domingo, 15 de abril de 2007

Relato: Menguante

Mueve sus ojos de un lado para otro, como si buscara algo a través de la niebla etílica que los cubre. Su mano se cierra alrededor de una superficie lisa, fría y dura. Un cilindro. De cerámica, con un asa... una jarra. Las manchas frente a él se remueven, giran y se unen en otra mancha más grande, distorsionada... le mira. La mancha grande le está mirando. Parece que tuviera ojos y le estuviera mirando. Ahora hay... ¿tres manchas?
—¿Amigo, se encuentra bien? —le pregunta—. Lleva casi una hora sin decir nada y vamos a cerrar. Ya sabe, por la fiesta.
No, no sabe. No tiene porqué saber. ¿De qué habla? ¿Porqué me habla esta mancha?, se pregunta. ¿Y porqué tiene bigote?... si parase quieta un instante.
Sí, ahora...
—Tómese la última y márchese —dice la mancha, que resulta ser una cara, con el sonido de la tela contra la barra de fondo—. Los otros clientes ya hace tiempo que se fueron y mi familia espera que me reúna con ellos. Todavía no deben de haber cenado, estarán esperándome.
—¿Fiessta? —acierta a balbucear. Siente como la saliva le resbala por la comisura de los labios y queda colgando de su barba, pero no le importa. Trata de limpiarse con la manga y no acierta. Será que se ha dejado la boca en el otro traje, murmura con una sonrisa perdida en el vacío.
—La Luna de Haidier, amigo. Las fiestas por la Señora de la Noche, ya sabe lo que se dice —explica paciente—. Trae suerte mantenerse en vela hasta la primera campanada del templo de Anthariel. Los días malos del invierno se acaban así más pronto.
—¿Sse acaban? —suspira. No puede recordar cuando empezaron, pero no cree que vayan a acabarse. Los días malos para él son todos. Llevan siéndolo mucho tiempo. No puede recordar porqué o cuánto, pero lo sabe. Ahora tiene la boca seca, habrá sido de tanto pensar. Tras varios intentos desafortunados la jarra choca contra sus dientes (¡Ay!). Algunas gotas amargas ruedan por su lengua y se deslizan, ardientes, garganta abajo. No son suficientes. Está volviendo a recordar. Los días malos no acaban. Todos los días son malos—. ¡Ottra, camarero!
—Ni una más. Ya le he dicho que esta era la última.
Parece amable pero no consigue otra cosa que no sea enfurecerle. Sus rodillas apenas consiguen que se mantenga en pie cuando se levanta del taburete. Estrella el puño contra la barra en lo que supone que es un gesto intimidatorio. Durante un instante se plantea si no estará haciendo el ridículo.
—¡Deme ottra! —reclama, encaramándose de nuevo al taburete. Se ha acabado. La noche. La jarra. Todo. Se pasa la lengua por los labios y el escozor de una herida reciente le recuerda a las otras. Muchas, viejas y profundas. Si las cicatrices de la piel de un hombre pueden contar historias las de la suya son la historia entera. Bajo la túnica, que en otro tiempo fue blanca, y bajo las botas de cuero de potro toda la maldita Historia (con H mayúscula, no una de esas historias cualquiera que circulan por ahí) yace enterrada—. ¡Si ssabré yo lo que quiero! —maldice—. Aún ess pronto.
A regañadientes el tabernero sirve otra jarra y el amargo licor se desliza por sus agrietados labios. Le reconforta y le mantiene caliente. No como el abrazo de una mujer o sus caricias... pero caliente. No como la sonrisa de... ella. El hombre del otro lado de la barra le cae bien, decide. Es hora de premiarle, pero sólo unas monedas le parecen poco...
—Voy a contarte una hisstoria —gruñe, arrastrando las palabras mientras agita la jarra de un lado a otro, derramando su contenido sobre la ya empapada madera—. No la habráss esscuchado porque sólo yo la conozco. Ess la hisstoria de una mujer.
Seguro. Estoy seguro de que el tabernero jamás ha oído la historia de una mujer de labios de un borracho acomodado en su barra, se dice mientras sus labios no dejan de moverse. Imparables, dotados de vida propia. Aquel hombre le cae bien. Debe conocerlo todo para saber porque no va a marcharse de allí... sí le debe una explicación.
Lass heridass —balbucea, manoseando la jarra con más cuidado—. Lass heridass de la batalla no son nada comparadass con las que una mujer puede hacerte... en una ocassión recibí una en el trasero —ríe durante un instante, tentado a enseñar la cicatriz. Luego vuelve a poner el mismo rostro serio que ha tenido durante toda la noche—. Lass heridass de lass mujeress nunca sse curan. Duelen en lo máss profundo. Cuanto más hermossa ess máss lo hacen. Nunca confíess en una mujer hermossa, camarero. Sson las peoress...
Vacila, como si sus hombros no fueran capaces de sostenerle la cabeza. Pierde por completo el hilo de lo que estaba diciendo. Por un momento todo se vuelve más confuso, más borroso, irreal. La figura del paciente tabernero se convierte de nuevo en una mancha borrosa con bigote. El bigote desaparece también. Las sombras se adueñan de su mundo y siente como si se ahogara. Está solo y hace frío. No queda nadie. Todos se han marchado. Es el fin. Las palabras resuenan en su memoria, sin sentido. Está solo. Ella se ha marchado. Él la dejó. Da igual. No está...
Una luz brillante le devuelve a la realidad. La jarra está en el suelo. Se ha roto con el golpe y el líquido del color de dorado de las manzanas maduras se derrama por el suelo, colándose entre las grietas de la madera. Es como si ellas también estuvieran sedientas. Él lo está. La mancha, ¿el tabernero? Se inclina hacia él para decirle algo y una explosión llena sus oídos. ¡Cañones! ¡Nos están atacando! (¡Señor, los cexalli nos atacan!).
—¡Al ssuelo! —grita, cuando la sobriedad le golpea en la frente, más dolorosa aún que una pedrada, saltando al otro lado de la barra de madera claveteada. Se golpea la rodilla, pero no le importa. Cae sobre el simpático tabernero y lo arrastra al suelo con su peso—. ¡Noss atacan!
—Son los fuegos de artificio, amigo —susurra entre toses ahogadas, medio aplastado con su peso—. Las fiestas, ¿recuerda?
La lucidez se le escapa entre los dedos. No hay ninguna guerra. La guerra acabó hace tiempo. Perdió mucho en ella. Se levanta como bien puede. Le duele la pierna y no sabe por qué. Muchos cayeron en ella. Él también cae. Con la espalda apoyada en la madera, entierra la cabeza entre sus brazos y comienza a gimotear. Las fiestas. Es el fin. Solo...
—Está bien, ya es suficiente —dice el tabernero, conteniendo su mal humor y ayudándole a ponerse en pie. Haciendo palanca lo levanta y se lo carga sobre la espalda. Alcanzan los escalones que dan a la calle entre eses y promesas de amistad eterna si le sirve otra jarra—. Vuelva otro día. Ya me pagará entonces.
—Muy amable, camarero —gruñe entre sorbeteos, con una sonrisa de idiota que se mezcla con las lágrimas que le escurren por el rostro. La puerta de la taberna se cierra a sus espaldas antes de que termine de hablar. La niebla lo llena todo con los vapores del licor. Mueve los ojos tratando de fijar la vista. Varias manchas se le acercan...