sábado, 29 de septiembre de 2007

Otros Relatos: Inspiración

Pienso... y el pensamiento ya no está ahí.
Era una idea magnífica, la inspiración que podría haberme llevado a escribir la novela de mi vida. La inspiración que en otro habría germinado para convertirse en una sinfonía, una nueva Gioconda o la panacea que curase todas las enfermedades. Una obra que acunara a las generaciones venideras y que no se perdería jamás.
Y no está.
Tuve la oportunidad de destacar sobre el común de los mortales y ha desaparecido. Ya sólo me queda rememorar lo perdido, pues no recuerdo cómo es tener. No sé qué fue lo que me entregó mi musa, ni cómo lo perdí, pero sí puedo decir lo que siento: ante todo está la frustración, el saber que ahí, donde sólo encuentro un gran vacío, debería haber una gran idea, radiante y trascendental. Entonces llega el desaliento, incontenible, como si en lugar de un pensamiento me hubieran arrancado el corazón. Pero sin mi corazón moriría y así sólo sufro la agonía. Interminable, imposible.
La pregunta que recorre los pasillos de mi mente, buscando una escapatoria. No la hay, sólo un yermo vacío, como si mi inspiración hubiera arrastrado tras de sí todo lo que había en mí que mereciera la pena. Ni la genialidad ni la forma de recuperarla están ahí ¿Dónde han ido?
No lo sé y la única manera de acercarme a la respuesta es tratar de imaginarlo. ¿Se escondieron más dentro de mí o huyeron como un pájaro que elevara sus alas para abandonar la jaula de circunvoluciones y hueso en la que osé mantenerlo encerrado? Elijo creer lo primero. Es lo más sencillo y lo que, si los hados son benévolos, me permitirá alcanzar a mi Calíope, que, cual ninfa alborotadora, se oculta entre los sauces de hojas grises y mustias, confundiéndose con las ramas de lo que es vano y tanto se aparta de su perfecta belleza.
Y, siguiendo esa nueva y afortunada idea, excavo, buscando en mi propio interior la respuesta de adónde ha ido mi fugaz pensamiento. Capa tras capa, voy arrancando aquello que no me sirve... pero no encuentro lo que busco. Puede que esté más adentro.
Sí, más adentro, detrás de mis ojos y de mi mirada nublada. Debo profundizar más... ¡sí, así lo haré!
Mientras cojo el martillo, me pregunto si será la herramienta adecuada para atrapar un pensamiento.
Tendrá que serlo.
No tengo otra.