miércoles, 18 de febrero de 2009

Urnas de Jade: Mentiras (prólogo)

PRÓLOGO
Adaptado de Historia de Dhao para Jóvenes
(Tomo 2: Año 107 II E.O.)


Las blancas murallas de Dhao se erguían, orgullosas, proyectando su sombra sobre las cristalinas aguas del río Jiraimot. Hacía mucho tiempo que el bardo no visitaba aquella ciudad y sus recuerdos de ella se veían muy diluidos por los años, pero, a pesar del olvido, todavía quedaban extraños sentimientos que le arrastraban inexorablemente hacia ella.

—¿Quieres decir que éste es el lugar del que tanto nos has hablado? —preguntó Dariahn, su ayudante, mientras ayudaba a Genna a bajar de la carreta—. Te recuerdo que tu mujer no se encuentra en un estado que aconseje estar en los caminos.

—No, estoy bien —respondió Genna con una mueca. No faltaba ni una luna para que saliera de cuentas, pero la ilusión con la que había tomado Elendhal aquel viaje hacía que mereciese la pena, al menos para ella.

—Las calzadas abiertas pueden llevarte al desastre y las sendas sombrías a tu destino —recitó el bardo—. Deberíais saber, antes de recurrir al desprecio, que esta ciudad apenas ha cambiado a lo largo de los años. Bien es cierto que ya poco tiene que ver con la ruinosa aldea que se asentaba en este recodo del río cuando Kiramel era joven, pero siempre ha mantenido…

—¿La ausencia de alcantarillado y el hedor? —preguntó Dariahn con toda su mala intención.

—No, una nobleza a la que realmente es apropiado denominar de ese modo, Duquesita —respondió Elendhal, sabiendo que aquel apodo no le gustaba en absoluto.

Durante las últimas semanas Dariahn se había vuelto cada vez más insoportable. Aunque no se lo había comentado a Genna, el juglar sospechaba que el problema residía en que se sentía desplazada por el inminente nacimiento de su hijo… ¡Su hijo! Elendhal no cabía de gozo en sí mismo cada vez que lo pensaba… habían llegado justo a tiempo para su nacimiento, un momento más que apropiado para comunicarle a su esposa y al resto de la compañía que, como decía la vieja canción, estaban donde debían encontrarse. A partir de entonces se acabarían los caminos y ella podría volver a vivir entre cuatro paredes, como siempre había deseado.

Los otros carros llegaron tras ellos y se detuvieron junto a la calzada. Había casi una docena, aunque sólo cuatro pertenecían a la compañía de teatro. Los demás eran mercaderes que se unieron a la comitiva buscando la seguridad que ofrecía un alto número de hombres.

Jenarth de D’rion conducía el primero de ellos y, con una cómica reverencia, se despidió de los mercaderes. Era un buen actor que tan pronto podía transformarse en el malvado rey de un vasto imperio como en el bufón de la corte más absurda. Jenarth era de los mejores comediantes que, en aquellos tiempos, todavía se atrevían a seguir viajando de ciudad en ciudad.

—¿Cómo os encontráis, oh, emperador de los escenarios? —saludó a Elendhal, mientras una sonrisa le transformaba el rostro, exagerando sus numerosas arrugas como si se tratara de un árido paisaje del más allá—. Ese último tramo de la calzada tenía tantos baches que creí que mis huesos iban a quebrarse uno tras otro.

—No exageres tanto, Jenarth. Por fin hemos llegado.

—Ya era hora. Pensé que la humedad de la costa acabaría matándome. Recuérdame que no vuelva a aceptar una gira en el Límite. Me duele todo el cuerpo como si mil serpientes hubieran horadado mi carne para poner sus inmundos huevos —recitó parte del monólogo que le correspondía en El Último Rey de Jadr, una de las últimas tragedias que la compañía había representado sobre un escenario que pudiera recibir aquel nombre.

Jenarth era una buena persona, del mismo modo que también lo eran Jeb, Deliash, Esbodan y Billie. Podrían arreglárselas solos sin problemas, no tenía porqué preocuparse. Todos ellos podrían sobrevivir sin él… además, tenía pensado dejarles los libretos de unas cuantas obras aún no estrenadas.

Sacaron sus mejores ropajes de los baúles que transportaban en las carretas y los dejaron airearse sobre la mullida hierba. El día había amanecido soleado y no existía ninguna razón para pensar que iba a cambiar. Dariahn, todavía algo molesta, se había apartado un poco de ellos y, sentada sobre una gran roca con los pies en las frías aguas del Jiraimot, les lanzaba miradas furibundas.

—¡Deja de perder el tiempo y ve a ayudar a Jeb y a Esbodan! —gritó Genna. Trataba de peinarse para estar presentable, pero sus revueltos cabellos rubios se mantenían impasibles a los virulentos ataques del cepillo. Genna envidiaba la dorada melena de Dariahn, pues parecía que no necesitara hacer nada para mantenerla perfectamente lisa y peinada. Era como una de esas princesitas de los cuentos que contaba su marido a los niños de las aldeas… pero sin necesidad de peinarse tantas veces, claro está. Una razón más para aquel apodo: Duquesita.

Dariahn siguió durante un buen rato jugueteando con los pies en el agua. No sabía por qué, pero aquella sensación le encantaba.

Cuando estaba a punto de hacer caso a Genna, un coche de caballos pasó por el camino en dirección a Dhao levantando una inmensa nube de polvo. Era uno de esos coches pesados y lujosos que necesitaban de al menos diez caballos para moverse a una velocidad razonable. Aquél debía de tener una docena. Dariahn no tuvo tiempo de contarlos. En sus puertas estaba grabado el escudo del noble local.

—¡Estúpido, debería tener más cuidado! —gruñó la joven.

—Esa no es forma de hablar para una dama —le regañó Genna—. Pongamos a salvo los vestidos antes de que el polvo se asiente. No me gustaría tener que lavarlos otra vez. —Aunque no era mucho mayor que ella, desde que podía recordar se había comportado como si fuera su madre.

—Era el carruaje de Lord Qüitain —dijo el juglar, tras unos minutos meditando—. Me pregunto qué estaría haciendo por aquí.

—Ni lo sé, ni me interesa —protestó de nuevo Dariahn mientras metía los vestidos, ya irremediablemente sucios, en el carro—. Seguro que se trata de un viejo que habrá estado cazando o vuelve de visitar a alguna amiguita —murmuró.

—Dudo que pueda tratarse de cualquiera de las dos cosas. —Elendhal parecía interesado—. En estos tiempos, pocos son los nobles que se atreven a salir de las plazas fuertes. Mucho menos en esta zona y en un carruaje que los identifique con tanta facilidad. Estamos a menos de dos semanas del Yermo y a pocos días de las líneas de Demosian. Además, Lord Qüintain no es ningún viejo, no más viejo que yo, al menos.

—Yo conocí a su padre —intervino Jenarth—. Era un tipo apuesto y orgulloso. Creo recordar que representamos ante él La Fábula del Puercoespín. Después, nos invitó a comer y todo.

—¡A buen sitio nos has venido a traer!

—Mejor que muchos otros. Dhao es bastante más segura que la mayoría de las ciudades de Drashur. Creo que ya comenté antes que la nobleza de sus gobernantes es legendaria.

Como pudieron, limpiaron la ropa y empacaron para continuar su camino hacia la ciudad. Difícilmente podían imaginar lo que el destino les tenía preparado allí, pues, de este modo tan sencillo, llegó una de las más nobles gobernantes de Dhao.

Pocos rastros de sus humildes orígenes han permanecido hasta nuestros días, excepto su nombre, repetido a través de múltiples generaciones, y la persistencia hasta la actualidad del apellido Elendhal entre los nuestros.