miércoles, 11 de marzo de 2009

¡Y zas! ¡Dos premios al bote!

Laura Quijano, desde Mi mundo con escritora, me pasa el relevo de no uno, sino ¡dos galardones!

No tiene ni idea de en el embolado que me ha metido, porque de su selección, más de la mitad habrían entrado en la mía... pero de todos modos seguro que encuentro unos cuantos que se lo merecen sin reservas.

El Premio Dardo:
«Con él se reconocen los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personales, etc..., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras».

Reglas:
1- Aceptar, hacer que el Logo sea visible, respetar las reglas.
2- Hacer un link al Blog que te ha premiado.
3- Premiar otros 15 blog y avisarles.



El Premio Blog de Oro:

Reglas:
1- Aceptar, hacer que el Logo sea visible, respetar las reglas.
2- Hacer un link al Blog que te ha premiado.
3- Premiar otros 15 blog y avisarles.




Y los Premios Dardo y Blog de Oro 2009 son para:


ADLO!
Conservado en Alcohol
Cosetes Sense Importància
El blog de Jotacé
El Buen Pozo Sediento
El Diablo me dijo
El Eterno Aprendiz
Escrito en el Viento
La Vieja Raza
Not a blog
Ovelles Elèctriques
Pornografía Emocional
Susana Escribe
Y el Exhibicionismo
Zumo de Zigurat

Y eso es to... eso es todo, amigos...

lunes, 9 de marzo de 2009

Urnas de Jade: Mentiras (fragmento Cap. 1)

I
CIUDAD DE NIEBLA



La luna en el horizonte,
destella con luz velada.

Las sombras de las colinas,

bajo su brillo se alargan.


De La Muerte del Rey Theros



En nuestro primer volumen hablamos de las historias y leyendas, de cómo sus límites se extienden tan lejos que son imposibles de apreciar, de cómo los sueños son apenas retazos de ellas y pueden tener mucha más importancia de lo que imaginamos. En él hablamos de muchas cosas que, aunque no lo parezca, tienen un punto en común: son verdades.
Eso hace que quede todavía mucho por contar, porque, igual que donde no hay luz reina la oscuridad, donde no hay verdad… hay mentira.
Pero también es cierto que esta afirmación no es tan simple y que existen muchos tipos de mentiras y falsedades, de engaños y falacias, tan diferentes entre sí como pudieran serlo las verdades. ¿No me creéis? ¿Acaso trataría de embaucaros?
No respondáis y estad atentos. La mentira puede ocultarse en cualquier parte…


La ciudad de Puerto Agreste se extendía con sus titilantes luces parpadeando bajo la niebla como un manto que bordeara la costa. Una a una, las antorchas, velas y lámparas fueron apagándose para dejarla sumida en la oscuridad. Sólo el Faro de Ifklar, con su blanca luz, iluminaba intermitentemente las olas y los cascos de los buques que se encontraban amarrados en el puerto que daba nombre a la urbe. Los resplandores del mar se multiplicaban antes de desaparecer, con una calma impropia de la estación.
La luz giró en otro de sus interminables círculos y, tras arrebatar ligeros destellos de las piezas de bronce bruñido, iluminó el Parque de los Robles. Allí, se coló entre las tupidas ramas, donde, sin demasiada prisa, se efectuaba el habitual cambio de guardia.
El sargento que dirigía al escuadrón saliente entregó, con un rígido saludo militar, la vara de mando al del escuadrón que iniciaba la ronda y, marcando el paso, los dos grupos de soldados de negro sobreveste se alejaron en distintas direcciones por las calles cubiertas de niebla. No es que fuera un espectáculo excesivamente vistoso, pero resultaba un importante foco de atención para los extranjeros que visitaban la ciudad por primera vez. Nadie había mostrado hasta la fecha interés alguno en repetir la experiencia.
En aquella ocasión, tan sólo dos personas observaban el ritual, pero, desde luego, hacerlo no era lo que les había llevado hasta allí. Bajo la casi inapreciable luz de la luna, que recortaba su casi esférica faz más allá del conglomerado de humo y vapores que envolvían Puerto Agreste, esperaron a que los soldados se hubiesen marchado para iniciar una torpe discusión.
—He sido enviado para sustituiros —dijo el más alto de los dos, con una extraña voz acerada—. El amo quiere que me entreguéis a vuestros ayudantes junto con todos los informes que hayáis recogido. Luego deberéis ir a Darsha. Este pergamino contiene las nuevas órdenes —sacó el documento de sus gastados ropajes y se lo entregó.
—Aunque no os conozco, el anillo que lucís en vuestro dedo es suficiente para identificaros. Se hará como él dice, aunque debo advertiros que vuestra misión no será fácil. —La voz era entrecortada y fría, casi reflejando el clima de la zona. Su acento agrestense apenas si dejaba ver el herido orgullo de su dueño—. El mago permanece constantemente en el interior de la torre. Nadie entra ni sale de ella a menudo.
—Tengo entendido que la última visita fue reciente.
—Sí, estáis en lo cierto —replicó el segundo hombre—. Hace diez días, tres hombres y una mujer accedieron a la primera planta. Sólo hemos podido identificar a uno de ellos. Se trataba del Duque Sephard de Nedai, los otros…
—Los otros no son importantes —le interrumpió con su acerada voz—. Sephard pertenece a la Orden y, con toda seguridad, portaba información recopilada por Qüestor Elendhal en Kiramel. Por lo que sabemos, el bardo no llegó a hacerle participe del secreto.
—Hiciera lo que hiciese en el interior de la torre, no tardó mucho. Una hora después de su entrada, todos, a excepción del Anciano, se marcharon a la Casa del Consejo —susurró a modo de respuesta.
Caminaron con calma bajo las ramas deshojadas de los árboles que crecían en las amplias avenidas y bajo los aleros de los tejados de las callejuelas. Aunque el hombre que, al parecer, iba a ser sustituido en sus labores aquella misma noche cojeaba a ojos vistas, no se quedó atrás y siguió sin demasiados problemas el ritmo de las largas zancadas del otro. Ambos avanzaban en silencio, como si ya hubieran recorrido juntos aquel mismo camino innumerables veces antes, aún siendo evidente que uno de ellos era un recién llegado.
Al fin, atravesaron un callejón que se abría a una suerte de pequeña plazoleta rodeada de edificios de varias plantas construidos con ladrillo rojo, deslustrado por el paso de los años. En uno de sus rincones se acumulaba un montón de basura de aspecto más desagradable de lo habitual y casi tan antiguo como los muros contra los que se apoyaba. Dos gatos maullaron y salieron corriendo de él para perderse entre la niebla, calle abajo.
—La operación de Tidar ha sido un completo fracaso —murmuró el cojo, poniendo el pie en el primer escalón.
—Otra razón para que ésta salga bien. No nos podemos permitir alejarnos más de nuestros objetivos —dijo el otro, sin mostrar ningún interés, como si se tratase de un mantra—. Si obtuviéramos las dos en una sola tentativa, el amo estaría contento.
—Lo principal es conseguir la que tiene en su poder el hechicero. Para la otra, ya habrá tiempo —le respondió, con cierto tono de enfado apenas insinuado.
Ascendieron por una escalera de madera adosada a una de las paredes de ladrillo. Crujía estrepitosamente con cada uno de sus pasos y algunos tablones se desprendieron al llegar al descansillo que daba paso a una puerta, también de madera, para caer al suelo entre rebotes.
La vivienda que ocultaba era un lugar sucio y descuidado. Consistía en una habitación escasamente amueblada y una pequeña cocina que tenía el aspecto de no haber sido utilizada en mucho tiempo. En un camastro dormitaba un chiquillo y otro miraba por una ventana, junto a la que se apilaban varias docenas de libros mal encuadernados. El recién llegado se aproximó a ellos y los ojeó en silencio. Estaban escritos con una caligrafía rebuscada y retorcida. El idioma parecía calishita antiguo, una lengua sólo utilizada por magos e historiadores. Ya tendría tiempo más que suficiente para revisarlos.
Las sucias cortinas ocultaban lo único que hacía valiosa aquella cochiquera. Sin reparos por tocar la mugre que en ellas se acumulaba, descorrió ligeramente una esquina.
Desde allí podía verse con total claridad la torre de mármol blanco de Taith, el Anciano, y la puerta que, en su base, daba acceso a un interior plagado de secretos.

jueves, 5 de marzo de 2009

Y mañana...

¡LOS GUACHIMANES!


Wikipedia dixit, que yo no.

martes, 3 de marzo de 2009

José Luís Castaño en Aurora Bitzine


Sangre Vikinga

“Algunos decían que era un dios, otros afirmaban que se trataba de un demonio, sin embargo lo único cierto era que detrás de sus ojos grises refulgía la furia indomable de un pueblo de titanes, que según decían los eruditos, habitaba al otro lado del gran mar salado…”

Fragmento de un viejo cantar olmeca.
Por José Luís Castaño Restrepo


LA JOVEN SE APRETÓ DE NUEVO CONTRA la piel nervuda del forastero. Su cuerpo pedía a gritos ser poseída otra vez por aquel semidiós de ojos transparentes y piel cobriza. Por un instante la mirada de ambos se fundió en una extraña comunión que sólo los amantes pueden comprender. Entonces, la moza bajó los ojos, temerosa de que aquel hombre pudiese descubrir en su expresión un atisbo del terrible destino que le esperaba. Sin mediar palabra, esbozó una mueca sugestiva y unió sus ansiosos labios a los de su amante, en un esfuerzo por alejar la sombra de traición que muy pronto mancharía la noche. Sería una pena, de todos los desdichados que habían pasado por su lecho, aquel extranjero era el que más le había impresionado.
Taloc se dejó llevar por aquella piel tibia y sudorosa, mientras una repentina llovizna rompía en el exterior. No obstante algo en el fondo de su pecho latía con fuerza, un extraño sobresalto que sólo ocurría cuando se encontraba en verdadero peligro. ¿Pero qué amenaza podría acecharle en medio de aquella aldea de inofensivos pescadores que le habían ofrecido cobijo?
El roce de la fémina en su entrepierna le hizo olvidar por algunos instantes el eco insistente de su corazón. La abrazó con fuerza, dispuesto a ofrecerle otro momento de pasión. Entonces sus músculos se tensionaron al advertir el súbito reflejo que asomó en las negras pupilas de la muchacha. Sin siquiera pensarlo, en un acto reflejo, la aferró de los hombros y la giró con violencia en aquella dirección. El rostro de la mujer se desfiguró en una mueca de dolor y sorpresa, mientras una hoja de obsidiana se le incrustaba en la espalda desnuda. Los ojos rasgados parecieron querer salirse de las orbitas, y de su boca emanó un exangüe suspiro agridulce que marcó el final de sus días.

Podéis leer mucho más aquí.

sábado, 28 de febrero de 2009

Cómo terminar un excelente trabajo...

Merce, mi novia desde finales del siglo pasado, lleva toda la semana escribiendo un trabajo para el máster que está haciendo sobre métodos de enseñanza basados en la utilización de Internet y las nuevas tecnologías. Son casi veinte páginas a las que ha dedicado muchas horas y que, después, ha hecho que le corrigiera. Como si me apeteciera y tal.
No me voy a extender en eso, sino que quiero que leáis la nota final que ha incluido y que choca directamente con la concepción de la lengua que tiene la profesora que debe evaluarla, amiga de la @ para señalar el masculino/femenino.


NOTA FINAL:

En este trabajo se ha utilizado el género neutro. Según la Wikipedia[1]el género es una propiedad lingüística en un idioma, y no hay una necesidad lógica en su relación con el sexo biológico. Aunque en ciertas lenguas (por ejemplo las indoeuropeas) uno o varios de los géneros se usen mayoritariamente para uno de los sexos biológicos, seguramente en ninguna lengua del mundo para seres sexuados hay relación necesaria entre sexo biológico y el género de la palabra para designar al ser animado. Esto se debe, fundamentalmente, a que no hay correspondencia inmediata necesaria entre los significados de una lengua y la clase de entidades extralingüísticas”. Para el castellano “el género masculino es la forma no marcada o inclusiva: si digo los alumnos de esta clase me refiero a alumnos de sexo masculino y femenino; el género gramatical femenino es la forma marcada y por tanto resulta la exclusiva o excluyente: si digo las alumnas de esta clase no me refiero también a los de sexo masculino, sino solamente a los de sexo femenino”.

Como historiadora de la lengua, y mujer, creo que es importante separar la lingüística de la política. La lengua tiene unas reglas, que están en continua evolución, pero no se pueden imponer las que cualquiera quiera darle. Con la evolución de la grafía quizás termine por adoptarse la @ como ortografía para algunas palabras del español, pero dudo que sea regla general ya que hay palabras que no admiten esa semejanza de las letras o y a, (por ejemplo, estudiante) y otras que son neutras aunque no lo queramos admitir, como juez (que viene de la declinación del latín que originó también nuez y no por ello decimos la nueza o el nuez). No todas las lenguas poseen los mismos géneros para describir la misma realidad: por ejemplo, el alemán Die Sonne, marcado con género femenino, equivale al francés le soleil o al español el sol, en ambos marcado como masculino, pero ¿quién pondría la mano en el fuego por decir que el sol es macho o hembra?



Qué huevos, ¿eh?


jueves, 26 de febrero de 2009

Friki de Enric Hercé Escarrá

Tomás no entiende por qué los niños del colegio le han empezado a llamar friki. De hecho, ni siquiera sabe demasiado bien lo que significa la palabra de marras. Se pregunta si será por su afición a los cómics de superhéroes y a los libros de aventuras y de ciencia-ficción. O tal vez porque prefiere pasar los recreos inventando historias para Marien y Juan en lugar de jugando a fútbol.
Mientras tanto, a años luz de la Tierra, en la sede central de la Organización Estelar de Conflictos Interplanetarios se ha recibido una petición AJ-19. Ha sido formulada por los kranks, una de las civilizaciones más avanzadas de toda la galaxia. Nadie, ni los más viejos del lugar, recuerdan cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que fue reclamado un planeta en nombre del mal uso que le estaban dando sus habitantes.

FRIKI

(A partir de 9 años)
ISBN: 978-84-96870-15-4

Autor: Enric Herce Escarrà. Ilustrador: David M Rus
Edimáter, 2009. Colección: La Osa Menor (Azul)

Encuadernación rústica con solapas
Papel ahuesado 90 gr.
Cubierta con estucado brillo con solapas
Ilustraciones en B/N
14×21 cm, 87 páginas
Precio: 10€

miércoles, 18 de febrero de 2009

Urnas de Jade: Mentiras (prólogo)

PRÓLOGO
Adaptado de Historia de Dhao para Jóvenes
(Tomo 2: Año 107 II E.O.)


Las blancas murallas de Dhao se erguían, orgullosas, proyectando su sombra sobre las cristalinas aguas del río Jiraimot. Hacía mucho tiempo que el bardo no visitaba aquella ciudad y sus recuerdos de ella se veían muy diluidos por los años, pero, a pesar del olvido, todavía quedaban extraños sentimientos que le arrastraban inexorablemente hacia ella.

—¿Quieres decir que éste es el lugar del que tanto nos has hablado? —preguntó Dariahn, su ayudante, mientras ayudaba a Genna a bajar de la carreta—. Te recuerdo que tu mujer no se encuentra en un estado que aconseje estar en los caminos.

—No, estoy bien —respondió Genna con una mueca. No faltaba ni una luna para que saliera de cuentas, pero la ilusión con la que había tomado Elendhal aquel viaje hacía que mereciese la pena, al menos para ella.

—Las calzadas abiertas pueden llevarte al desastre y las sendas sombrías a tu destino —recitó el bardo—. Deberíais saber, antes de recurrir al desprecio, que esta ciudad apenas ha cambiado a lo largo de los años. Bien es cierto que ya poco tiene que ver con la ruinosa aldea que se asentaba en este recodo del río cuando Kiramel era joven, pero siempre ha mantenido…

—¿La ausencia de alcantarillado y el hedor? —preguntó Dariahn con toda su mala intención.

—No, una nobleza a la que realmente es apropiado denominar de ese modo, Duquesita —respondió Elendhal, sabiendo que aquel apodo no le gustaba en absoluto.

Durante las últimas semanas Dariahn se había vuelto cada vez más insoportable. Aunque no se lo había comentado a Genna, el juglar sospechaba que el problema residía en que se sentía desplazada por el inminente nacimiento de su hijo… ¡Su hijo! Elendhal no cabía de gozo en sí mismo cada vez que lo pensaba… habían llegado justo a tiempo para su nacimiento, un momento más que apropiado para comunicarle a su esposa y al resto de la compañía que, como decía la vieja canción, estaban donde debían encontrarse. A partir de entonces se acabarían los caminos y ella podría volver a vivir entre cuatro paredes, como siempre había deseado.

Los otros carros llegaron tras ellos y se detuvieron junto a la calzada. Había casi una docena, aunque sólo cuatro pertenecían a la compañía de teatro. Los demás eran mercaderes que se unieron a la comitiva buscando la seguridad que ofrecía un alto número de hombres.

Jenarth de D’rion conducía el primero de ellos y, con una cómica reverencia, se despidió de los mercaderes. Era un buen actor que tan pronto podía transformarse en el malvado rey de un vasto imperio como en el bufón de la corte más absurda. Jenarth era de los mejores comediantes que, en aquellos tiempos, todavía se atrevían a seguir viajando de ciudad en ciudad.

—¿Cómo os encontráis, oh, emperador de los escenarios? —saludó a Elendhal, mientras una sonrisa le transformaba el rostro, exagerando sus numerosas arrugas como si se tratara de un árido paisaje del más allá—. Ese último tramo de la calzada tenía tantos baches que creí que mis huesos iban a quebrarse uno tras otro.

—No exageres tanto, Jenarth. Por fin hemos llegado.

—Ya era hora. Pensé que la humedad de la costa acabaría matándome. Recuérdame que no vuelva a aceptar una gira en el Límite. Me duele todo el cuerpo como si mil serpientes hubieran horadado mi carne para poner sus inmundos huevos —recitó parte del monólogo que le correspondía en El Último Rey de Jadr, una de las últimas tragedias que la compañía había representado sobre un escenario que pudiera recibir aquel nombre.

Jenarth era una buena persona, del mismo modo que también lo eran Jeb, Deliash, Esbodan y Billie. Podrían arreglárselas solos sin problemas, no tenía porqué preocuparse. Todos ellos podrían sobrevivir sin él… además, tenía pensado dejarles los libretos de unas cuantas obras aún no estrenadas.

Sacaron sus mejores ropajes de los baúles que transportaban en las carretas y los dejaron airearse sobre la mullida hierba. El día había amanecido soleado y no existía ninguna razón para pensar que iba a cambiar. Dariahn, todavía algo molesta, se había apartado un poco de ellos y, sentada sobre una gran roca con los pies en las frías aguas del Jiraimot, les lanzaba miradas furibundas.

—¡Deja de perder el tiempo y ve a ayudar a Jeb y a Esbodan! —gritó Genna. Trataba de peinarse para estar presentable, pero sus revueltos cabellos rubios se mantenían impasibles a los virulentos ataques del cepillo. Genna envidiaba la dorada melena de Dariahn, pues parecía que no necesitara hacer nada para mantenerla perfectamente lisa y peinada. Era como una de esas princesitas de los cuentos que contaba su marido a los niños de las aldeas… pero sin necesidad de peinarse tantas veces, claro está. Una razón más para aquel apodo: Duquesita.

Dariahn siguió durante un buen rato jugueteando con los pies en el agua. No sabía por qué, pero aquella sensación le encantaba.

Cuando estaba a punto de hacer caso a Genna, un coche de caballos pasó por el camino en dirección a Dhao levantando una inmensa nube de polvo. Era uno de esos coches pesados y lujosos que necesitaban de al menos diez caballos para moverse a una velocidad razonable. Aquél debía de tener una docena. Dariahn no tuvo tiempo de contarlos. En sus puertas estaba grabado el escudo del noble local.

—¡Estúpido, debería tener más cuidado! —gruñó la joven.

—Esa no es forma de hablar para una dama —le regañó Genna—. Pongamos a salvo los vestidos antes de que el polvo se asiente. No me gustaría tener que lavarlos otra vez. —Aunque no era mucho mayor que ella, desde que podía recordar se había comportado como si fuera su madre.

—Era el carruaje de Lord Qüitain —dijo el juglar, tras unos minutos meditando—. Me pregunto qué estaría haciendo por aquí.

—Ni lo sé, ni me interesa —protestó de nuevo Dariahn mientras metía los vestidos, ya irremediablemente sucios, en el carro—. Seguro que se trata de un viejo que habrá estado cazando o vuelve de visitar a alguna amiguita —murmuró.

—Dudo que pueda tratarse de cualquiera de las dos cosas. —Elendhal parecía interesado—. En estos tiempos, pocos son los nobles que se atreven a salir de las plazas fuertes. Mucho menos en esta zona y en un carruaje que los identifique con tanta facilidad. Estamos a menos de dos semanas del Yermo y a pocos días de las líneas de Demosian. Además, Lord Qüintain no es ningún viejo, no más viejo que yo, al menos.

—Yo conocí a su padre —intervino Jenarth—. Era un tipo apuesto y orgulloso. Creo recordar que representamos ante él La Fábula del Puercoespín. Después, nos invitó a comer y todo.

—¡A buen sitio nos has venido a traer!

—Mejor que muchos otros. Dhao es bastante más segura que la mayoría de las ciudades de Drashur. Creo que ya comenté antes que la nobleza de sus gobernantes es legendaria.

Como pudieron, limpiaron la ropa y empacaron para continuar su camino hacia la ciudad. Difícilmente podían imaginar lo que el destino les tenía preparado allí, pues, de este modo tan sencillo, llegó una de las más nobles gobernantes de Dhao.

Pocos rastros de sus humildes orígenes han permanecido hasta nuestros días, excepto su nombre, repetido a través de múltiples generaciones, y la persistencia hasta la actualidad del apellido Elendhal entre los nuestros.