jueves, 16 de agosto de 2007

Otros Relatos: Wendigo

Wendigo. Le había parecido escuchar aquella palabra justo antes de salir de la cafetería del viejo Tonibee y montar en su grúa. Por lo que tenía entendido, era una palabra india o algo así, que se refería a un espíritu de los bosques y los páramos helados. Para Wendall aquello era intrascendente. Suficiente tenía con la realidad que, en casi toda Alaska, consistía también en hielo y nieve, sobre todo en aquella época del año. Y la realidad decía que ya era hora de ponerse en marcha e ir a trabajar.

Había sido cerca de veinte minutos antes de que sus faros comenzaran a iluminar a las furgonetas aparcadas a la entrada del bar, cuando la radio había empezado a sonar y había recibido el aviso: debía ir a retirar un Hummer que se había ido a la cuneta a quince millas de allí, en dirección a Cicely. Se lo había tomado con calma. El canal meteorológico había anunciado que la noche iba a ser mala, aunque no más que las anteriores, y estaba cansado de pasar frío. Tenía tiempo para un par de copas sin que le echasen en falta. Había tomado nota y había dicho a Frank que él mismo se ocuparía. Pasó las cabinas de un par de grandes trailers, atascados por la nevada, apagó el motor y cortó las luces. Dentro estaría mejor durante un rato. Al menos no se congelaría los jodidos dedos.

El bar-cafetería-motel de Tonibee era un tugurio de carretera, perdido en mitad de ninguna parte, construido sobre lo que en tiempos de los colonos había sido una granja y con un letrero justo a la entrada, con neón de varios colores y anunciando que se alquilaban habitaciones por horas. Todo el mundo sabía lo que aquello significaba. Y a todo el mundo le traía sin cuidado. Al entrar, una nube de vaho y humo le había recibido. La mayor parte de las mesas estaban vacías. Sólo algunos hombres del pueblo, un par de camioneros y Howard, el ayudante del sheriff, se encontraban allí. Les había saludado con un movimiento de cabeza al que respondieron levantando sus cervezas, había pedido un whisky a Rebecca, la joven esposa del viejo Jack Tonibee, y se había acodado un rato en la barra, para entrar en calor tanto por dentro como por fuera.

—Uno doble, Becky —había dicho.
—¿Con hielo?
—No me jodas, suficiente hielo hay ahí afuera para que me agües el whisky. Mejor trame la botella y un vaso. Jack siempre lo hace.

Dejó la botella donde le había dicho. No era una mala chica y tenía unas buenas tetas, pero no llevaba demasiado tiempo en el pueblo, apenas dos o tres meses desde que apareció del brazo del viejo. Demasiado joven y bonita para él, las malas lenguas ya se habían encargado de despedazarla. Decían que era una buscavidas. Si se había ido con él por el dinero… no sabía donde se había metido. Se había servido el primer vaso y estaba apurándolo, cuando una mano se apoyó bruscamente sobre su hombro.

—Wendall, no es una buena noche —le había dicho una voz áspera, que al seguir el brazo cubierto de franela a cuadros resultó ser la de Al, uno de los borrachos semioficiales de los alrededores—. Quédate aquí y disfruta.

Fue entonces cuando se había dado cuenta del accidente que le esperaba y de que, si había llegado hasta allí, era para algo. Había dejado un billete de cinco pavos sobre la barra y, con un ligero tambaleo, había ido hacia la salida poniéndose los guantes. Varios brazos se habían levantado en señal de reconocimiento. Entre las despedidas, la voz de Al le había llamado por su nombre, aunque había resonado como aquella palabra —Wendigo—, pero ya se sabía, con dos copas de más era capaz de decir cualquier cosa.

Los faros habían iluminado la pared de madera como dos círculos de luz amarilla, recorriendo después las matrículas de los todoterrenos y las furgonetas, manchadas de barro y medio cubiertas de una nieve que no dejaba de caer. La dirección chirrió al girar para dirigirse hacia la salida de la carretera. Los intermitentes se iluminaron, reluciendo débilmente sobre el blanco, casi al mismo tiempo que las intermitentes luces de neón. Algo, un zorro o un perro, se había cruzado entonces, obligándole a frenar en seco y con el corazón en un puño. En el canal meteorológico todo era nieve, había sonreído ante la ocurrencia. Después había girado el dial hasta que las canciones navideñas desaparecieron y comenzó a sonar una balada country; de la Parton sin duda.

La carretera apenas podía verse, los árboles, delgados, altos y cargados de nieve parecían a punto de irse abajo. En parte ya habían comenzado a hacerlo. Ramas rotas invadían la carretera, prácticamente invisible bajo la nevada. Sabía que estaba allí, había conducida por ella tanto de día como de noche, en invierno y en verano. Podía hacerlo con los ojos cerrados y un brazo atado a la espalda. Las señales pasaban ante él. Eran pocas las que sobresalían de la nieve. Cantwell, Ruta 8, decía una de ellas. Eso quedaría a unas nueve millas del pueblo. A partir de allí tendría que ir con más cuidado. Con un rugido, la ventisca empeoró y Dolly Parton se fue con ella. Una sombra pasó, veloz, junto a su puerta.

—Frank, ¿me recibes? Estoy a diez millas esto va de mal en peor…

Las ráfagas de viento hacían que la nieve se arremolinara, mientras aullaba entre las montañas, bajando por los valles con un sonido ensordecedor. Redujo marchas y se puso a veinte millas por hora, deseando llegar y dar la vuelta. Los limpiaparabrisas trabajaban a toda velocidad, sin dar abasto.

—… shhhhh… shhhhh…

La radio estaba tan muerta como el country. La desconectó con un golpe, notando el frío del metal a través de sus guantes. Después, luchó con el control de la calefacción. Debía haberse ido otra vez a tomar por culo, como durante las últimas semanas que funcionaba cuando quería. Le había resbalado entre los dedos y había tenido que quitarse el guante con la boca. Una mala idea. Algo —algo grande— se cruzó delante de la grúa y tuvo que dar un volantazo, a ciegas…



El vapor del radiador hacía tiempo que había dejado de elevarse y se había convertido en una fina capa de cristales trasparentes. El termómetro que había junto al cuentakilómetros hacía tiempo que se había quedado clavado en el mínimo. Los restos de calor de la jodida calefacción hacía tiempo que se habían evaporado. El vaho se acumulaba y golpear el volante hacia rato que se había vuelto doloroso. Y la petaca… había olvidado rellenarla donde Tonibee. Dos ojos rojos le miraban desde la nieve, en lo alto de la cabeza de un ser monstruoso, aguardando, pacientes. Respirando profundamente…

—… shhhhh… shhhhh…

—Frank… ¿me escuchas? —susurró Wendall por el comunicador con las escasas fuerzas que le quedaban, sin apartar los ojos de la cosa que Al había nombrado entre sus balbuceos—. Hay algo ahí afuera. Me ha sacado de la carretera. ¿¡Hay alguien ahí!?

—… shhhhh… shhhhh…

Los ojos, rojos, cada vez más cercanos, mirándole desde arriba, entre el vapor. El viento aullando junto a las puertas, tan lleno de nieve que el propio aire se había congelado. Apenas salía vaho de su boca cada vez que respiraba. Más cerca, cada vez más… tenía que haber hecho caso al viejo Al. ¡Por qué no le había hecho caso! Iba a por él, acabaría con él si no escapaba, si no ponía tierra por medio…

—¡Manda alguien, por lo que más quieras! ¡Creo que es el Wendigo! ¡Tengo que salir de aquí…! —gritó, como última llamada de auxilio, mientras sus dedos se trababan con el cierre del cinturón de seguridad. Los ojos, tan cerca… abrió la puerta de una patada y salió a la nieve, dejando el auricular colgando sobre el asiento.

—… shhhhh… shhhhh…

Nadie volvió a ver a Wendall. Cuando llegaron hasta su grúa, dos días después, se encontraba a pocos pasos de donde había quedado el vehículo que iba a buscar con sus luces de situación todavía luciendo. Las puertas de su destartalada grúa estaban abiertas y dentro no había nadie.

Otra víctima más del Wendigo.