jueves, 9 de diciembre de 2010

De reseñas y otros asuntos

El post de hoy va sobre todo de reseñas y de otros asuntos en los que ando metido. Y va a ser cortito pero intenso:

UdJ: Profecías ha sido reseñada por Pedro Camacho aquí.
(Per)versiones: Cuentos Populares ha sido reseñado por Francisco Javier Illán Vivas aquí.

Muchísimas gracias a los dos por el esfuerzo. De mi parte y sin duda de la de mis compañeros.

Y ahora, algo completamente diferente.

Desde hace unos meses estoy en un proyecto secreto. Algo que nunca había hecho en el mundillo editorial. Es algo grande y no es difícil saber de que se trata si a las labores mencionadas en los créditos de muchas novelas empezamos a restarles lo que sí he hecho.

Y hasta ahí puedo leer. Más noticias, más adelante.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XIV

XIV OSCURIDAD Y SOMBRAS


Vivir para ver. Nunca creí que uno de los nuestros pudiera mostrar la más mínima conmiseración por alguien que no pertenezca a nuestra estirpe. En la noche de ayer, entre la batalla y el caos, pude ver un ejemplo claro de porqué semejantes actos son tan poco frecuentes.
Y rápidamente castigados.

Palabras de Lynguer de Jiriom


Un asesino escuchó lo que otro tenía que decirle y, acto seguido, completó su trabajo. Sonrió al hacerlo, aunque no fue porque arrebatar una vida le produjese placer —es más, hacerlo no provocó en él ningún sentimiento—, sino por la satisfacción que le causaba saberse superior a su enemigo. Luego, no sin buen cuidado, registró las ropas del caído. El contenido de los bolsillos de quienes se dedicaban a su profesión solía ser valioso, aunque siempre poseía un extra de emoción que podía resultar letal.
Tras unos minutos, abandonó el cadáver a su suerte. La misión que le había sido asignada ya estaba completada, a pesar de que los métodos que había utilizado no fueran los ideales a juicio de su patrones.
¡Patrones! —pensó, mientras caminaba, silencioso como la sombra de un gato—. ¡Qué fácil es acostumbrarse a determinadas palabras!
Sí, lo era y mucho. Aunque en aquella ocasión no había una figura oscura que desembolsara la plata que le correspondía tras un intrincado ritual mercenario, no había dejado de considerar a Qüestor como su patrón en ningún instante de aquella larga noche. Un bardo que no daba órdenes y que no pagaba. Que se limitaba a ofrecer sugerencias y marcar caminos para que sus señores —¿a quién servía él en realidad aparte de al viejo hechicero agrestense?— obtuvieran aquello que buscaban. Desde el principio, desde unos meses atrás, cuando acudió a buscarle con promesas de oro y fama, había desconfiado de él y le había despreciado. Ahora le consideraba un patrón. ¡Las vueltas que da Drashur!
Hubo una explosión, el suelo tembló y el asesino estuvo a un paso de rodar por el suelo. Un tejado cercano se derrumbó, entre llamaradas y en mitad de una nube de polvo y humo. Eso no evitó que dejara de caminar, aunque mucho más atento al cielo que unos momentos antes. Otro proyectil ígneo, arrojado por una de las catapultas de los demianos que entonces se alzaba a menos de un cuarto de milla de la muralla occidental, surcó el aire. El hombre lo siguió con la mirada durante menos de un parpadeo. El estallido no le cogió entonces por sorpresa.
Tan cercano como el entrechocar de armas que se alzaba más allá del pitido de sus maltrechos oídos. Apretó el sable en su mano derecha, en ningún momento lo había soltado, y amparándose en las sombras se deslizó como una más hacia el ruido. Un cuchillo procedente del interior de una de las mangas de su camisa apareció en la otra mano. Hacía frío, aunque él no lo notaba. El sudor del combate no había tenido tiempo de enfriarse y su corazón latía con fuerza. Dispuesto para cualquier cosa.
Al otro extremo de la calle tres soldados dhaitas combatían como bien podían contra seis individuos sin uniformar, cubiertos con pieles y armados con toscas hachas y los hierros que habían logrado arrebatar a otros tres hombres de Dhao, que yacían en el suelo empedrado. Su destino estaba escrito de antemano. Al menos hasta aquel momento.
El asesino suspiró, como podría haberlo hecho al ver a un niño particularmente torpe tropezando con sus propios pies. Las blandas botas de cuero teñido de negro se deslizaron sobre la piedra manchada de ceniza y sangre. Un edificio, un almacén, por lo que había podido ver durante las escasas jornadas que había pasado en el pequeño señorío, ardía poco más allá de donde se encontraban los guerreros, vendiendo cara su vida. Algún impacto de las armas de guerra de los bárbaros. No se veía ni un alma. Ni un solo civil había asomado la cabeza en las calles desde que se inició el ataque.
El hacha de uno de los demianos zumbó junto al capacete de su enemigo,a media pulgada de cercenarle una oreja y, tal vez, algo más. El soldado dhaita retrocedió medio paso, sólo para encontrarse con la espalda de uno de sus compañeros de refriega. Una espada corta le atravesó entonces el flanco, sin detenerse ante su fina armadura. La hoja penetró justo sobre la cadera, chirriando contra el hueso. Una herida fea. Ascendente. De las que destrozan riñones y arrebatan vidas.
No pudo hacer nada por detener aquel ataque, mientras el soldado se derrumbaba y los dos que le acompañaban se quedaban solos frente a sus seis asaltantes. Pero después sí…
El cuchillo que empuñaba salió vibrando del enrarecido aire nocturno sólo para clavarse en el cuello de uno de los norteños con un silbido y una pequeña fuente de sangre. Su sable penetró en la espalda de otro antes de que tuviera la oportunidad de descubrir de donde venía el ataque. El tercero, ya alertado de su presencia, intentó volverse hacia él para detenerle con su corta espada. Sin demasiada fortuna. El hierro se clavó en uno de sus hombros, en una herida que, si no era letal, sí era muy peligrosa. La alabarda de uno de los dhaitas supervivientes hizo el resto.
—Tres a tres, eso me gusta más… —estaba murmurando con una sonrisa cruel cuando, entre el estrépito de las llamas del cercano edificio, escuchó una voz que le resultaba muy familiar.
—¡Hay alguien ahí! —gritaba—. ¿Podéis oírme?
El asesino detuvo el hacha de uno de los bárbaros supervivientes, mientras tanto él como los otros dos que le cubrían los flancos convertían lo que iba a ser una escabechina en el comienzo de una dubitativa retirada. La superioridad numérica ya no estaba allí y sin duda su súbita presencia, volviendo las tornas, les había hecho pensar durante un instante en que el propio Zariez se tomaba la venganza por sus actos.
Pero él no era Zariez, al menos en lo que a la piedad que conlleva la muerte se refiere y las dudas, en la batalla, nunca han sido buenas consejeras. Fintó un ataque a fondo que no era tal, giró la empuñadura en un ángulo inverosímil y obligó al que tenía delante a utilizar ambas manos para detener el impacto de su acero con el hacha. Saltaron astillas y la hoja se deslizó por el astil, siguiéndolo en toda su longitud hasta encontrarse con varios dedos, que volaron por el aire antes de que el demiano supiera que estaba sucediendo. Entre pavorosos gritos de dolor, el norteño soltó el arma. El arma del asesino le arrebató la vida con un largo tajo escarlata en el cuello.
Aquello hizo que el conato de huida se transformara en una retirada con todas las de la ley. Los lobos se habían convertido en conejos asustados y sus presas… los dhaitas, a pesar de su fama de blandos, no tuvieron clemencia con ellos. Las alabardas, letales si existía un espacio para maniobrar con ellas, atajaron la carrera de sus rivales antes de que pudieran terminar de girarse para escapar. Los cuerpos de los bárbaros cayeron entre inmundos charcos de sangre, pero, para entonces, el asesino ya no estaba allí.
Se encontraba a las puertas del almacén incendiado, donde el humo lo llenaba todo, acre y amargo. Humo de aceite y madera quemados, teñido del hedor de la carne humana abrasada. En el suelo, a unos pocos pasos de él, quien había hablado unos momentos antes se encontraba inclinado sobre un segundo cuerpo, vestido con una sobreveste del ejército dhaita.
La figura del buen samaritano que se arrodillaba junto a la otra era la viva imagen del asesino. La tendida a sus pies empuñaba un arma acerada y golpeaba contra su pecho.

domingo, 5 de diciembre de 2010

miNatura 106

Con un mes de retraso (a veces hay que hacerlo para que las cosas queden como deben), sale el nº 106 de la Revista Digital miNatura dedicado a Viajes en el tiempo y dirigida por Ricardo Acevedo E. y Carmen R. Signes Urrea. En ella podréis encontrar artículos, ilustraciones y un buen montón de relatos. Entre ellos uno mío, pero eso es lo de menos.

Podéis acceder a la revista pinchando aquí.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XIII

XIII EL ARQUERO


Conozco medio centenar de palabras que podrían poner a un hombre de rodillas y obligarle a suplicar clemencia y ninguna que sea capaz de conmover el alma y hacer que de verdad se arrepienta de sus actos.

Palabras de Taith el Anciano


Qüestor Elendhal. Aquel era su nombre, aunque no lo había sido plenamente desde su nacimiento y no sería con el que moriría. Pero de lo primero había pasado una buena cantidad de lunas y hasta lo segundo faltaban muchos años. Entonces, en aquel preciso instante, el hombre en el que era considerado por todos un bardo. De los mejores, según algunos círculos. De los más engreídos, según otros. De los que aprovechaban un nombre y una fortuna que no merecían, de acuerdo con las opiniones de los que se tenían a sí mismos como los más versados. Sin embargo, de haber estado allí algún representante de cualquiera de aquellas facciones, sin duda habría convenido en que Qüestor era también uno de los juglares más ágiles que había conocido Drashur.
El resplandor proveniente de las manos del sacerdote demiano se convirtió en un rayo cegador, con un chisporroteo tan intenso que pareció detener el tiempo. Mientras, los pies del bardo se movían, bailando una complicada gavota arco en mano. La luminosa estela atravesó la herida de la muralla, con la misma facilidad que él parecía atravesar las filas amigas. El rayo pasó junto a la cabeza del caballo de guerra, mientras el caballero se desplomaba, arrojado al suelo por el rápido bailarín.
Las picas al rojo cayeron de las manos de los soldados. La luz se disolvió en la noche. Pequeños destellos luminosos recorrieron el acero de la armadura del Barón de Khörs. Demianos y dhaitas abrieron los ojos. Rostros aterrorizados, sorprendidos… una oportunidad de acabar con el caballero que tanto daño les había hecho se reflejó en los ojos de uno de los bárbaros, a través de la abertura de su oxidado yelmo.
El reflejo quedó reemplazado por un estallido de sangre y las plumas de una flecha.
—¡A él! —gritó el bardo.
Su voz, bien proyectada, como si se encontrara sobre un lujoso escenario, rebotó contra los sillares de piedra. No hizo falta que dijera nada más. Los pocos ballesteros que todavía tenían sus armas cargadas, abrieron fuego contra el clérigo vestido de negro, el mago malvado que servía a los intereses del Yermo y a todo lo que aquello suponía. Las saetas zumbaron por el aire. A su alrededor, en torno a él. Ninguna le alcanzó, engullida por una sombra que devoró hasta la última. Qüestor creyó escuchar cómo reía, aunque lo más seguro fuera que lo imaginara. Entre el caos de la batalla, no podía escuchar más que ruidos confusos.
Cargó y descargó su arco tres veces más, alejando a los norteños que pretendían acabar con él y con el paladín caído antes de que Falstaff y Salier, entorpecidos por sus propias tropas, llegaran a su lado y se convirtieran en dos rocosos muros. Belver de Khörs se levantó, para unirse a ellos. Algunos de los soldados que estaban a sus espaldas gritaron alborozados al ver que el noble continuaba como si tal cosa, convertido de nuevo en una bandera con forma humana. La mayor parte guardó silencio, más ocupado en conservar la posición y la vida que en mostrar una alegría que tal vez no dudara más que unos instantes. Qüestor Elendhal murmuró por lo bajo. Aquella no era la mejor posición en la que podía encontrarse. Él prefería ver las cosas desde lejos y evaluar los riesgos. También tener un blanco claro del enemigo que en aquel momento ponía en mayor peligro la integridad de las defensas de Dhao.
Aún así, el juglar se las arregló para sacar varias flechas más del carcaj y hacer puntería en sus enemigos a través de los escasos espacios que le dejaban los tres protectores guerreros. Silbando, los proyectiles hicieron que el clérigo de Kroefnir gruñiera entre dientes, Salier sonriese y el Barón mantuviera su terco silencio; abochornado por la forma en la que le había salvado la vida, tal vez su orgullo le impidiera responder de otra manera.
No fue demasiada la alegría que obtuvo con cada uno de sus blancos. El principal se mantenía a buen recaudo, tras unas filas demianas que no dejaban de crecer en torno a la brecha y unos oscuros encantamientos que parecían protegerle de cuanto le arrojaran. En las murallas, la resistencia cedía paso a paso. Muchas cabezas, en lo alto de las escalas, se alzaban tras la roca gris, sin que los defensores de Dhao pudieran retener su avance más que lo justo. Y no sólo eso. El fanático de Demosian alzaba los brazos de nuevo, murmurando maldiciones y conjuros. Poco le importaba que sus propios hombres se encontraran entre él y sus enemigos.
Qüestor Elendhal rozó el broche con forma de arco que sujetaba su capa. Mucho había pasado para llegar hasta allí y no iba a acabar de aquel modo. Bajo las órdenes de Taith había recorrido medio Drashur para reunir a unos pocos elegidos y juntos habían recorrido el norte del continente persiguiendo habladurías e intentando evitar aquello. Un sacerdote sin nombre y un hechizo mal articulado no iban a acabar con todo. No iba a fallar ni a su misión ni a ella… ella, que aguardaba en el castillo Qüintain que todo sucediera como debía.
—¡Échate a un lado! —dijo al soldado del hacha, a Salier Jariesi, con quien había compartido las gamberradas de infancia y juventud.
—No puedo descuidar el flanco…
—¡Hazlo!
El soldado le obedeció a regañadientes, mientras blandía para mantener apartado a un demiano que, al ver su retroceso, unió sus fuerzas al que trataba de superar a Belver de Khörs. A través del hueco abierto, la figura del servidor de Demosian se hizo mucho más clara, alzándose entre los bárbaros que se desparramaban por la grieta de la muralla y reluciendo con luz oscura, mientras preparaba una nueva descarga.
—¡No servirá de nada! —protestó Salier—. Ya has visto que…
El bardo no le hizo caso. Su brazo fue hacia atrás, tensando el cordaje hasta que los dedos le dolieron y amenazaron con ceder. Pero no le tembló el pulso. Con la punta de la flecha buscó el pecho del sacerdote. Sus labios se movieron al compás de los del demiano, susurrando al astil del proyectil, como si hablara con él. Luego, contuvo el aliento durante unos segundos y soltó la tripa.
La flecha voló rauda, pasando junto a la oreja de Falstaff Vladsörd, por debajo de la alzada maza de uno de los demianos y junto a la testa coronada de pinchos de un guerrero tatuado y de rostro enrojecido.
El sacerdote sonrió y en aquella ocasión Qüestor estuvo seguro de que no se trataba de su imaginación. Sabiéndose superior, miró hacia el mortal proyectil, sonrió y continuó con su conjuro, ignorándola y con la certeza de que la oscuridad que le rodeaba la destruiría como a tantas otras.
Abandonó aquel gesto cuando la madera, el metal y las plumas se transformaron en luz pura y blanca, atravesaron sus embrujadas defensasy estallaron en su corazón, derribándolo con una furiosa explosión.
—¡No te quedes de un aire! —le gritó el clérigo, mientras enterraba el filo de su espada en el abdomen de uno de sus enemigos—. Esto no ha acabado.
No, no lo había hecho, aunque Falstaff no sabía lo cerca que había estado de terminar.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

De portadas y portadas

Cristina Roswell, autora de la novela on-line Lykaon: Memorias de una mujer lobo, habla de la importancia de las portadas a la hora de hacer que el lector se acerque un libro en su blog Ardeal y propone un concurso en el que se sorteará un libro de entre los seleccionados por el atractivo de su portada (entre ellas, ha seleccionado UdJ: Mentiras, cosa que me alegra mucho).

Podéis encontrarlo todo aquí.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Fragmentos de una Batalla: Capítulo XII

XII MANCHAS DE TINTA


No muchos saben lo dolorosas que resultaron para algunos las heridas inflingidas durante la más tarde llamada Batalla de Dhao. No sólo las de la carne, sino las del espíritu y el alma, que se cebaron tanto en los que cayeron en la lucha como en aquellos que les enviaron a morir con la certeza de estar haciendo lo correcto.

Memorias de Qüestor Elendhal Tomo I


La pluma se deslizaba sobre el pergamino, dejando una leve traza de tinta. Las líneas, de caligrafía perfecta, narraban sin titubeos lo que podían ser las últimas palabras de su dueña. Dariahn de Dhao las escribía sobre la superficie de la misma mesa en la que, años después, después de que ella muriera, el hombre que sería su marido redactaría sus propias memorias. Pero la noble no podía saber aquello, igual que no conocía cuál sería el final de la confrontación que se libraba al otro lado de los muros.
Sus dedos, largos y finos, guiaban la pluma de oca a lo largo de las líneas, sin que esta se saliera de los renglones invisibles entre los que parecían moverse todos sus actos. Tras haber abandonado el interrumpido baile, había dejado aparte su vestido lleno de brocados, había vestido uno mucho más sencillo y se había recogido el pelo. Su gesto era entonces firme, aunque sereno y mucho más adusto de lo que habrían hecho suponer sus poco más de veinte años. Porque la Señora de Dhao todavía era una mujer joven, aunque la responsabilidad de su cargo fuera una que se habría encontrado más acomodada en hombros más ancianos y sabios.
En el exterior, los estallidos y el ruido de la espada contra el escudo y de las hachas contra las mazas se sucedían y Dariahn, con su ininterrumpida escritura, parecía ignorar todo aquel alboroto. Escribía con firmeza, poniendo sobre aquel pellejo amarillento cada detalle de lo que eran unos deseos que, tal vez, jamás tendrían lugar. Cada anhelo que no llegaría a buen puerto. Cada deseo y cada ansia de su corazón que, de vencer sus enemigos, jamás se verían cumplidos.
Los arcos descargaron sus flechas y las ballestas respondieron y la Señora de Dhao detuvo su mano durante unos instantes que para ella fueron eternos. La Historia la recordaría por aquel momento. Si caían o si se alzaban con la victoria, a ella sólo la recordarían por sus acciones y por sus palabras. No por los deseos incumplidos de una niña, sino por los actos de una mujer.
Aquellas palabras no eran dignas de ella, así como tampoco lo era fingir que ignoraba lo que estaba sucediendo a sus pies. Sin duda no lo hacía. Sabía muy bien lo que estaba pasando y hasta el último detalle dependía de sus decisiones y de sus actos. No había dado la espalda a los suyos ni por un solo momento. Todo lo que había hecho… todo se sabría a su debido tiempo. Las lágrimas y los sentimientos vanos y necios no iban a empañar los actos que había realizado en aquellos amargos días.
Llevando el pergamino hasta la llama de la candela que la iluminaba, Dariahn de Dhao dejó que el fuego lo consumiera.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Entrevista en Los Libros de mi Vida

Pedro Llamedo me ha entrevistado para Los libros de mi vida, blog literario dedicado a las novedades literarias, presentaciones y entrevistas (valga la redundancia). El comienzo podéis encontrarlo un poco más abajo y la entrevista íntegra aquí.


Por otra parte, Torre de Marfil Ediciones ya ha subido mi ficha como autor. Como siempre, en breve, un poco más sobre el tema.