mucho me temo que te equivocas. Llegaremos a las montañas, pero no nos detendremos en ellas —dijo, complacido el kirameli—. Al otro lado se encuentran tierras verdes y mares azules. Hasta esas costas vamos y no nos detendremos en las montañas. Y cuando lleguemos, escucha esto, alzaremos una nueva ciudad, más magnífica que la primera.
—¿Y lo harán bajo tus designios?
—Así lo hemos acordado.
—Pues mucho lamento escucharlo. Porque nunca verás esa tierra prometida. —Sonrió la anciana desdentada—. Yo no confundo mis ideas y lo que tiene que ser será. Morirás aquí, sin dar un paso más. Con el veneno en tu cuerpo.
—¡Bruja! —gritó él—. ¡La sopa!
—Sí. La sopa —afirmo la mujer, agitando sus sucios cabellos.
—¡Entonces, que sea como dices, pero, si todas tus profecías han de cumplirse, bruja —contestó el hombre, tomando su oxidada arma—, yo he de tener la última palabra!
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Etiquetas: avances
domingo 31 de enero de 2010
2010
Ya llevamos un mes entero de este 2010 y todavía no había escrito nada. Falta de tiempo, muchos nuevos proyectos, un virus informático y mucha pereza, han ido retrasando este post más de lo recomendable. Pero viene cargadito, eso sí.
Urnas de Jade: Profecías, es un hecho. Está maquetado y en AJEC, así que, si no se tuerce nada, en mayo tenemos libro nuevo y se remata la trilogía. No las aventuras en Drashur, ni mucho menos, pero sí de la trilogía, lo que es todo un logro.
Guillem López y Susana Eevee serán compañeros de editorial y de colección con, respectivamente, La Guerra por el Norte, con salida más o menos a la vez que Profecías, y Dos Coronas, unos meses más tarde. Estoy muy contento por ellos y porque ambos, de maneras diferentes, me hayan implicado en sus proyectos.
Otro proyecto ilusionante es (Per)versiones: Cuentos Populares, una antología escrita junto a muchos compañeros sedicianos que verá la luz este año del modo que sea, con o sin editorial que lo respalde. Espero que sea con. Le seguirá (Per)versiones: Historia, todavía más en pañales.
Y, para finalizar, tengo otras dos novelas moviéndose por editoriales, a las que se unirá otra trilogía de fantasía no tardando mucho (falta rematar dos detalles y terminar la corrección, pero está completada).
Seguro que hay más cosas que se me olvidan, pero, cuando me acuerde, escribiré sobre ellas.
Ya os decía que este nuevo año pinta bien...
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viernes 18 de diciembre de 2009
Otros Relatos: Ella se había ido
Alzó la vista hacia el firmamento y los ojos se le llenaron de una lluvia que no tardó en mezclarse con sus lágrimas. Su rostro era el de un hombre traicionado, tan lleno de rabia que su mera contemplación causaba dolor. Abrió la boca en un intento de grito y tan sólo unos quejidos inarticulados surgieron de ella. Deseaba que su sufrimiento escapase, pero la pena no quería huir.
Allí se quedó, prendida en su corazón, mientras la galerna rugía por encima de él y la cabeza de su amor reposaba sobre su regazo.
Muy atrás quedaban los tiempos en los que el sol lucía en la primavera de sus vidas. Sobre los campos dorados, las aguas azules del mar y las casitas blancas y encarnadas de su aldea. Los tiempos en que era un joven insensato que dedicaba sus horas a beber, bromear y lanzar piropos a la muchachas. Los tiempos en los que el futuro parecía no tener importancia. Los tiempos en los que la vio por primera vez y juró que sería suya.
Fue también aquella larga primavera en la que ella rechazó su admiración y sus halagos y en la que, desesperado y con el corazón desgarrado, vagó por la región, buscando la manera de conquistarla. En la que, tras refugiarse de la lluvia bajo un inmenso roble, un desconocido se acercó a él y le ofreció aquello que más deseaba. Y, como buen buhonero, junto con la oferta puso también un precio.
—Tuya será, mas no para siempre. Pues lo que pides está incluso fuera de mi poder y no puede ser eterno.
—¿La perderé?
—Sí, igual que todo amor se pierde con el paso del tiempo, dejando tras de sí apenas rescoldos calientes.
—¿Me amará?
—Sí, pero, llegado el día, en el fragor de una tormenta mucho peor que ésta, me la entregarás y entonces la reclamaré como mía.
—Acepto.
Se dieron la mano, escupieron al suelo y sellaron el trato. El joven que era por entonces con el convencimiento de que nada de aquel trato era real y de que jamás tendría que pagar lo acordado. El harapiento mendigo con la certeza de que obtendría su presa, pues más sabe el diablo por viejo que por diablo, y él, aunque no era semejante cosa, sí era mucho más viejo de lo que el muchacho podía suponer.
Tan viejo como el tiempo, sin duda.
Pero, aunque el joven no creyera en la promesa del buhonero, ésta se hizo cierta en cuanto sus pies se posaron en las calles cubiertas de arena de la aldea. Las miradas antes esquivas de la muchacha pronto se volvieron brillantes, teñidas del rubor de una inocencia que pretende dejar de serlo. A las pocas jornadas, ella dejó de rehuir sus palabras y en unas semanas, tampoco se apartó de sus abrazos, caricias y besos.
Medio año después, los dos enamorados se habían casado y él había olvidado cualquier promesa, trato o pago.
Sus vidas se convirtieron a partir de entonces en una sucesión de plácidos días. Ella le amaba a él y él la amaba a ella. Los inconvenientes de su existencia en común pasaban de largo ante aquello. Las malas cosechas no parecían tan malas. Los inviernos eran más cálidos. Los veranos no resultaban tan bochornosos. Las discusiones terminaban en el lecho.
Sin embargo, ella no fue capaz de darle hijos y la felicidad que se les antojaba plena no lo fue tanto. Que cuenta el dicho que no hay rosa sin espina ni camino sin piedras. Pero eso no hizo que él la apartara de su lado ni que la despreciara, sino que se acercara aún más a ella y compartiera el dolor que ambos sentían. Dos almas que, por separado, podrían haberse roto en pedazos, se recompusieron la una a la otra. El cariño creció sin ganar un paso a la pasión.
Y transcurrieron los años.
Entonces, llegó la noche y, con ella, la tempestad. Él se encontraba dormido, pero el primer trueno le despertó, sobresaltándole y llevando hasta su memoria recuerdos que habían permanecido aletargados. El roble, el vagabundo, el trato y el precio. Temió por ella de inmediato y se volvió hacia el otro lado de la cama, donde todavía podía sentir el calor de su cuerpo. Pero ya no estaba.
Se había puesto en pie, llamado a gritos y buscado en cada uno de los rincones de su humilde casa, aunque nada de aquello surtió efecto. Ella había desaparecido y la conversación mantenida por el muchacho que había sido cobraba, con la edad, una importancia que nunca habría soñado. Porque sus palabras habían sido pronunciadas por otro hombre, por una persona muy diferente a la que, en la oscuridad, reclamaba la presencia de su esposa sin hallarla por ninguna parte. Un hombre inmaduro, llevado por una necesidad que, entonces, había creído que era amor aunque no lo fuera. Alguien que había muerto hacía mucho y que no era él.
Estaba en la cocina cuando una sombra pasó frente a la ventana. Alta, oscura, de ropas amplias que, impulsadas por el viento, chasqueaban tras de sí como las velas de una nao. Se quedó quieto durante un instante, cavilando si podría tratarse de ella o si, en su lugar, era el harapiento mendigo que, haciendo ciertas sus palabras, regresaba para cobrar su parte a lomos de la tormenta. Ninguna de las respuestas le detuvo a la hora de llegar a la puerta ni a la de salir al exterior de su morada.
Fuera, el agua formaba una densa cortina. Precipitádose desde el firmamento, convertía en lodo la tierra fértil y formaba enormes charcos que dotaban al terreno de la misma apariencia del cercano océano. Las nubes, portadoras durante buena parte del año de buenos augurios para las mieses, eran negras, densas, amenazadoras. Los relámpagos las recorrían, lanzando rugidos pavorosos, pero sin descender al suelo, como si temieran que lo que pudieran encontrar allí fuera aún peor de lo que ya poseían en las alturas.
La figura apenas entrevista permanecía en mitad del sendero que conducía a la aldea. De pie, aún más alta de lo que había creído intuir. Flaca hasta la extenuación y famélica. No sabía por qué, pero eso era lo que sugería, envuelta en sus amplias ropas negras y acunada por la tempestad. Un hambre atroz.
—¿Qué has hecho con ella?
—Nada todavía. Espero a que me la entregues, ¿cumplirás con el trato? ¿Pagarás el precio?
—¡Jamás!
—¿Jamás? ¿Ni siquiera así?
La andrajosa silueta del mendigo había extendido entonces su mano hacia las tinieblas que bordeaban el camino. Otra, más clara y amada, yacía allí. Encogida sobre sí misma, empapada, aterida de frío y temblorosa.
—¿¡Qué le has hecho!?
—Nada. Mi mano no la ha rozado. Aunque todavía está a tiempo. Salió a buscar agua al pozo y el rayo la alcanzó.
Nada más tuvo que argumentar el buhonero. Postrándose junto a su mujer, vio la quemadura en sus ropas y en su carne y que, aunque su respiración todavía era firme, sus ojos eran los de una persona que hubiera abandonado ya la tierra de los vivos y estuviera muy lejos de ella. Agonizaba, pero no terminaba de irse.
—Dámela. Conmigo su sufrimiento acabará. Nada más puedes hacer.
—Pero yo… la amo.
—Lo sé. Estaba allí. Lo presencié.
—Pero no lo provocaste.
—Cierto es. Pero cumplí con lo pactado. No puedes negarlo.
Sí, era verdad. Había cumplido, aunque no podía saber hasta dónde. Los ojos del esposo se giraron hacia el flaco mendigo durante un latido, lo justo para no perder de vista a su mujer más de lo imprescindible. ¿Podría vivir sin ella? No lo sabía. El rostro que más amaba no le respondió con gesto alguno, desvanecida la mirada.
—No, no puedo negarlo. ¿Quién eres?
—No hace falta que te responda, pues ya lo sabes.
—¿Y por qué me haces tanto mal?
—Ninguno te he hecho.
—Entonces, ¿por qué insistes en llevártela de mi lado?
—Junto a ti ya no está y bien lo sabes.
Volvió a mirarla, con los ojos de la cara y no con los del corazón, que continuaban devolviéndole la imagen de aquélla con la que había compartido su vida entera. Ella ni siquiera le veía. Estaba lejos, más allá de donde podía alcanzarla. El rayo la había atravesado, quemándola y abrasándola por dentro. Ya estaba muerta, pero la Muerte se negaba a tocarla…
—No sin mi permiso.
—No hasta que me la entregues. Ése fue el trato.
—¿Qué debo hacer?
Y la mantuvo entre sus brazos, con el dolor lacerándole el corazón y la lluvia empapándole el rostro, mezclando sus gotas con las saladas lágrimas que lo recorrían. Porque había aprendido que, cuando se quiere a alguien, hay que saber cuándo dejarlo marchar.
Pero eso no lo hizo más llevadero.
Entre sus brazos, sólo había un cuerpo sin vida.
Ella se había ido.
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Etiquetas: otros relatos, TDL VIII
miércoles 16 de diciembre de 2009
Críticas y novedades
Por lo demás, todo muy tranquilo. La trilogía en la que estaba metido acabada a falta de críticas y correcciones y estoy con un viejo amigo, Cauldron Hill, en la que espero sea la última vuelta de tuerca. Una novela que no termina de encajar y que se resiste. Lo que he leído hasta ahora de la última versión que escribí de algunos de los capítulos me da una impresión mejor que la anterior, pero tengo que terminarla de leer de nuevo para ver si me convence de verdad y le doy salida. Un proyecto viejo que lleva macerando años.
Y quiero escribir un relato decente para el viernes. Que el concurso del Círculo de Bardos todavía está abierto.
Edito: está nevando.
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Etiquetas: autobombo
miércoles 2 de diciembre de 2009
Imaginarios 2
Salgo un poco en él y todo.

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domingo 29 de noviembre de 2009
Entrevista en Hablando de Libros
Por lo demás, sin ninguna novedad en el frente. Escribiendo a toda velocidad, machacando la guitarra y concienciándome para ir a trabajar mañana, que las 11 horas no me las va a quitar nadie.
Y no tardando mucho colgaré algún relato.
Publicado por dStrangis a las 10:46 2 comentarios
Etiquetas: autobombo, avances, la cólera de nébulos, noticias
















