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martes, 8 de noviembre de 2011

Ficks en el Rincón de Pedro Camacho


Lo primero que tengo que decir, como me está pasando últimamente, es que no me atraía especialmente la novela. El motivo por el que la compré fue que el autor me había dejado buen sabor de boca en su última novela, el tercer volumen de la trilogía “Urnas de Jade”. Además, el hecho de tratarse de un e-book a buen precio (3,50€) terminó por decidirme.

Así comienza la opinión personal de Pedro Camacho de Ficks, entre la pluma y la espada.

Después, mejora.

Podéis leerla entera aquí.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Ficks, a la venta en Ficcion Books


Así, muy despacio y sin llamar la atención, uno de los proyectos en los que estaba embarcado ha dado sus frutos. Por fin se encuentra a la venta la novela Ficks, entre la pluma y la espada, de un servidor. Podéis encontrar el ebook en PDF, ePUB y MOBI, los tres sin DRM en este enlace. El precio, como ya anuncié es de 3,5€, una ganga para la cantidad de páginas que tiene.

Ahora es cuando debería hablar del libro en sí... Ficks no es fue una novela fácil de escribir. Ni de describir. Está situada en el mismo mundo de Urnas de Jade, más concretamente en Puerto Agreste, una de las ciudades que mayor importancia tienen en la trilogía y sucede al mismo tiempo que buena parte de los dos primeros tomos de esta. Pero ahí acaban los parecidos. Donde UdJ era una historia coral, Ficks es una historia de un solo protagonista. Donde los protagonistas de UdJ trataban de salvar su mundo, Taillen Ficks apenas es capaz de salvarse a sí mismo.

Porque Ficks es un escritor que malvive a la sombra de lo que fue su padre, que se cree que es mucho mejor de lo que en realidad es y que, con una espada en la mano, solo parece capaz de poder cortarse el cuello a sí mismo. ¿Puede ser alguien así un héroe?

Lo más seguro es que no, aunque vuestra es la última opinión.

lunes, 15 de agosto de 2011

Ficks, entre la pluma y la espada

Como ya anuncié hace un mes, pronto estará en FicciónBooks (la página dedicada a ebooks de GrupoAJEC) una nueva novela ambientada en el mundo de Urnas de Jade. Esta no es otra que Ficks, entre la pluma y la espada de la que ya hablé (y colgué varios capítulos) en este mismo blog tiempo ha.

Las aventuras de Taillen Ficks, un descreído escritor de novelas de asesinos se sitúan en Puerto Agreste y tienen lugar al mismo tiempo que los sucesos narrados en Leyendas y Mentiras, entrecruzándose en varias ocasiones con las protagonizadas por Qüestor Elendhal y sus compañeros. Sin embargo, el tono de esta novela es completamente diferente al de Urnas de Jade, acercándose en algunos momentos al de una tragicomedia costumbrista más que al de una historia fantástica. En ella se ofrece un punto de vista muy diferente de lo sucedido en la capital agrestense durante esta época de su historia y sobre la Caída de Demosian.

Ficks, entre la pluma y la espada estará disponible en pdf y epub por un precio de 3,95€.



Taillen Ficks es escritor e hijo de escritor. Nacido en el seno de una familia perteneciente a la baja nobleza de Puerto Agreste, ha vivido en las calles de dicha ciudad durante la mayor parte de su vida, desde poco después de que su madre muriera.

Inteligente, y con unos valores morales muy elevados para los que suelen ser comunes entre los agrestenses, su carrera como poeta y novelista no ha sido tan gloriosa como habría deseado. A sus más de cuarenta años, sus ingresos provienen en gran medida de las clases que ofrece como maestro y de las correcciones que realiza en la, por ahora, única imprenta de la ciudad.

Pero, ¿qué hará Ficks cuando descubra que todo aquello en lo que siempre ha creído es mentira y que el mundo que le rodea no se parece en nada al que su padre le mostró? ¿Qué hará cuando todo lo que le rodea se desmorone a su alrededor y vea la verdad?

viernes, 11 de marzo de 2011

UdJ: Leyendas en Ciudad Fantasía

Antes de ayer, Arantxa Martín subió una reseña muy positiva de Urnas de Jade: Leyendas en su blog Ciudad Fantasía:

Tengo que decir que Leyendas me ha sorprendido gratamente. En principio no es el género que más me guste leer, pero hay que reconocer que la pluma de David Prieto hace que te enganches a la historia que esté contando y tengas ganas de saber que es lo que va a ocurrir al volver la página.

Sigue aquí.

Muchas gracias, Arantxa.

domingo, 20 de febrero de 2011

Mini-reseña de UdJ: Profecías

Gracias a Susana que me avisó, he sabido de esta mini-reseña escrita en el foro de ¡¡Ábrete Libro!! dedicada a Urnas de Jade: Profecías.
No hay mucho más que decir.

Bueno, sí: en breve, la portada de Mirando a las Estrellas de A. F. Black ilustrada por Pablo Uria para Grupo AJEC.

viernes, 18 de febrero de 2011

Ciudad Fantasía

En Ciudad Fantasía, Arantxa Martín, la dueña y señora del blog, ha recibido Urnas de Jade: Leyendas para su lectura y posterior reseña. Abajo, el video de presentación. Acceso directo al post aquí.



Y pronto mucho más sobre Mirando a las Estrellas. Pero pronto, pronto.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XIV

XIV OSCURIDAD Y SOMBRAS


Vivir para ver. Nunca creí que uno de los nuestros pudiera mostrar la más mínima conmiseración por alguien que no pertenezca a nuestra estirpe. En la noche de ayer, entre la batalla y el caos, pude ver un ejemplo claro de porqué semejantes actos son tan poco frecuentes.
Y rápidamente castigados.

Palabras de Lynguer de Jiriom


Un asesino escuchó lo que otro tenía que decirle y, acto seguido, completó su trabajo. Sonrió al hacerlo, aunque no fue porque arrebatar una vida le produjese placer —es más, hacerlo no provocó en él ningún sentimiento—, sino por la satisfacción que le causaba saberse superior a su enemigo. Luego, no sin buen cuidado, registró las ropas del caído. El contenido de los bolsillos de quienes se dedicaban a su profesión solía ser valioso, aunque siempre poseía un extra de emoción que podía resultar letal.
Tras unos minutos, abandonó el cadáver a su suerte. La misión que le había sido asignada ya estaba completada, a pesar de que los métodos que había utilizado no fueran los ideales a juicio de su patrones.
¡Patrones! —pensó, mientras caminaba, silencioso como la sombra de un gato—. ¡Qué fácil es acostumbrarse a determinadas palabras!
Sí, lo era y mucho. Aunque en aquella ocasión no había una figura oscura que desembolsara la plata que le correspondía tras un intrincado ritual mercenario, no había dejado de considerar a Qüestor como su patrón en ningún instante de aquella larga noche. Un bardo que no daba órdenes y que no pagaba. Que se limitaba a ofrecer sugerencias y marcar caminos para que sus señores —¿a quién servía él en realidad aparte de al viejo hechicero agrestense?— obtuvieran aquello que buscaban. Desde el principio, desde unos meses atrás, cuando acudió a buscarle con promesas de oro y fama, había desconfiado de él y le había despreciado. Ahora le consideraba un patrón. ¡Las vueltas que da Drashur!
Hubo una explosión, el suelo tembló y el asesino estuvo a un paso de rodar por el suelo. Un tejado cercano se derrumbó, entre llamaradas y en mitad de una nube de polvo y humo. Eso no evitó que dejara de caminar, aunque mucho más atento al cielo que unos momentos antes. Otro proyectil ígneo, arrojado por una de las catapultas de los demianos que entonces se alzaba a menos de un cuarto de milla de la muralla occidental, surcó el aire. El hombre lo siguió con la mirada durante menos de un parpadeo. El estallido no le cogió entonces por sorpresa.
Tan cercano como el entrechocar de armas que se alzaba más allá del pitido de sus maltrechos oídos. Apretó el sable en su mano derecha, en ningún momento lo había soltado, y amparándose en las sombras se deslizó como una más hacia el ruido. Un cuchillo procedente del interior de una de las mangas de su camisa apareció en la otra mano. Hacía frío, aunque él no lo notaba. El sudor del combate no había tenido tiempo de enfriarse y su corazón latía con fuerza. Dispuesto para cualquier cosa.
Al otro extremo de la calle tres soldados dhaitas combatían como bien podían contra seis individuos sin uniformar, cubiertos con pieles y armados con toscas hachas y los hierros que habían logrado arrebatar a otros tres hombres de Dhao, que yacían en el suelo empedrado. Su destino estaba escrito de antemano. Al menos hasta aquel momento.
El asesino suspiró, como podría haberlo hecho al ver a un niño particularmente torpe tropezando con sus propios pies. Las blandas botas de cuero teñido de negro se deslizaron sobre la piedra manchada de ceniza y sangre. Un edificio, un almacén, por lo que había podido ver durante las escasas jornadas que había pasado en el pequeño señorío, ardía poco más allá de donde se encontraban los guerreros, vendiendo cara su vida. Algún impacto de las armas de guerra de los bárbaros. No se veía ni un alma. Ni un solo civil había asomado la cabeza en las calles desde que se inició el ataque.
El hacha de uno de los demianos zumbó junto al capacete de su enemigo,a media pulgada de cercenarle una oreja y, tal vez, algo más. El soldado dhaita retrocedió medio paso, sólo para encontrarse con la espalda de uno de sus compañeros de refriega. Una espada corta le atravesó entonces el flanco, sin detenerse ante su fina armadura. La hoja penetró justo sobre la cadera, chirriando contra el hueso. Una herida fea. Ascendente. De las que destrozan riñones y arrebatan vidas.
No pudo hacer nada por detener aquel ataque, mientras el soldado se derrumbaba y los dos que le acompañaban se quedaban solos frente a sus seis asaltantes. Pero después sí…
El cuchillo que empuñaba salió vibrando del enrarecido aire nocturno sólo para clavarse en el cuello de uno de los norteños con un silbido y una pequeña fuente de sangre. Su sable penetró en la espalda de otro antes de que tuviera la oportunidad de descubrir de donde venía el ataque. El tercero, ya alertado de su presencia, intentó volverse hacia él para detenerle con su corta espada. Sin demasiada fortuna. El hierro se clavó en uno de sus hombros, en una herida que, si no era letal, sí era muy peligrosa. La alabarda de uno de los dhaitas supervivientes hizo el resto.
—Tres a tres, eso me gusta más… —estaba murmurando con una sonrisa cruel cuando, entre el estrépito de las llamas del cercano edificio, escuchó una voz que le resultaba muy familiar.
—¡Hay alguien ahí! —gritaba—. ¿Podéis oírme?
El asesino detuvo el hacha de uno de los bárbaros supervivientes, mientras tanto él como los otros dos que le cubrían los flancos convertían lo que iba a ser una escabechina en el comienzo de una dubitativa retirada. La superioridad numérica ya no estaba allí y sin duda su súbita presencia, volviendo las tornas, les había hecho pensar durante un instante en que el propio Zariez se tomaba la venganza por sus actos.
Pero él no era Zariez, al menos en lo que a la piedad que conlleva la muerte se refiere y las dudas, en la batalla, nunca han sido buenas consejeras. Fintó un ataque a fondo que no era tal, giró la empuñadura en un ángulo inverosímil y obligó al que tenía delante a utilizar ambas manos para detener el impacto de su acero con el hacha. Saltaron astillas y la hoja se deslizó por el astil, siguiéndolo en toda su longitud hasta encontrarse con varios dedos, que volaron por el aire antes de que el demiano supiera que estaba sucediendo. Entre pavorosos gritos de dolor, el norteño soltó el arma. El arma del asesino le arrebató la vida con un largo tajo escarlata en el cuello.
Aquello hizo que el conato de huida se transformara en una retirada con todas las de la ley. Los lobos se habían convertido en conejos asustados y sus presas… los dhaitas, a pesar de su fama de blandos, no tuvieron clemencia con ellos. Las alabardas, letales si existía un espacio para maniobrar con ellas, atajaron la carrera de sus rivales antes de que pudieran terminar de girarse para escapar. Los cuerpos de los bárbaros cayeron entre inmundos charcos de sangre, pero, para entonces, el asesino ya no estaba allí.
Se encontraba a las puertas del almacén incendiado, donde el humo lo llenaba todo, acre y amargo. Humo de aceite y madera quemados, teñido del hedor de la carne humana abrasada. En el suelo, a unos pocos pasos de él, quien había hablado unos momentos antes se encontraba inclinado sobre un segundo cuerpo, vestido con una sobreveste del ejército dhaita.
La figura del buen samaritano que se arrodillaba junto a la otra era la viva imagen del asesino. La tendida a sus pies empuñaba un arma acerada y golpeaba contra su pecho.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XIII

XIII EL ARQUERO


Conozco medio centenar de palabras que podrían poner a un hombre de rodillas y obligarle a suplicar clemencia y ninguna que sea capaz de conmover el alma y hacer que de verdad se arrepienta de sus actos.

Palabras de Taith el Anciano


Qüestor Elendhal. Aquel era su nombre, aunque no lo había sido plenamente desde su nacimiento y no sería con el que moriría. Pero de lo primero había pasado una buena cantidad de lunas y hasta lo segundo faltaban muchos años. Entonces, en aquel preciso instante, el hombre en el que era considerado por todos un bardo. De los mejores, según algunos círculos. De los más engreídos, según otros. De los que aprovechaban un nombre y una fortuna que no merecían, de acuerdo con las opiniones de los que se tenían a sí mismos como los más versados. Sin embargo, de haber estado allí algún representante de cualquiera de aquellas facciones, sin duda habría convenido en que Qüestor era también uno de los juglares más ágiles que había conocido Drashur.
El resplandor proveniente de las manos del sacerdote demiano se convirtió en un rayo cegador, con un chisporroteo tan intenso que pareció detener el tiempo. Mientras, los pies del bardo se movían, bailando una complicada gavota arco en mano. La luminosa estela atravesó la herida de la muralla, con la misma facilidad que él parecía atravesar las filas amigas. El rayo pasó junto a la cabeza del caballo de guerra, mientras el caballero se desplomaba, arrojado al suelo por el rápido bailarín.
Las picas al rojo cayeron de las manos de los soldados. La luz se disolvió en la noche. Pequeños destellos luminosos recorrieron el acero de la armadura del Barón de Khörs. Demianos y dhaitas abrieron los ojos. Rostros aterrorizados, sorprendidos… una oportunidad de acabar con el caballero que tanto daño les había hecho se reflejó en los ojos de uno de los bárbaros, a través de la abertura de su oxidado yelmo.
El reflejo quedó reemplazado por un estallido de sangre y las plumas de una flecha.
—¡A él! —gritó el bardo.
Su voz, bien proyectada, como si se encontrara sobre un lujoso escenario, rebotó contra los sillares de piedra. No hizo falta que dijera nada más. Los pocos ballesteros que todavía tenían sus armas cargadas, abrieron fuego contra el clérigo vestido de negro, el mago malvado que servía a los intereses del Yermo y a todo lo que aquello suponía. Las saetas zumbaron por el aire. A su alrededor, en torno a él. Ninguna le alcanzó, engullida por una sombra que devoró hasta la última. Qüestor creyó escuchar cómo reía, aunque lo más seguro fuera que lo imaginara. Entre el caos de la batalla, no podía escuchar más que ruidos confusos.
Cargó y descargó su arco tres veces más, alejando a los norteños que pretendían acabar con él y con el paladín caído antes de que Falstaff y Salier, entorpecidos por sus propias tropas, llegaran a su lado y se convirtieran en dos rocosos muros. Belver de Khörs se levantó, para unirse a ellos. Algunos de los soldados que estaban a sus espaldas gritaron alborozados al ver que el noble continuaba como si tal cosa, convertido de nuevo en una bandera con forma humana. La mayor parte guardó silencio, más ocupado en conservar la posición y la vida que en mostrar una alegría que tal vez no dudara más que unos instantes. Qüestor Elendhal murmuró por lo bajo. Aquella no era la mejor posición en la que podía encontrarse. Él prefería ver las cosas desde lejos y evaluar los riesgos. También tener un blanco claro del enemigo que en aquel momento ponía en mayor peligro la integridad de las defensas de Dhao.
Aún así, el juglar se las arregló para sacar varias flechas más del carcaj y hacer puntería en sus enemigos a través de los escasos espacios que le dejaban los tres protectores guerreros. Silbando, los proyectiles hicieron que el clérigo de Kroefnir gruñiera entre dientes, Salier sonriese y el Barón mantuviera su terco silencio; abochornado por la forma en la que le había salvado la vida, tal vez su orgullo le impidiera responder de otra manera.
No fue demasiada la alegría que obtuvo con cada uno de sus blancos. El principal se mantenía a buen recaudo, tras unas filas demianas que no dejaban de crecer en torno a la brecha y unos oscuros encantamientos que parecían protegerle de cuanto le arrojaran. En las murallas, la resistencia cedía paso a paso. Muchas cabezas, en lo alto de las escalas, se alzaban tras la roca gris, sin que los defensores de Dhao pudieran retener su avance más que lo justo. Y no sólo eso. El fanático de Demosian alzaba los brazos de nuevo, murmurando maldiciones y conjuros. Poco le importaba que sus propios hombres se encontraran entre él y sus enemigos.
Qüestor Elendhal rozó el broche con forma de arco que sujetaba su capa. Mucho había pasado para llegar hasta allí y no iba a acabar de aquel modo. Bajo las órdenes de Taith había recorrido medio Drashur para reunir a unos pocos elegidos y juntos habían recorrido el norte del continente persiguiendo habladurías e intentando evitar aquello. Un sacerdote sin nombre y un hechizo mal articulado no iban a acabar con todo. No iba a fallar ni a su misión ni a ella… ella, que aguardaba en el castillo Qüintain que todo sucediera como debía.
—¡Échate a un lado! —dijo al soldado del hacha, a Salier Jariesi, con quien había compartido las gamberradas de infancia y juventud.
—No puedo descuidar el flanco…
—¡Hazlo!
El soldado le obedeció a regañadientes, mientras blandía para mantener apartado a un demiano que, al ver su retroceso, unió sus fuerzas al que trataba de superar a Belver de Khörs. A través del hueco abierto, la figura del servidor de Demosian se hizo mucho más clara, alzándose entre los bárbaros que se desparramaban por la grieta de la muralla y reluciendo con luz oscura, mientras preparaba una nueva descarga.
—¡No servirá de nada! —protestó Salier—. Ya has visto que…
El bardo no le hizo caso. Su brazo fue hacia atrás, tensando el cordaje hasta que los dedos le dolieron y amenazaron con ceder. Pero no le tembló el pulso. Con la punta de la flecha buscó el pecho del sacerdote. Sus labios se movieron al compás de los del demiano, susurrando al astil del proyectil, como si hablara con él. Luego, contuvo el aliento durante unos segundos y soltó la tripa.
La flecha voló rauda, pasando junto a la oreja de Falstaff Vladsörd, por debajo de la alzada maza de uno de los demianos y junto a la testa coronada de pinchos de un guerrero tatuado y de rostro enrojecido.
El sacerdote sonrió y en aquella ocasión Qüestor estuvo seguro de que no se trataba de su imaginación. Sabiéndose superior, miró hacia el mortal proyectil, sonrió y continuó con su conjuro, ignorándola y con la certeza de que la oscuridad que le rodeaba la destruiría como a tantas otras.
Abandonó aquel gesto cuando la madera, el metal y las plumas se transformaron en luz pura y blanca, atravesaron sus embrujadas defensasy estallaron en su corazón, derribándolo con una furiosa explosión.
—¡No te quedes de un aire! —le gritó el clérigo, mientras enterraba el filo de su espada en el abdomen de uno de sus enemigos—. Esto no ha acabado.
No, no lo había hecho, aunque Falstaff no sabía lo cerca que había estado de terminar.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XII

XII MANCHAS DE TINTA


No muchos saben lo dolorosas que resultaron para algunos las heridas inflingidas durante la más tarde llamada Batalla de Dhao. No sólo las de la carne, sino las del espíritu y el alma, que se cebaron tanto en los que cayeron en la lucha como en aquellos que les enviaron a morir con la certeza de estar haciendo lo correcto.

Memorias de Qüestor Elendhal Tomo I


La pluma se deslizaba sobre el pergamino, dejando una leve traza de tinta. Las líneas, de caligrafía perfecta, narraban sin titubeos lo que podían ser las últimas palabras de su dueña. Dariahn de Dhao las escribía sobre la superficie de la misma mesa en la que, años después, después de que ella muriera, el hombre que sería su marido redactaría sus propias memorias. Pero la noble no podía saber aquello, igual que no conocía cuál sería el final de la confrontación que se libraba al otro lado de los muros.
Sus dedos, largos y finos, guiaban la pluma de oca a lo largo de las líneas, sin que esta se saliera de los renglones invisibles entre los que parecían moverse todos sus actos. Tras haber abandonado el interrumpido baile, había dejado aparte su vestido lleno de brocados, había vestido uno mucho más sencillo y se había recogido el pelo. Su gesto era entonces firme, aunque sereno y mucho más adusto de lo que habrían hecho suponer sus poco más de veinte años. Porque la Señora de Dhao todavía era una mujer joven, aunque la responsabilidad de su cargo fuera una que se habría encontrado más acomodada en hombros más ancianos y sabios.
En el exterior, los estallidos y el ruido de la espada contra el escudo y de las hachas contra las mazas se sucedían y Dariahn, con su ininterrumpida escritura, parecía ignorar todo aquel alboroto. Escribía con firmeza, poniendo sobre aquel pellejo amarillento cada detalle de lo que eran unos deseos que, tal vez, jamás tendrían lugar. Cada anhelo que no llegaría a buen puerto. Cada deseo y cada ansia de su corazón que, de vencer sus enemigos, jamás se verían cumplidos.
Los arcos descargaron sus flechas y las ballestas respondieron y la Señora de Dhao detuvo su mano durante unos instantes que para ella fueron eternos. La Historia la recordaría por aquel momento. Si caían o si se alzaban con la victoria, a ella sólo la recordarían por sus acciones y por sus palabras. No por los deseos incumplidos de una niña, sino por los actos de una mujer.
Aquellas palabras no eran dignas de ella, así como tampoco lo era fingir que ignoraba lo que estaba sucediendo a sus pies. Sin duda no lo hacía. Sabía muy bien lo que estaba pasando y hasta el último detalle dependía de sus decisiones y de sus actos. No había dado la espalda a los suyos ni por un solo momento. Todo lo que había hecho… todo se sabría a su debido tiempo. Las lágrimas y los sentimientos vanos y necios no iban a empañar los actos que había realizado en aquellos amargos días.
Llevando el pergamino hasta la llama de la candela que la iluminaba, Dariahn de Dhao dejó que el fuego lo consumiera.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XI

XI VENENOSA TRAICIÓN


Hay media docena escasa de puntos que resultan vitales en el cuerpo de un hombre. Conocerlos, es conocer la diferencia inmediata entre la vida y la muerte. Hoy aprenderán de la otra docena que conduce a los brazos de Zariez dejando un reguero de sangre y un sendero lleno de lento sufrimiento.

Palabras de un instructor demiano


La explosión rozó a Arros como una ola de calor, librándose por poco de que le alcanzara de lleno. El segundo de Adkrag Zelnistaff cayó al suelo, arreglándoselas para rodar sobre sí mismo y aminorar la mayor parte del impacto. Cuando se puso en pie, tambaleándose, el aire olía a carne y pelo quemado. El hombre que había prendido el aceite había desaparecido en mitad de la llamarada de aceite incandescente. De él sólo quedaban… el demiano se quitó media oreja de uno de sus hombros con el filo de su cuchillo. Cayó, chamuscada y crujiente.
Arros tosió. El humo llenaba lo poco que quedaba del almacén. Las llamas, atenuado su ímpetu inicial, ardían todavía furiosas, devorando los restos de las barricas y cántaros. En las vigas, renegridas por el estallido, había incrustados pedazos de cerámica. La metralla no sólo había hecho eso. En aquel momento el norteño se encontraba solo. Quienes le habían acompañado hasta aquel momento yacían en el suelo. La sangre, más densa que el agua y mucho más densa que el aceite, llenaba el suelo.
Embozándose con los restos de su carbonizada capa, buscó una salida. Además de la que se había abierto, arrasando de paso la vivienda del anciano, sólo quedaba aquella por la que habían entrado los soldados dhaitas. No había ni rastro de más de ellos entre las nubes de humo. Si los había habido, habrían sido barridos al igual que los norteños que le habían servido hasta entonces y yacerían desperdigados.
El rostro picado de viruelas del atípico demiano se contorsionó en un simulacro de sonrisa que hizo que las quemaduras que le habían marcado la faz escocieran y le hicieran recordar lo pésimo de su situación. Aquello… aquello había sucedido a destiempo, más aún por la presencia de los dhaitas, que parecían estarles buscando de antemano. Tragó saliva al evaluar aquello y lo que suponía. Los malditos conocían de antemano su presencia y habían intentado contenerles antes de que pudieran iniciar el incendio… espías, traición o la mitad de cada. Aunque no merecía la pena dar demasiadas vueltas a aquellos términos, cuando lo que tenía que hacer era salir de allí.
Arros retrocedió, con sus pies tropezando con los pedazos de madera astillada y los restos de las tinajas reventadas. Las llamas se extendían, rojas y vibrantes, devorando lo poco que quedaba del almacén y tiñéndose de azul y ámbar allí donde se alimentaban del aceite derramado. Los cuerpos destrozados yacían por todas partes. Los de sus soldados, los de los dhaitas a los que habían sorprendido y degollado…
No tardó más que unos instantes en tomar prestada la capa y la sobrevesta verdeazulada de uno de ellos y colocárselas por encima. El tiempo justo antes de que varias figuras se perfilaran entre el caos.
—¡Hay alguien ahí! —gritó una voz con acento del sur—. ¿Podéis oírme?
—¡Aquí! —respondió Arros, después de unos segundos de duda, entre toses que tenían tanto de fingidas como de reales—. ¡Hay heridos! ¡Cof! ¡Necesito ayuda!
—¡Ya voy!
El segundo de Adkrag Zelnistaff reconocía aquella voz con deje sodaita. No recordaba de cuándo ni de dónde, pero era la de un enemigo. De eso estaba seguro. Apretó su daga entre los dedos y esperó, acuclillado todavía y medio oculto por el humo y los colores de Dhao.
Un hombre, vestido con justillo de cuero y capa gris se acercaba a él. Sus rasgos, al igual que su voz, no le eran por completo desconocidos. Moreno y con los ojos verdes, era una copia casi idéntica del individuo que hasta pocos instantes antes había corrido por los tejados en persecución de Karadrag, el asesino. Pero eso Arros no podía saberlo.
Mirando todavía al suelo, el bárbaro apretó con más fuerza aún la empuñadura de su arma. Si él podía reconocerle, tal vez también sucediera al contrario. De poco iba a valerle su disfraz entonces. El rostro le escocía y el calor se hacía insoportable por momentos. Un par de pasos más y le hundiría la daga en el pecho, detendría sus andares pretenciosos y el bamboleo del estoque que colgaba de su cinturón. Luego huiría.
—Señor, los han matado a todos —dijo otra de las confusas sombras, aquella con el amanerado acento de los dhaitas—. Acuchillados a traición.
—Propio de ese animal de Arros —gruñó el sodaita, girándose a medias hacia el militar—. Aunque parece que ha dejado uno con vida. ¡Llevadlo fuera! No se preocupe, soldado, ahora esta en manos de Saeth de Jiriom —añadió, tendiéndole la mano—. Nada malo va a sucederle.
Aquel nombre destelló en la embotada mente del demiano como una estrella en explosión. Claro que reconocía a aquel tipo. Era uno de los que se habían dedicado a amargarles durante las semanas anteriores, preguntando por las aldeas y acercándose cada vez más a sus emplazamientos. Uno de los que les había acosado y cuya existencia había negado ante su general para que el plan de ataque contra Dhao no se detuviera.
Una especie de rugido surgió de su garganta cuando, al tiempo que agarraba el antebrazo estirado hacia él, la daga que empuñaba se precipitó contra el pecho del maldito Jiriom.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo X

X EL HÉROE


Por honor todos marchamos / por honor las armas alzamos.
Por honor la vida perdemos / por honor nuestra sangre damos.

Canción de batalla agrestense


Los soldados verdeazulados se arremolinaban en torno a la brecha, rechazando con largas picas y alabardas los envites de los guerreros demianos. Los hombres del norte, vestidos con armaduras y empuñando espadas y hachas, hacía rato que habían sustituido a los desarrapados esclavos de la primera oleada. La sangre de estos embadurnaba las destrozadas rocas, igual que si fueran ellas las que se desangraban a través de la herida de la muralla. Gritaban, luchaban y morían, y, aunque los soldados dhaitas los retenían sin dejar que sus salvajes huestes se extendieran por las curvadas calles como una marea incontrolable, no podían evitar que avanzaran paso a paso, mientras sus pies retrocedían sobre el pegajoso empedrado.
Entre los soldados defensores una figura se alzaba sobre todas las demás como una banderola viviente. Embutida en una armadura brillante y a caballo, animaba con sus gritos a los dhaitas, exhortándoles a no ceder ni una pulgada. Su voz, potente y animosa, les instaba a atacar con saña, con las palabras de un general bregado en un centenar de batallas y el ánimo de un jovenzuelo en plena justa. Pero gritar no era lo único que hacía, pues, además de dirigir la respuesta de los defensores, parecía encontrarse en todas partes, haciendo uso de su espada donde fuese necesario.
El caballero reía, con su sobreveste hasta entonces impoluto manchado de cuajarones y sesos. Implacable como Falstaff Vladsörd, el sacerdote de Kroefnir que, desde la retaguardia, se abría paso hacia la primera línea, su actitud no podía diferir más de la de este. Como en el baile en el que se encontraba hasta pocos minutos antes, el Barón de Khörs se movía entre la infantería como si se encontrara siempre en el momento y el lugar adecuados. Pues aquel que bramaba y mataba no era otro que el agrestense Belver de Khörs.
La espada descendió en un arco de muerte. El guerrero demiano que debería haberse rendido al toque de Zariez se apartó a duras penas. Aunque no pudo evitar que la amarilla dentadura de la montura del caballero le arrancara media oreja. El norteño aulló de dolor antes de que el retroceso de la espada le alcanzara en plena axila. Cayó con el brazo colgándole por apenas unos hilos de carne, desmadejado y dejando escapar un inmundo chorro de sangre.
—¡Muere, bellaco!
Belver de Khörs sonrió radiante, mientras su caballo reculaba, culebreando entre los infantes y los piqueros con los ollares dilatados. El negro animal, una extensión de su jinete, parecía oler la debilidad y la sangre. Era una auténtica bestia de guerra que no precisaba del uso de riendas para ser guiada. Mordía y coceaba a sus rivales —y en ocasiones a sus aliados— sumergiéndose en la batalla con idéntico entusiasmo que su dueño., con una elegancia incuestionable a pesar de su brutal comportamiento.
—¡Adelante, que no pase ni uno!
Una saeta silbó junto al noble y su expresión cambió de la alegría al desconcierto y al enfado. Él era un hombre de honor y quienes se atrevían a atacarle con armas tan despreciables unos meros cobardes. Aunque debía reconocer que en las actuales circunstancias tenían una buena ventaja. Junto con los guerreros de a pie vomitados por la sangrienta herida de la muralla una docena larga de ballesteros. Varios más abrieron fuego contra las tropas que le rodeaban y varios dhaitas cayeron a su alrededor. Uno de los proyectiles rebotó en el escudo del sacerdote vestido de blanco que combatía a pocos pasos de él. El hombre santo, Khaelys, frunció el ceño antes de seguir combatiendo.
Varias flechas, aquellas en sentido contrario, hicieron que dos de los ballesteros. Los propios arqueros de Dhao, famosos en muchas millas a la redonda, se reagrupaban. Los demianos supervivientes se echaron al suelo, buscando la cobertura de los escombros. Algunos lo consiguieron. Otros no. Para Belver, aquello equilibraba las cosas. Al menos un poco.
—¡Contenedlos! —gritó el barón, mientras clavaba los talones en los flancos de su montura.
Los cascos del caballo de batalla, como platos soperos, se levantaron en el aire. Las luces de las antorchas y las lámparas se reflejaban en su armadura y su espalda, las picas se alzaban a su alrededor, como un bosque. Una escena digna de un cuadro.
Sólo faltaba un relámpago destellando en el cielo nocturno.
Aunque sí había uno que provenía de las manos de Galkor, el sacerdote de Demosian.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo IX

IX SILENCIOSO


Cuando los gigantes luchan, los hombres sufren… entonces el deber de los míos es tomar partido por las hormigas.

Palabras atribuidas a Finerotius


El solitario jinete recorría la Ruta Norte como alma que lleva Zariez, obligando a su pesado percherón con la presteza de un corcel ligero. Sus cascos, como platos soperos, golpeaban la dura piedra de la calzada levantando ecos que eran devorados por el bosque y la hambrienta noche.
El hombre tenía el rostro tenso, concentrado. Era moreno, aunque su piel debía aquella tonalidad al sol, no a su nacimiento. Su cabello, oscuro sin ser completamente negro, era demasiado largo para lo que solía considerarse civilizado y se agitaba sobre sus hombros, repleto de sudor, hojas y ramitas. Un bigotito, escaso, formaba una delgada línea horizontal en su rostro, cruzado de cicatrices. Sus ojos brillaban, con emoción. También con el resplandor de algún trago de más.
Frente a él la ruta trazaba una curva. Hacia el norte, apartándose del río Jiraimot. Una senda salía de ella, directa hacia el sur. Tomo aquella última, alejándose de la ya cercana Dhao y de los ejércitos que en ella combatían. Pocos minutos más tarde, el garañón chapoteaba por un vado. Los cantos rodados y la blanca espuma saltaban a su alrededor, empapando las botas y los pantalones pardos del jinete.
La arboleda del otro lado del cauce era más densa y antigua y estaba cubierta de largas barbas de musgo. El viajero tiró de las riendas con fuerza nada más rozar la linde y la alocada carrera de su montura dio paso, en un instante, a la más absoluta quietud sin que pareciera haber un motivo para ello. Pero lo había. Los oscuros ojos del viajero, clavados en la espesura, podían verlo entre la oscuridad.
—Has venido a buscarme —dijo una voz—. Te estaba esperando.
El jinete afirmó con la cabeza, pero no dijo ni media palabra. No era necesario. De entre la maleza surgió la figura del hombre que acababa de hablar, vestido con largos hábitos del color de las hojas secas.
Después, ambos se dirigieron de nuevo al vado y marcharon hacia la batalla.

lunes, 25 de octubre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo VIII

VIII REFLEJOS


Cuanto más diferente, más parecido.

Dicho sodaita


Karadrag detuvo el sable del desconocido con su espada corta. El impacto, fuerte y bien medido, hizo que el arma saliera despedida, quebrando tejas y resbalando hasta la calle. Eso no hizo que el asesino del general Zelnistaff se detuviera. Sus hábiles manos hurgaron bajo la negra capa bajo la que se ocultaba, mientras sus pies le llevaban unos pasos más allá de donde alcanzaba la curvada arma de su oponente. Dos dagas surgieron con ellas, en teoría insuficientes contra el arma de su risueño enemigo. La primera salió despedida, en un ataque tan letal como el de una víbora.
El sonriente individuo hurtó el cuerpo al tiempo que golpeaba, sin permitirse tampoco un instante de duda. Karadrag tuvo que agacharse y casi caer, lanzando un tajo a su vez contras los pies de su rival. Este saltó con agilidad felina, sin que eso le hiciera caer. Sus botas blandas golpearon contra el tejado. La arcilla se quebró bajo ellas. Más trozos cayeron a la calle. El sable resplandeció, llevándose consigo un girón de tela. Aquel no era un viajero ni un soldado corriente. En su porte, en sus gestos…
—Eres uno de los nuestros —bufó el norteño, poniendo otro paso entre ambos, acuclillado sobre las tejas.
—¿Un sucio demiano? —se burló el otro. Desde luego no era aquello. Moreno de cabello y tez, de ojos oscuros y bastante flaco para lo que eran las gentes del norte, nadie le habría tomado por aquello.
—No, un asesino.
—A fe mía que lo soy…
Los timbales retumbaban y el ejército invasor se lanzaba contra las murallas. Demasiado pronto, como ya había advertido Karadrag, mucho antes de que el desconcierto provocado por Arros y sus saboteadores alcanzara su apogeo. Dhao, una fruta que había parecido madura estaba todavía verde para ser cosechada. Aunque la hoz ya había comenzado su trabajo y no podía ser retenida.
La quietud que había acompañado a aquellas palabras dio paso al movimiento. El sable hizo manar sangre de su brazo. La daga cortó la carne de su rival en las cercanías de una de sus rodillas, siguiendo la línea de la caña de la bota. Ambos contuvieron un grito, retrocedieron y contuvieron el aliento con los labios apretados. Tan parecidos y tan diferente al tiempo que daba miedo. No a ellos. Eran lo que eran y no temían a nada que no fuera la muerte. Y ellos eran la muerte.
En unos segundos, Karadrag midió a su oponente, sopesó sus posibilidades y tomó varias decisiones. El plan se había derrumbado como un castillo de naipes, aunque el ejército demiano tenía las bazas ganadoras. Que el permaneciera en aquel tejado, lanzando señales y controlando cada uno de los movimientos que se gestaban en el interior de la ciudad, no tenía ninguna importancia. Que perdiera la vida o cayera ante aquel tipo no tenía sentido alguno.
La capa del hombre del norte se vio convertida de repente en una suerte de ave nocturna que se precipitó contra el viajero sin que este pudiera evitarla. El asesino no se entretuvo en comprobar si se había enredado con ella o no. Ya había vuelto la cabeza cuando la gruesa tela envolvió las maldiciones de su enemigo. Sus piernas hicieron otro tanto. Resbalando, dejándose las posaderas en las tejas y corriendo a tramos, descendió por el tejado, entre una lluvia de tejas rotas.
—No merece la pena.
Karadrag se cortó las manos varias veces, con dolorosos tajos en sus palmas y dedos, pero eso tampoco le detuvo en su huida. Cuando llegó al extremo del alero, se dejó caer hasta la balconada que había justo debajo y de ella, con un movimiento fluido, casi líquido, saltó a la calle que se encontraba a apenas media docena de pasos más allá. Se ocultaría, escondiéndose antes de buscar a alguna de las unidades destinadas a sembrar el caos y unirse a ella para dar un matiz diferente a las misiones encomendadas.
Cayó en medio de la lluvia de barro cocido y roto, protegiéndose de los golpes con el antebrazo. En sus ropas destacaban las siluetas de varias dagas más, mientras el sudor se las pegaba al cuerpo. No necesitaba palparlas para saber dónde estaban. En el cinturón que le cruzaba el pecho, varios envases de metal conservaban en su interior una interesante colección de venenos. Dignos de un rey, sin duda. Con el tiempo adecuado, habría podido utilizarlos contra el sureño, pero extenderlos sobre el filo de sus armas llevaba tiempo y él no lo había tenido.
No hasta entonces.
Mientras se sumergía en las sombras, los dedos de Karadrag lucharon por abrir uno de aquellos envases, aunque la sangre que manaba de ellos y de la herida de su brazo hacía que estuvieran resbaladizos y que no pudiera asirlos con fuerza. Se sentía mareado y las náuseas le subían por la garganta, desde la boca del estómago.
El metal resbaló de su mano, rodando por la empedrada y oscura calle de Dhao. Los sonidos de la batalla parecían lejanos. El cantar de los timbales, los gritos de los moribundos. Todo se difuminaba en la distancia.
—Es tarde para ti —dijo el desconocido, surgiendo de las sombras que deberían haberle protegido. Una sonrisa radiante ocupaba su moreno rostro—. Es tarde para usar eso. Aunque yo ya tuve mi tiempo.
—Tú…
—Te he envenenado —susurró, interrumpiéndole del mismo modo que si le hubiera leído el pensamiento—. Aunque no morirás. No de inmediato. Pronto vas a tener muchas ganas de hablar. Yo escucharé lo que tengas que decir.

jueves, 14 de octubre de 2010

Entrevista en Crónicas Literarias

Aunque con varios días de retraso (culpa de mi vaguería natural y de la Hispacon al 50%), dejo aquí el enlace a la entrevista que me hicieron para Crónicas Literarias.

Gracias, Juande y Elena, fue un placer respoder a vuestras preguntas.

lunes, 23 de agosto de 2010

Quién es quién en UdJ

Ha pasado mucho tiempo desde que el destino unió a Qüestor Elendhal y sus compañeros. O más bien desde que la firme mano de Taith el Anciano hizo que se reunieran para servir al destino. Desde entonces, sus vidas han cambiado mucho. Han sido hechos prisioneros y vendidos como esclavos. Han participado en más batallas de las que querrían recordar y han visto tanta sangre derramada como para llenar varias existencias. Han amado y han odiado.
También se han separado y, ahora, es turno de que vuelvan a encontrarse.

Así eran Qüestor Elendhal, Falstaff Vladsörd, Delinard Santhor, Cadhstorn y Saeth y Lynguer de Jiriom cuando les conocisteis.

Ya nada es lo mismo.

Bienvenidos a Urnas de Jade: Profecías.

sábado, 21 de agosto de 2010

UdJ III: Un vistazo al interior

Sus pasos se perdieron, resonando por los cuarteados escalones. El juglar los había guiado por el pasadizo y aquello, unido a su extraño comportamiento desde que se encontraran, hacía que todos, incluso el propio Falstaff, tuviesen sospechas sobre sus intenciones. El único que parecía confiar en él ciegamente era Khaelys, que no había cambiado el gesto ni por un instante mientras les contaba lo que allí sucedía. Aquella actitud pareció calmar sobremanera a Belver y Ednar.
La luz del conjuro del sacerdote iluminaba con claridad algunos pasos a la redonda, aunque las revueltas de la escalera impedían ver mucho más en aquellas tinieblas que parecían estar dotadas de vida propia. Fuera del círculo de luz, las sombras se agitaban, tratando de encontrar una forma de llegar hasta ellos.
—Ingenioso el poner una escalera en el interior de otra —susurró Ednar, el gorimiano, más por acallar el silencio que por otra cosa, envolviéndose en su capa, ya seca al calor de la lumbre—. Parece que nadie haya entrado aquí desde hace siglos.
—Nadie lo ha hecho desde hace más de trescientos años —aclaró Qüestor—. Por ella bajó L’Selinath y volvió a subir para guiar los destinos de Drashur. Luego, abandonó la torre para no volver jamás. Y se quedó… en cierto modo.
Por fin, las escaleras terminaron en un último recodo para abrirse a lo que parecía una cueva natural, de techo bastante elevado en algunas zonas y paredes irregulares y ásperas. La oscuridad allí era aún mayor que en las escaleras y la antorcha mágica titiló durante unos instantes para luego volver a iluminar su camino con una luz mucho más pálida que antes.
—Dejó el libro de profecías del que nos habéis hablado —dijo el Barón en un tono bastante más alto de lo necesario. Vestía una armadura pesada compuesta por una coraza, brazales y grebas y llevaba su espada a dos manos a la espalda, tal y como le había pedido Qüestor—. Si eran tan importantes como decís, ¿por qué no las llevó consigo?
—Eran demasiado peligrosas y hablaban de sucesos que, en manos equivocadas, podían hacerle mucho daño. Consideró que aquí estaban más seguras que en cualquier otro lugar y bien se molestó en hacer que así fuera. Por eso os pedí ayuda.
—¿Pedir? —se preguntó Falstaff, que cerraba el pequeño grupo—. ¿Desde cuándo a lo que ha hecho se llama pedir ayuda? Khörs se ha ofrecido antes de que pudiera abrir la boca.
—Si con eso queréis decir que el hechicero dejó trampas para evitar que los saqueadores pudieran llevárselas, creo que más convendría ir hasta Kiam-Tho —explicó Belver con su elevado tono de voz—. Allí esperamos reunirnos con un viejo amigo que os resultaría mucho más útil a la hora de evitarlas. Poco vamos a poder hacer nosotros. —Sonrió, dándole unos golpecitos al pomo de su mandoble.
—No se trata de eso —dijo Khaelys, al cabo de unos segundos de meditación. Se había puesto una cota de malla bajo su blanca túnica y rechinaba con cada movimiento—. L’Selinath no era un hechicero. Era un nigromante.
—Eso me temo —murmuró Qüestor—. Era muy poderoso…
Una risotada que parecía provenir de los Abismos surgió de las paredes de piedra, sin humor alguno. Como por arte de encantamiento, la espada del bardo pareció saltar a su mano. Incluso con aquella tremenda velocidad, los otros ya empuñaban las suyas y formaban un círculo defensivo.
—Sólo era una ilusión —apuntó el sacerdote de Anthariel, blandiendo con soltura un hacha que parecía resplandecer en el aire con una luz fría y blanca—. Algo para ponernos nerviosos y asustarnos. No hay de qué preocuparse.
—Pues conmigo lo ha conseguido —musitó Ednar. La espada corta que llevaba en la mano temblaba notablemente. Tratando de calmarse, trazó una runa en el aire. Una nueva luz, parecida a la de Khaelys, surgió en él. A ésta se unió una tercera, invocada por el propio Qüestor.
Allí no había nada.
—Un truco de feria, no es nada más que eso —protestó Falstaff, encogiéndose de hombros—. Nada comparado con Codan-Gulath, de todos modos. ¿Continuamos?
Avanzaron algunos pasos, todavía con las armas desenvainadas. Las esferas de luz flotaban a su alrededor, ardiendo como pálidos fuegos fatuos y levantado inquietantes sombras. Algo se movió sobre sus cabezas con un murmullo casi inaudible, gorgoteando. El rumor del agua corriendo y el sonido de las gotas al caer sobre la superficie de dura roca se hicieron más evidentes. No se detuvieron. La caverna, se estrechaba hasta formar un embudo por el que sólo podrían pasar de uno en uno.
Ednar, sólo un poco más adelantado que Falstaff, empujó su esfera encantada con un gesto, mientras sopesaba si haber acompañado a Qüestor hasta allí había sido una buena idea. Él era también era bardo, y un actor bastante bueno, pero aquel tipo de situaciones siempre lo habían sobrepasado con creces. Implicarse en ellas no entraba dentro de sus planes… tragó saliva.
El fuego mágico se introdujo por el estrecho paso. Sobre la piedra, un líquido legamoso fluía hasta formar un gran charco en el suelo. Brillaba, tornasolado, a la vez que se deslizaba por las paredes con un burbujeo casi audible. La esfera pareció agitarse, como si una fuerte corriente de viento la hubiera alcanzado y, tras unos segundos en el espacio algo más ancho que había al otro lado del cuello de botella, se apagó. El gorimiano clavó la mirada en la espalda de su guía. Aquello no debería haber sucedido y él debía saberlo. Nadie dijo nada al respecto.
Qüestor tomó su arco entre los dedos y lo tensó con fuerza hasta que se formó una flecha de luz dorada que fue aumentando de tamaño, con su resplandor latiendo al ritmo del corazón de su dueño. Con el rostro cubierto de sudor, disparó por el pasillo. Recorrió una buena parte de él dejando una estela tras de sí y estalló al otro lado, formando una serie de fuegos de artificio que no tardaron en desvanecerse también, entre las sombras.
—No me gusta esto —dijo Belver, sin amilanarse, internándose ya por el estrecho corredor—. Caminar a oscuras puede resultar peligroso… pero si es el único camino habrá que afrontarlo.
—Espera —murmuró Khaelys—. Hay algo aquí que no encaja en absoluto.
Su hacha aún parecía brillar con una llama mortecina. Con cuidado, pasó su filo por los muros cubiertos de légamo. Con un sorbeteo, la sustancia pareció apartarse de ella, huyendo. Cuando la acercó al suelo encharcado, el efecto fue aún mayor. Pequeñas olas se formaron en su superficie, rehuyendo el contacto.
El sacerdote de Anthariel sonrió. Acuclillándose, dedicó una pequeña plegaria a su Diosa. Después, sin mediar palabra, introdujo su mano en el líquido, que era frío como la Muerte. Una brillante luz surgió del interior del limo y fue haciéndose cada vez mayor. Con un silencioso estallido, recorrió su superficie, extendiéndose en oleadas y trepando por las paredes. De pronto, terminó. Las mágicas luces recuperaron la fuerza y el brillo que les correspondía, apartando las tinieblas de ellos.
—Bien hecho —le susurró Qüestor. Junto con Belver, y seguido por los demás, entró por el pasillo, dejando atrás al clérigo.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Ednar, al llegar a su altura, ayudándole a incorporarse. El esfuerzo había sido muy grande y parecía derrengado.
—Sí, me recuperaré —gruñó, poniéndose en pie, con las manos amoratadas por el helador roce—. Debemos continuar.
La caverna que los aguardaba más adelante era casi tan grande como a la que habían accedido por las escaleras de la torre. Ahora que la luz se había aclarado, libre de la maligna influencia de los hechizos lanzados por el nigromante, las sombras parecían haber huido. Estaba vacía de no ser por un gran sarcófago de piedra que los esperaba al fondo, justo frente a ellos. No tenía ningún adorno y parecía tallado en la propia roca de la caverna.
Con pasos cautelosos, las pesadas botas de metal del Barón de Khörs fueron las primeras en internarse en ella. El sonido de cosas diminutas al romperse se multiplicó. Bajos sus pies, por todo el suelo de la sala, se acumulaban miles de huesecillos de pequeños animales, ratas de las ciénagas, pájaros y serpientes en su mayor parte. Los pisoteó sin temor alguno, hundiéndose en ellos hasta los tobillos. Los demás le siguieron. Olía a muerte.
—Me recuerda aquella cueva de bandidos, cerca de Deret —murmuró Belver—. Nuestro primer encuentro con la Plaga, ¿recordáis?
—Cómo no —gimió Ednar. En aquella ocasión casi no sobrevivió para contarlo—. El hedor es el mismo, aunque parece menos… reciente.
Alcanzaron el sepulcro. Con el arco en sus manos, Qüestor se asomó a su interior. Allí encontró lo que esperaba. Falstaff y el Barón le siguieron a la par. Lo que vieron dentro no fue, ni por asomo, tan horrible como esperaban. Un cadáver, apenas tocado por la putrefacción, permanecía tumbado boca arriba. Vestía una larga túnica negra y sobre su pecho, agarrado con ambas manos, sostenía un viejo tomo de pergamino con lomo de piel. Gruesas cadenas de plata rodeaban su cuerpo, brillantes y sin mancha alguna, como si acabaran de ser forjadas. Sus ojos permanecían cerrados y había un gesto de dolor en su rostro, que parecía, más que de carne, de madera. Era calvo y muy viejo.
—¡Aquí están las profecías! —anunció el juglar—. ¡Y L’Selinath!
—¿Cómo que L’Selinath? —preguntó el antiguo caballero de Kroefnir, algo aturdido, sin poder apartar la vista del cadáver—. L’Selinath reunió a los magos que acabaron con Demosian y es ahora quien presta su ayuda a los Altos Magos en su lucha contra los Hielos. Este hombre lleva años muerto. No puede tratarse de él.
—¿De veras? —respondió Qüestor con una sonrisa. Lo que él había sabido por Gülfstend… y por otros medios, distaba mucho de lo que creía el mundo. Sí, el Conde se había presentado como L’Selinath ante todos, pero aquello no quería decir que no hubiera habido un auténtico L’Selinath—. Y si te dijera que el que ahora utiliza su nombre fue el mismo que el que le asesinó y ató a esta tumba. —Aquellas palabras, apenas susurradas entre dientes, parecieron ir dirigidas a los oídos del nigromante en lugar de a los suyos propios—. Alguien que le arrancó los secretos mediante engaños y le ató a sus saberes sin darle la oportunidad de utilizarlos, alguien que le convirtió en el guardián siempre despierto de…
Con un espasmo, el cadáver abrió los ojos. Cubiertos por una gruesa capa blanca, quedaron mirando al techo. Algo se removió allí arriba, donde la luz no alcanzaba.
—¡Quitadle el libro! —rugió Qüestor.
Antes de que pudieran moverse, la tumba comenzó a temblar y varias rocas de buen tamaño se desprendieron de las paredes. Grandes grietas recorrieron el suelo y la cueva entera gritó con un gemido mineral. Uno de los brazos de L’Selinath soltó el volumen y, con sus dedos agarrotados, aprisionó el cuello del juglar.
La reacción de sus compañeros no se hizo esperar. El mandoble de Belver hendió el aire con un zumbido para estrellarse contra la carne reseca del no-muerto. Con un crujido, la vieja y hermosa arma arrancó varias esquirlas de carne reseca, pero apenas si se hundió algunas pulgadas en ella. Falstaff, alzando sobre su cabeza el Brazo Vengador, golpeó contra el cráneo desnudo, sin obtener unos resultados muy diferentes y con la sensación de estar pegando a una pared.
—¡Corred! —gritó Ednar desde la entrada de la caverna, donde a duras penas podía mantener el peso de Khaelys—. El pasaje se cierra.
Era cierto, como empujado por unas manos gigantescas, el pasillo que los había conducido hasta allí se hacía más estrecho a cada segundo que pasaba.
Qüestor trató de desasirse, pero las garras ofrecían una resistencia imposible. Las armas se estrellaron contra el cuerpo varias veces más antes de que Falstaff y Belver se rindieran.
—¡El libro! —gruñó de nuevo, sin apenas aliento—. ¡Quitádselo!
Falstaff alargó la mano hacia él, pero al estar a punto de alcanzarlo, la otra zarpa se lanzó contra su cuello. Logró apartarse a tiempo. Cuando el brazo volvió a reposar sobre el pecho del cadáver, allí no había nada.
—Ya está. —Sonrió el Barón, con el libro en una mano y sosteniendo precariamente el mandoble en la otra.
Con un tajo brutal, la espada del antiguo sacerdote quebró el brazo de L’Selinath, ya sin la protección de sus hechizos. La mano salió despedida y tras rebotar como un trozo de madera reseca, se enterró entre los diminutos esqueletos que cubrían el suelo.
Corrieron hacia la salida. Pequeños trozos de hueso zumbaban, golpeando contra las paredes como trozos de metralla disparados por una bombarda. Ednar y Khaelys, apoyándose el uno en el otro, trataban de mantenerla abierta, espalda contra espalda. Estaban cubiertos del fino polvo gris que caía del techo y varias piedras los habían golpeado, pero se mantenían en sus trece. Algo rugió, enfurecido, tras ellos, pero nadie se volvió para ver de qué se trataba. Una de las luces mágicas que los habían iluminado se apagó de golpe, tragada por una enorme sombra.
Con el libro entre las manos, Belver fue el primero en atravesar el pasillo de roca. Allí se detuvo, aguardando a que los demás salieran y se pusieran a salvo. Por un instante, su mirada se cruzó con la de Falstaff. Ninguno de los dos quería huir. Enfrentarse a lo que fuera y morir con honor sería algo tan…
—¡Dejaos de desatinos! —los advirtió Qüestor, arrancando el libro de las manos del Barón, como si hubiera adivinado lo que pensaban—. ¡Hay que salir de aquí!
Como almas camino de los Abismos alcanzaron las escaleras y las subieron mientras el temblor se hacía más fuerte. Tuvieron el tiempo justo para desatar a los caballos y apartarse una decena de pasos de allí antes de que la torre entera se derrumbara sobre sí misma, entre una nube de polvo y escombros.
Ya no llovía, pero las negras nubes continuaban llenando el cielo, haciendo que, aunque todavía era media tarde, pareciera que ya había anochecido. Se detuvieron junto un afloramiento rocoso que surgía de la encharcada llanura. Habían salido muy bien parados para lo que podía haber sucedido. Qüestor ojeaba las ajadas páginas del antiguo manuscrito mientras Khaelys extraía algunas esquirlas de hueso que se habían clavado en la espalda de Ednar durante la huida. Falstaff, en silencio, observaba cada uno de sus movimientos.
—¡Increíble! —exclamó Belver, enfundando su mandoble en la vaina que colgaba del flanco de su caballo de guerra.

martes, 17 de agosto de 2010

UdJ III



Diseño de Portada: CalderonStudio
Precio: 18.95 euros
Tamaño: 22x15
Páginas: 432

Los no-muertos han desparecido, las Urnas de Jade se han roto liberando el poder encerrado en ellas y los sueños de Ledan de Gülfstend se han cumplido. El plan concebido siglos atrás ha dado sus frutos por fin. Y estos no han podido ser más amargos.

Ha pasado tiempo desde que el Conde emergiera victorioso y nuevos tambores de guerra resuenan en Drashur. El norte está agitado. Una nueva fuerza, que poco tiene que ver con los antiguos demianos, se alza en él, Ciudad de la Luna está sitiada, la Orden de Athiel se ha desvanecido de la existencia y los monarcas miran aterrados hacia un futuro incierto.

¿Será Qüestor Elendhal capaz de reunir a sus viejos camaradas de armas para detener a sus nuevos y a sus antiguos enemigos?

Nadie lo sabe, pues el tiempo de las Profecías Cumplidas ha llegado y ya no hay nada que esté escrito.

A LA VENTA: 13 SEPTIEMBRE 2010

martes, 27 de julio de 2010

UdJ III: La Portada

Con todos ustedes:



Obra de Manuel Calderón.

Ya falta poco...

miércoles, 23 de junio de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo VII

VII EL CHOQUE


Y de la mano de Kroefnir surgió la llama forjadora de las espadas de mil amaneceres.

Salmo de la Orden de Kroefnir


La espada surgió de su vaina. Palmo tras palmo de acero bruñido y pulido hasta casi ser un espejo. Los pardos ojos de su dueño —de su actual dueño, pues había tenido muchos— se reflejaron en ella durante un instante que, a pesar de durar un segundo escaso, pareció alargarse toda una vida. No era mucha la que le quedaba al enemigo al que se enfrentaba.
Si el movimiento para desenvainarla fue rápido, el de blandirla sólo habría podido calificarse como cegador. Su amo golpeó sin conmiseración, haciendo uso de todas sus fuerzas. Un quite arriesgado con cualquier otra arma, a pesar de que en su otro brazo portaba escudo. No con aquella. En un silencio sólo roto por los latidos de sus tímpanos, la espada atravesó la magra armadura de cuero de su rival para hendirse en su carne y huesos. Un brazo, todavía agarrando un garrote de madera, salió girando por el aire. Después, cayó por la pálida muralla, manchándola de sangre. Una patada de un pie cubierto de acero hizo que el resto del cuerpo del invasor demiano se despeñara detrás.
Con un alarido, los demás sonidos volvieron a hacerse reales. Tan fuertes que casi eran tangibles. Eran los sonidos de la batalla, de la guerra. Los sonidos del enfrentamiento que, durante generaciones, había sido la rutina de fondo de toda vida y muerte en aquellas latitudes. La de la desesperada lucha contra el Yermo y cuanto significaba. Aunque por entonces ya no era tan desesperada. La guerra, la verdadera guerra contra Demosian, había acabado casi treinta años antes.
Y habían vencido.
El propietario de la singular arma casi sonrió al pensar en aquello. Su rostro, visible bajo su yelmo abierto, estaba cubierto por una densa barba castaña, llena de pequeñas imperfecciones allí donde había recibido las heridas de sus enemigos. Era lo único que quedaba a la vista bajo su gruesa armadura, aunque esta, con sus escasos adornos y su sobrevesta roja, ya decía lo suficiente de quien la portaba. Era un caballero de la Orden de Kroefnir, el Señor de la Guerra. Un enemigo a tener en cuenta en cualquier campo de batalla, al que temer como rival y bendecir como aliado. Aquel se llamaba Falstaff Vladsörd y no habría deseado estar en ningún otro sitio.
Dos flechas, tan veloces que ningún arco habría sido capaz de dispararlas en sucesión, se clavaron en el pecho del siguiente norteño que asomó por la escala. Varios de los dhaitas que protegían aquella sección avanzaban ya para desprenderla, siguiendo las órdenes ladradas por un sargento con muy malas pulgas. Las largas pértigas se apoyaron en la madera, mientras sus portadores confiaban la vida a los compañeros que les protegían con sus altos escudos de torre. Las saetas volaron en torno a ellos, arrancando lascas de granito de las almenas entre ígneos chispazos. Las campanas sonaban, llamando a la lucha y previniendo de los incendios a la par. En el interior de la ciudadela, los tejados de varias casas ardían con furia desmedida, alimentada por la madera y la paja, pero también por el aceite y la brea derramados.
—De nada —dijo el arquero que había acabado con la vida del segundo guerrero demiano. Qüestor Elendhal era rubio, de rasgos finos y pelo bien cortado, vestía justillo de cuero y calzas verdes. Su aspecto era el de un hombre que habría estado más cómodo en una fiesta cortesana, entre divertimentos banales y música de arpas. Sonreía con una mueca traviesa que le había otorgado los favores de más de una dama y el enfado de un buen número de padres, hermanos y maridos.
Vladsörd no le respondió. Abajo, los tambores retumbaban con idéntico sonido que el corazón dentro de su pecho. No era momento para conversaciones y en esos días no sentía por aquel hombre demasiado aprecio. Es más, saber lo que le debía, hacía que cada uno de sus gestos le resultase repulsivo. No podía comprender que, con los años y a pesar de sus muchas diferencias, surgiría entre ellos una auténtica amistad. Pero antes de eso, tendrían que sobrevivir a aquella noche.
A su compañero eso no pareció importarle. Capaz de seguir conversando aunque no tuviera con quien, era una fuente interminable de canciones, historias, medias verdades y charlatanerías que no estaba dispuesto a escuchar.
—Podremos con ellos. Las murallas de Dhao son fuertes.
—Tanto como lo sean los hombres que las defienden —gruñó para sí Falstaff Vladsörd, sin alzar apenas la voz, mientras apretaba la empuñadura de la espada entre sus dedos y se preparaba para el siguiente envite—. No me gusta lo que estamos haciendo.
No trascurrió ni medio instante antes de que llegara. Otra escalera, aquella armada con garfios, golpeó la roca. Un guerrero, encaramado en su parte superior, saltó de ella de inmediato, envuelto en una raída cota de malla. Dos más le seguían de cerca. La espada trazó un arco para atajar su avance. Aquel, más hábil que el anterior, se zafó con cierta maña, desviando la ancha hoja con la ayuda de una espada corta adornada con una rotunda guarda de bronce. Hubo más flechas, pero aquellas fallaron sus objetivos para perderse en el vacío, tras zumbar en torno al capacete de acero del demiano como moscas enfurecidas.
—¡Cuidado!
Las advertencias del arquero vestido de verde quedaron diluidas en el estrépito del viento y el choque de armas. Las escalas, las ya cercanas máquinas de guerra y los arpones se sucedían sin que los dhaitas tuvieran tiempo para desalojarlos antes de que sus dueños tuvieran tiempo para tomar posiciones. Había miles de norteños que no se habían entretenido ni un instante para lanzar advertencias ni simular que estaban interesados en mantener un asedio que no les convenía en nada. Escupidos por los bosques del señorío, habían encendido sus antorchas cuando ya los primeros escalaban los muros y atacaban desde todas las direcciones, sin preocuparse por su retaguardia. ¿Por qué iban a hacerlo? Sus sigilosos movimientos les habían conducido hasta allí a través de la espesura durante los largos meses que habían tardado en reunir sus tropas y alzar las máquinas en un territorio que era poco propicio para ellas. Nadie había sabido que estaban a un tiro de piedra de Dhao hasta que fue demasiado tarde. Ni en la lejana Puerto Agreste, ni en la mucho más cercana fortaleza de Horst. Para los bárbaros no había retaguardia ni más enemigos que los que se refugiaban tras las murallas, en una suerte de ratonera.
O así debería haber sido.
La espada corta del soldado demiano rozó la rodela, dejando una profunda marca en ella. Su dueño —el mismo que el de la rutilante espada— utilizó el escudo para apartarla, con un súbito barrido, casi como si fuera una maza. El norteño, lejos de dejarse sorprender por aquel ardid, se mantuvo firme en su puesto, mientras sus compañeros formaban en torno a la escala, protegiéndola con sus cuerpos. Más demianos subían por ella. Portaban espadas, mazas y, también, ballestas. Instrumentos útiles, aunque despreciables. Uno de ellos cayó cuando ponía sus botas sobre la roca, atravesado por otro proyectil.
—Esa era la última —escuchó el guerrero, en un murmullo de Elendhal que no creía destinado a él—. Se acabaron.
—¡Pfff! —gruñó Vladsörd, reteniendo la espada de nuevo con el escudo. A su espalda los pasos de los dhaitas se multiplicaban, mientras varios de los soldados acudían en su ayuda. Lanzó un nuevo tajo, que hizo recular a su enemigo para no ser cortado a la mitad, antes de responde con algo más que una blasfemia—. Entonces, ve con los otros, Elendhal, aquí no hay espacio para ti.
Un par de picas y el filo de un hacha surgieron a su lado y el norteño que tan bien le había plantado cara retrocedió todavía más, buscando el apoyo de los suyos. No le permitió hacerlo. La brillante espada, teñida ya de escarlata, se encontró con su cuerpo, desprotegido en el instante que daba un paso atrás. En aquella ocasión la corta arma del demiano no pudo hacer demasiado por aminorar el impacto. Con un crujido de huesos y un chorro de sangre, buena parte del filo quedó en el interior de su carne. El caballero lo extrajo sin dilación, evitando que quedara trabado.
El hacha del soldado que se encontraba a su derecha, hizo el resto, apartando al agonizante demiano con un empellón y arrojándolo contra los que guardaban la escala. La piedra se manchó aún más de sangre. Era una buena noche para morir. En la batalla, donde debía estar. Entonces hubo un gran estallido que interrumpió sus pensamientos.
—Vladsörd, ven conmigo —decía la voz del arquero.
—No, Elendhal, este es mi sitio —gruñó, avanzando hacia sus enemigos, listo para golpear con su espada o su escudo en cuanto fuera necesario.
—Tienes que venir —volvió a pedirle el arquero, al mismo tiempo grave y melodioso—. Nos necesitan ahí abajo. Esa explosión ha sido cerca de la base de la muralla. Nos vamos de aquí… Salier, tú también —añadió, haciendo un gesto al soldado del hacha—. Están en problemas. Si entran…
—¡Ya sé qué pasará si entran!

miércoles, 16 de junio de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo VI

VI EMBOSCADOS

Un error frecuente es creer que se controla hasta el último detalle de la contienda. Eso es imposible. Nadie es capaz de guardarse las espaldas contra todos sus rivales. Siempre hay alguien más inteligente que uno mismo.

Dicho por Sathlegaard de Jiriom


Arros no sabía de dónde habían salido y eso le aturdía y ponía de los nervios al tiempo, convirtiendo su ya de por sí desagradable faz en una máscara horrenda de marcas de viruela y manchas de sangre. Los claros ojos norteños del segundo al mando de Zelnistaff prácticamente giraban en sus órbitas mientras buscaba una salida del almacén sin encontrarla. Dos de sus hombres de aquellos cuatro hombres que le habían acompañado hasta aquel lugar, yacían en el suelo, muertos. Otro se encontraba tras él, sujetándose un brazo, mientras la sangre manaba a borbotones entre sus dedos. El último caminaba unos pasos por delante de él, con la espada que había arrebatado a uno de los dhaitas en una mano y un hachón apagado en la otra. Tan dispuesto a vender cara su vida como a completar la misión que les había llevado hasta allí.
Aunque, en las circunstancias en las que se encontraban, eso supusiera no contarlo.
El oficial se movía con pasos cortos, medidos. Sus pies apenas hacían ruido sobre el suelo cubierto de serrín y paja enmohecida. El herido apenas dejaba escapar algunos gemidos de dolor, que poca relación tenían con lo grave de su herida. El cuchillo de Arros estaba cubierto con la sangre del soldado que le había herido, uno de aquellos afeminados vestidos de azul y verde. Si lo hubiera visto antes, entonces serían tres hombres, en lugar de dos y medio.
Cambió de posición el cuchillo, poniéndolo paralelo a su antebrazo, cuando escuchó pasos algo más adelante. Varias sombras se movían tras los inmensos toneles. Los tres demianos se detuvieron al verlas y trataron de protegerse todavía más contra las grasientas maderas. El hedor, que había sido insoportable durante los primeros instantes, se había convertido entonces en poco más que un olorcillo en el fondo de sus saturadas fosas nasales.
El hombre de confianza del general se volvió hacia el herido y apoyó la mano que tenía libre en su hombro sano, antes de indicarle mediante gestos que avanzara en cabeza, alejándose de quienes les buscaban para encontrar una salida. El demiano —no tendría más de veinticinco años— afirmó con una mueca y, sin dudar de su superior, se puso en marcha hacia la oscuridad. A través de las paredes de madera se colaban en ocasiones ráfagas de luz. Fuera, había carreras y gritos, aunque eso no impedía que se sintieran como si estuviesen en mitad de la nada. Los cuernos cantaban, lejanos y las campanas repicaban, llenas de angustia.
Todo había comenzado sin ellos.
El joven oficial no había dado ni tres pasos, cuando dos de los dhaitas se abalanzaron sobre él, armados con espadas cortas y escudos oblongos. El acero de uno de ellos rozó el muslo del herido, que apenas tuvo tiempo de echarse a un lado. El filo del segundo se quedó a la espera de otro rival. No tardé en hallarlo. El norteño entero se arrojó sobre él, golpeando con su propia espada y con el hachón a un tiempo. El soldado pudo atajar el impacto de la primera, pero la madera y la tela empapadas en brea le alcanzaron en un lado de la cabeza. No lo suficientemente fuerte para herirle de gravedad, pero sí para desorientarle. La hoja del oficial se clavó en su pecho casi al mismo tiempo que el cuchillo de Arros se hundía en las tripas el que acorralaba al herido. Dos tajos después, todo acabó. Se habían librado de sus perseguidores.
El segundo de Adkrag Zelnistaff se acercó a sus dos hombres. Ya no había más movimientos, no en el interior del almacén. Fuera reinaba el caos. Se agachó junto al que conservaba su arma entre sus entrañas y la sacó, tras retorcerla con saña y abrirle de parte a parte, como si estuviera destripando un pez. Nada más hacerlo, el oficial herido se atrevió a hablar por primera vez desde que se reunieran en la oscura noche de Dhao.
—¿Esos eran todos? —boqueó el joven demiano, sin apenas aliento. La herida le sangraba y estaba muy débil. Casi muerto.
—Sí.
—¿De dónde salieran? Era como si…
—Como si nos estuvieran esperando, desde luego —gruñó Arros, interrumpiéndole.
No había otra forma de expresarlo. El bárbaro se pasó la mano por la cara, notando los desiguales pelos de su barba. Aquellos hombres habían surgido de las sombras, del mismo modo que podrían haberlo hecho ellos en una situación diferente. Una patrulla completa. Seis hombres que habían corrido a su encuentro unos instantes después de que atravesaran la pared de la casa del anciano. Sin advertencias, a degüello. También sin medir las habilidades de sus contrincantes, confiados. Habían despachado a la mitad en el primer choque. Después se habían ocultado. Entonces, los de Dhao estaban muertos.
Aún estaba arrodillado junto al dhaita, con su cuchillo chorreando. Arrancó la espada de los rígidos dedos de su enemigo, mientras meditaba. También estaba manchada. Aquel había sido el que más bajas le había costado a los norteños. Poco tenía que ver su aspecto con el afeminado que habían hecho creer a sus tropas que tenían los de Dhao. Aparte de por el uniforme, azul y verde, aquel era un guerrero de verdad, curtido en la frontera y en los bosques.
Arros murmuró algo para sí. Aquellos bastardos estaban allí. Antes de las campanas, los tambores o los cuernos.
—No debería haber nadie —susurró entre dientes.
—Tal vez… —le interrumpió el herido
—Tal vez nada. Nadie lo sabía. El destino de cada grupo se fijó en el campamento. Sólo el general y yo…
—Si sabían que veníamos, ¿no podrían habernos retenido en el portón?
—Lo que importa es que no lo hicieron. Tú —señaló al herido con su arma— cumplirás con lo que resta. Había fuego en la casa del viejo. Úsalo aunque sea a costa de tu vida. Encárgate de que haga lo que debe —dijo al otro—. Yo iré a reunir a los demás. Mucho me temo que no seamos los únicos que hayan caído en una emboscada.
—Pero, moriré…
Arros apenas se movió. Un segundo después su ensangrentado cuchillo cortaba el cuello del joven oficial, convertido en un borrón.
—Hazlo todo tú —rugió, señalando a las cubas—. Quiero que todo este sitio arda. Frente todo este aceite ardiendo tendrás más oportunidades que frente a mí.