jueves, 30 de agosto de 2007

Deidades: Eroth

Eroth, el Sanador, es el Dios de médicos y curanderos. Muy venerado en todo el continente. Existen pequeñas capillas a lo largo de todos los caminos y calzadas donde puede ser venerado. Suele representársele como un anciano vestido con una larga túnica blanca.

ORGANIZACION: Cada Sanador de Eroth es una persona en sí mismo y debe ser considerado como representante legítimo de Eroth. Los rangos dentro de los Sanadores no valen nada, sólo la pericia para salvar vidas cuenta. Si hubiera que mencionar un centro para esta religión, éste sería indiscutiblemente el valle de Eddonair, al norte de Mairaith, en plena Hoz de Zariez.

TEMPLOS: No hay templos como tales, cada uno debe honrar a Eroth allí donde se encuentre con sus actos y no con palabras vanas. La capilla situada en el Eddonair es poco más que una sala vacía con algunos bancos que invita a la reflexión.

RITUALES:
Comunes: Durante la hora anterior a la caída de la noche, los Sanadores de Eroth dedican algunos minutos a considerar si sus acciones han sido las correctas y a averiguar qué deberían haber hecho y de qué modo de no ser así.
Extraordinarios: Los Sanadores de Eroth están presentes en un buen número de ceremonias del nombre y suelen ser bienvenidos en cualquier lugar. También ofician bodas y funerales, pero esto es mucho más raro.

OTROS SERVICIOS: Conocidos como los mejores curanderos que existen, los sanadores cobran en forma de donativos y limosnas por sus servicios. El dinero varía según las personas y sus posibilidades económicas y es reinvertido casi integramente en el mantenimiento de las Casas de Curación de Eddonair y en productos para su arte.

domingo, 26 de agosto de 2007

Otros Relatos: La Dama del Bosque

Los relámpagos hienden la faz de ébano del cielo con sus senderos tortuosos y eléctricos. La oscuridad se adueña de la aldea. Es la hora de las historias y muchos ojos brillantes observan las tinieblas, mientras los oídos se llenan de verbos gastados de tanto repetirlos. Todos han escuchado ésta antes, aunque ninguno le hace ascos ahora. Es la historia de una muchacha de cabellos de oro, tez pálida y labios de carmín que esperaba encerrada en una torre en el centro de un bosque olvidado. Una princesa que, maldita por los actos de los suyos, aguardaba a que un caballero osado y galante acudiera a rescatarla de su prisión. Pero, aunque el bosque era un enemigo digno, no era el único con el que tendría que enfrentarse un valiente doncel. Como en todo buen cuento, tres pruebas le aguardaban una vez superada la floresta. Y no eran pruebas sencillas, pues se decía que habían sido letales para todos aquellos que acudieron antes que él, cuyos cuerpos mutilados reposaban bajo los enramados alimentando con su carne a los antiguos robles.
Entre susurros, un anciano habla del caballero Giles de Renoir. Joven, apuesto, ducho en las artes de la espada, paladín de la fe y de una cuna tan alta que no tenía igual. De cómo, viajando por aquella región, había oído de la abominable situación de la Dama del Bosque y de cómo, para probar su heroísmo, se había lanzado en pos de ella, a pesar de las advertencias de los lugareños y las muchas señales que desaconsejaban adentrarse en el robledal maldito.
Transcurrieron dos largas jornadas a lomos de su poderoso semental antes de que nada sucediese y, ni tan siquiera, la torre se mostrara en lontananza. Cuando por fin lo hizo, al amanecer del tercer día de viaje, fue tan sólo un anciano el que se interpuso en su camino, saliéndole al paso y estando a un tris de ser aplastado por su brioso corcel.
—Deteneos, caballero, pues estos terrenos le están vedados a aquellos que no se muestren dignos en las tres pruebas de valor, justicia y humildad que mi amo exige.
—Soy valeroso, justo, humilde y aún más. Apartaos para que pueda continuar.
—Como queráis, pero las pruebas os aguardarán de idéntico modo y, sin mi guía, mucho me temo que ni aún vos os veáis capaz de superarlas.
—Siendo así, os aceptaré a mi lado.
Cuentan que el anciano guió a Giles de Renoir por los senderos más apartados del robledal, hasta conducirle a un apartado calvero. Allí le aguardaba un pozo, de piedra y argamasa, antiguo y lleno de podredumbre. Se oían gritos en su interior y el hombre le indicó que fuese hasta él. Apenas se veía nada en la oscuridad de tan profundo como era. Algo se movía en el fondo.
—Ésta es la prueba de vuestro valor. Debéis descender por él y enfrentaros a la noche y al frío, que son dos enemigos poderosos.
—Pamplinas.
El caballero no tardó en tener lista una cuerda. Descendió por ella con esfuerzo, sintiendo el peso de la armadura contra el pecho, pues no se le había pasado por la mente lo apropiado de quitársela. No había llegado ni a la mitad, cuando éste se hizo insoportable y los brazos le empezaron a doler como si fueran a quebrársele en cualquier instante. Paso a paso por la resbaladiza piedra, fue deshaciéndose de las brillantes piezas de metal, dejándolas caer al agua. Sin ella todo fue más fácil y al poco estaba de regreso, empapado y medio desnudo, pero con un niño en brazos, sano y salvo.
—Creí que sería más difícil.
—Lo habría sido para un hombre común, pero vos no lo sois.
Siguieron su camino por el bosque, cada vez más tétrico y lleno de sombras, pero eso no achantó al joven Señor de Renoir, cuyos ojos se alzaban de cuando en cuando hacia la torre, con la esperanza de ver los cabellos dorados de la Dama. No los vio. Cuando ya estaban cerca del mediodía, llegaron a un nuevo claro, aquel mucho más amplio que el del pozo. Dos aldeanos discutían por el precio de unas verduras. Sobre ellos, las nubes se apelotonaban, amenazando con descargar en tormenta.
—¿Qué es lo que acontece aquí?
—Es vuestra prueba de justicia, señor. Debéis dirimir su disputa de la forma más equitativa.
De Renoir tampoco tardó demasiado tiempo en solucionar aquella prueba, aunque le costó sacrificar su espada. Así, desarmado y vestido tan sólo con las protecciones de su armadura, siguió tras los pasos del anciano. Para lo que había oído decir, todo había resultado muy sencillo. Una sola prueba más y la mano de la Dama estaría a su alcance.
Estaba anocheciendo y llovía cuando llegaron a los pies de la torre y su guía hizo el tercer alto. El viento aullaba entre los árboles, agitando las ramas y ululando maldiciones. Junto a la puerta de la pared de piedra, se alzaba un trono, ocupado por un hombre rollizo, desdentado y con una corona de latón sobre su calva cabeza. Junto al trono había un montón de huesos, algunos de ellos todavía recubiertos con carne, que habían pertenecido a los hombres que le antecedieron. El hedor era tal que Giles apartó el rostro, asqueado y con nauseas.
—Postraros ante el señor de estas tierras, como gesto de humildad.
—¿Señor?
—El amo del robledal. Arrodillaos ante él, ésa será la tercera prueba que os conducirá al interior de la torre y a la Dama que en ella habita.
Tras haber llegado tan lejos, el caballero no pudo rechazar aquel reto. Descendió de su caballo y, con paso firme, se situó frente al trono para clavar la rodilla en tierra. No había terminado de hacerlo, cuando la puerta que había junto a él se abrió. El anciano y el hombrecillo de aspecto grotesco sonrieron, llenos de alivio.
Giles se incorporó y, caminando, entró por ella. Después, la puerta se cerró a sus espaldas. Olía aún peor que fuera y el aire era rancio, como si no se hubiera movido en mucho tiempo. Miró hacia arriba. El torreón estaba hueco, como un pozo, aunque construido en altura en lugar de en profundidad. La lluvia caía desde el cielo encapotado.
—¡He cumplido con los requisitos, he superado las viejas pruebas! ¿En qué he fallado?
—No habéis fallado. ¡Habéis acudido hasta mí!
—¿Sois la Dama? Nadie me dijo que os encontrabais en una situación semejante. De haberlo sabido, habría acudido raudo a vuestro rescate.
—No, no más raudo. Era necesario que cumplierais con los retos. Así será más fácil.
Una masa grotesca se alzó a su lado, muchas veces más grande que él. Tenía los cabellos del color de la paja sucia, la piel pálida por no haber recibido nunca la luz del sol y gruesos labios, cubiertos por la sangre de sus víctimas. Aquella a la que llamaban la Dama del Bosque se arrojó sobre él. Giles de Renoir, desprovisto de arma, armadura y caballo, poco pudo hacer. Sus restos se unieron a los que yacían a los pies del torreón, devorado como tantos otros por su propio orgullo.
Y así es como se cuenta esta historia entre el pueblo llano, donde los cuentos amables no existen. Poco tiene que ver con los de damas que descuelgan sus rizos por las ventanas, a la espera de un caballero que las libere. Eso se deja para los nobles que no temen a la tormenta ni a la oscuridad.

miércoles, 22 de agosto de 2007

978-84-96013-37-7

El título de este post es el número del ISBN de Urnas de Jade: Leyendas. Una de las dos cosas buenas que me han pasado esta mañana con respecto a la novela (la otra es que ya se encuentra como avance en cyberdark).
Lo tercero bueno que ha tenido el día de hoy ha sido que ¡por fin! he terminado lo que estaba escribiendo. Todavía no me convence, pero me voy a poner a corregirlo esta tarde o mañana. Lo tengo ahí, impreso, encima de la mesa. Iba a tener 20 capítulos y tiene 25. Llevo acabándolo desde hace dos semanas, pero se resistía el condenado. Creo que ya está. Sí. Salvo que al corregirlo cambie algo...
Espero que no sea mucho.

Un saludo a todos. Nos leemos.
¡Toma! ¡Toma! ¡Toma!

martes, 21 de agosto de 2007

Otros Relatos: Oscuridad Manifiesta

Oscuras imágenes, abotargadas, informes, bultos sin alma que se extienden hasta el infinito. Rostros sonrientes, blasfemos e inhumanos que llenan hasta el último de los rincones. Lecturas malditas, de caligrafía insana, dubitativa y errática, encuadernadas con sus propias entrañas y cosidas sin tripas, sólo engrudos, pastas y una presión más allá de lo imaginable.
Paseo entre todas ellas, entre las estanterías repletas con lo que nuestra sociedad ha producido y me refocilo en la inmundicia. No puedo por menos dejar de sonreír mientras, bajo la amarilla luz de mi linterna, observo en qué nos hemos convertido. Y no sólo nosotros… aplastando a los que eran más débiles e inocentes, hemos destruido a las que eran mil veces más antiguas que la nuestra. Hemos invadido con nuestros paganos cultos a aquellos que sólo ansiaban libertad y escapar de la tiranía y la opresión. Nosotros se la vendimos y junto a ella les vendimos una esclavitud de espíritu mucho más profunda que las simas abisales. Pan a cambio de su total sumisión. Plagas a cambio de las pócimas y ungüentos. Armas para acabar con sus enemigos y proclamar la paz. Muerte agónica y lenta a cambio de sus vidas cortas aunque plenas. Los cuatro gigantes al completo. Y pagaron por ellos. Y lo hicieron por su propia voluntad.
Como soldados hieráticos, las estatuas se alzan en el interior de sus cárceles de cristal. Altas, imposiblemente delgadas, muestran nuestros ideales al mundo. Son unos ideales marchitos y amargos que, aunque no cumplimos, tratamos de imponer. Imágenes de los nuevos Dioses sin alma que tallamos a imagen de los verdaderos, venidos de las estrellas, flamantes astros sin entrañas que ansían la adoración de las masas sin importarles el precio. Muy pocos se habrían salvado en los días antiguos y muchos de ellos son repudiados por los más viejos y poderosos. Nadie les pretende fidelidad aunque sus imágenes se extiendan hacia el infinito, llenando los muros con sus rostros de expresiones vacías, de ojos acuosos y manchados por los azares de una existencia tan fugaz como su origen. Las sectas se postran a sus pies, pero nadie cree en ellos. Todos aguardan, dispuestos a ver como estos Dioses de pies de barro y cabeza de paja se desploman y caen para poder repartirse los pedazos. Pero estamos dispuestos a ser como ellos, todos idénticos a semejanza de nuestros ídolos.
El círculo de luz que llevo en mi mano se refleja en el vidrio, en los bruñidos espejos que llenan las paredes del templo. Por un momento me asusto de mi propia mirada. Mi piel morena me marca como uno de los de fuera, como ellos, como los que en otro tiempo fueron sus esclavos y ahora son libres para vivir a su modo. Todavía soy menos que ellos en un mundo que promulga la igualdad. Aparto la vista, tratando de olvidar lo que era antes de llegar a donde me encuentro. El día que lo consiga seré uno de ellos, seré aceptado como uno más.
Me falta el aire, pero aquí no hay ventanas a las que asomarse. Casi mejor. Así no podré ver lo que ellos… nosotros hemos hecho a esta tierra. No podemos decir que la hayamos rehecho a nuestra imagen. Yerma, desértica, cubierta de polvo y nubes sulfurosas que brillan durante largas noches como ésta, donde nada que no deseemos pueda medrar o crecer. En apenas dos siglos hemos conseguido esto… ¿cuánto tiempo deberá pasar antes de que debamos partir y repetir el mismo proceso en otra parte? Las eras son cada vez más cortas y todo sucede más rápido. ¿Cuánto será la siguiente? ¿Cien o cincuenta años?
Ya da lo mismo. Esas dudas están fuera de lugar y carecen de sentido. Soy el guardián del templo durante las horas en las que el sol se pone y la oscuridad de la noche llena las llanuras. Esa es mi labor y a ella me debo, no hay espacio para dudas o errores que puedan permitir al enemigo adentrarse en estos execrables pasillos. Desde la caída de las grandes torres nada ha vuelto a ser lo mismo. Ellos podrían estar en cualquier parte, acechando… continuo con el intrincado recorrido que mis superiores me han asignado, entre las sombras amenazantes y los pulidos suelos. Las estatuas, casi vivas, parecen respirar en la oscuridad, observándome, y los puntos rojos que son los ojos de mis compañeros parpadean de cuando en cuando, colgados donde los altos muros se unen con el adornado techo. Las escaleras, vibrantes y pulsátiles antes, y muertas y frías a estas horas, se proyectan hacia el infinito que hay más arriba, llevando sus pasamanos hasta tan lejos que parecen unirse en uno sólo, vulnerando toda geometría euclidiana bajo la luz de la luna, impávida y pálida, que atraviesa las amplias vidrieras del piso superior. Al menos allí hay más claridad, no como en los húmedos corredores plagados de ratas de mis primeras semanas, cuando parecía llevar la insignia de novato grabada en la cara, aún más allá que en el mugriento uniforme que me habían entregado, una reliquia de los tiempos en los que todo era más nuevo y brillante y las masas acudían en tropel para consumir y ser consumidas.
Subo por ellas, un escalón tras otro, sintiendo el frío metal bajo mis pies, cansados de tanto caminar, con las pocas prisas de quien no desea hacer algo pero sabe que debe hacerlo. Las nubes, oscuras, de una tormenta que no termina de descargar, pasan ante la faz de Selene, arrastradas por un viento demasiado cálido para esta época del año. Está ya baja, camino del amanecer, cuando el sol se alzará, los acólitos acudirán precediendo a los fieles y yo podré regresar a casa. Entonces los cánticos se alzarán también, repetitivos, llenos de estrofas y palabras medio susurradas que todos repetirán entre dientes, pues, quien más y quien menos, todos conocen los ritmos y las palabras.
Las pasarelas se presentan ante mí, colgando del techo abovedado. Están tan vacías como el resto del edificio. Junto a ellas, adosadas a las paredes, se abren otras vitrinas, cubículos donde los hambrientos son alimentados, como siempre por un precio demasiado alto. Aquí se proporcionan todos los vicios, se les anima y se les nutre como en ninguna otra parte. Ni siquiera el antiguo Seth, transfigurado en villano, fue capaz jamás de hacerlo tan bien. La gula es domada y amaestrada aquí, mientras que la vanidad, el orgullo y la codicia lo son en el piso inferior…
Me parece oír un ruido. Susurro para mis adentros las palabras convenidas y me dirijo a lo largo de la pasarela de la izquierda, donde las sombras son más oscuras y tenebrosas, nada comparado con lo que he visto más abajo. Mi arma, empuñada antes por cientos que como yo hemos dedicado nuestras vidas a proteger estas paredes, salta a mi mano prácticamente sólida, cálida y fría al mismo tiempo. Me pregunto si alguien la habrá usado antes y en qué circunstancias. Corro hacia el sonido. Cuando llego no hay nada. Sólo se trata del pestillo de uno de los altos portalones que, suelto por descuido, hace que los goznes giren y se retuerzan con el viento que, aunque escaso, es una constante aquí dentro. Ha sido una falsa alarma y me sonrojo por haber puesto a todos en alerta. Con un saludo de mi mano, indico a los que observan desde las alturas que todo va bien, que todo es correcto. Un rayo de sol entra en ese instante por la cúpula y sé que ya es la hora de que me marche, que mi tiempo ha acabado aquí…

¡DING! ¡DONG! ¡LAS PUERTAS DE ESTE CENTRO COMERCIAL ABRIRÁN EN UNOS MINUTOS!

domingo, 19 de agosto de 2007

Otros Relatos: 33 Revoluciones por Minuto

Rodney se levantó, con el despertador conectándose a su cadena de radio favorita, en la que sonaba continuamente música de los años ochenta. Aquella época había sido la mejor de su vida en muchos aspectos. Saltó de la cama y se asomó, en calzoncillos, por la ventana del dormitorio; era grande y tenía una puerta que conducía a una terraza en la que se encontraban una tumbona, varias sillas y una mesa redonda de hierro forjado, lacada en blanco.
Los últimos acordes de una pegadiza canción de Madonna(1), fueron desapareciendo bajo la voz del locutor, emperrado en dar datos que a nadie interesaban. Sonaron los primeros tonos de Queen, con un Freddie Mercury todavía en estado de gracia, cantando Who wants to live forever(2). Mientras el café se hacía, orinó y se dio una ducha rápida. Vestido con el albornoz, salió a la terraza. Había un centenar idénticas, dispuestas en filas de a ocho a lo largo de los quince pisos que tenía el edificio. Otro bloque, muy parecido a aquél, se extendía al otro lado de la piscina, tapando lo que en el prospecto de los apartamentos estaba anunciado como "una hermosa vista de las relucientes aguas del Pacífico". Sí. Aquella línea apenas visible tras el cemento, los cristales y las copas de las palmeras, debía de ser una buena muestra de las playas californianas.
Mojó las galletas en el café. Junto al riñón azul que era la piscina, se veían algunas sombrillas y las siluetas de varias bañistas con trajes brillantes. Vacaciones forzosas, lo habían llamado en la empresa. No podía olerle más a despido. Los rasgueos de la guitarra de Knopfler le distrajeron, permitiendo que se calmara. No debía perder el control de aquella manera, no por algo que no podía controlar. Debía reconocer que odiaba no estar al cargo de la situación, pero había mucha gente por encima de él que tenía la última palabra… demasiada. Terminó con el desayuno y dejó la taza y las demás cosas en la pila. Mientras Brothers in arms(3) se desvanecía y Cindy Lauper entraba en escena, con el locutor explicando los hechos que habían tenido lugar en aquellos años, se vistió y salió por la puerta.
Cuando llegó al portal, ya había conseguido sintonizar la emisora en el walkman que llevaba adosado al cinturón. Sonrió al espejo que cubría una de las paredes. Un hombre de mediana edad, con pronunciadas entradas, le devolvió la sonrisa. En el espejo también se reflejaban los cientos de casilleros que formaban los buzones del vecindario, haciendo que parecieran todavía más de los que ya eran. Buscó su ranura, más por saber dónde se encontraba que por esperar encontrar algo en su interior. Así fue. Guardó los anuncios de un par de clubes en el bolsillo de su camisa de flores. Girls just wanna have fun(4) acabó de repente. Comenzaron las noticias locales. Apagó el aparato. No le interesaban demasiado, estaba allí para relajarse y divertirse. Si diversión era lo que querían, él se la daría, aunque los clubes hubieran sustituido a sus añoradas discotecas.
Rodney se dirigió a las instalaciones privadas de aquella torre: un pequeño bar deshabitado, un gimnasio minúsculo que se encontraba todavía más vacío y, por supuesto, la piscina. Una canción, tan distorsionada que le costó reconocerla, resonaba por megafonía. Sólo cuando se acomodó en las tumbonas, mirando a las bañistas que tomaban el sol, pudo reconocerla. Una versión horrible de Everybody needs somebody to love(5) que haría que Jake se revolviera en su tumba. Se puso los cascos de nuevo y encendió el walkman. La voz del comentarista hablaba del incendio que se había declarado casi una semana antes en Santa Mónica y de cómo no habían conseguido controlarlo todavía. No podía importarle menos. Lo que si le importaban eran las chicas que se contoneaban ante sus ojos. La mayor parte de ellas no eran más que niñas y el resto… Florida habría sido un lugar mucho más apropiado para ellas.
Habló K-Billy. Su voz era pesada, rápida, siempre llena de datos irrelevantes acerca de asuntos todavía más irrelevantes. Lo hacía así desde hacía casi quince años. Rodney llevaba sin escucharle diez, debido a un poco afortunado comentario sobre el disco Kaya(6) de Marley. Oía la música, ésa era la parte que importaba, e ignoraba lo que decía. Música de los ochenta, con alguna semana de los setenta intercalada de cuando en cuando. Aquella vez no pudo hacerlo. Las palabras Walker y cancelación resonaban con demasiada fuerza a través de sus auriculares de esponja. Sonó una sintonía que no había escuchado antes. Junto con la música, anunciaban el horario de emisión del nuevo programa, el que iba a dejar al de K-Billy fuera de antena.
Rodney se puso en pie y, a grandes zancadas, regresó al largo pasillo que era la entrada al complejo de apartamentos, pensando en dónde la había dejado. Sí… en el cajón de la mesilla. De todas maneras tenía tiempo y debía subir a buscar algunas otras cosas. En la radio, el anuncio del nuevo programa se desgranó en unas cuantas notas desagradables, hip-hop o alguna de aquellas mierdas modernas. No iba a permitir que todas las cartas que había enviado y que todas las horas dedicadas a K-Billy se fueran al traste. Él les enseñaría lo que era bueno. Sobre todo a esa usurpadora que hacía de estrella de la radio. Esa tal Patrizia Walker… él la enseñaría a andar.
Cogió las llaves del coche, un plano de la zona y la película que había estado viendo en el VHS antes de quedarse dormido. Para los guardias de seguridad guardaba su 9mm en la guantera. Pero para ella… ella recibiría algo muy especial. En el trabajo habían dicho que era demasiado literal, que se tomaba las cosas demasiado a pecho. Sonrió, aquella era su canción…

“I heard you on the wireless back in Fifty Two
Lying awake intent at tuning in on you.
If I was young it didn't stop you coming through.”(7)


(1)
(2)
(3)
(4)
(5)
(6)
(7)

Otros Relatos: Wyrd

Dicen que el mundo entero está unido a un gran fresno. Que las tierras que conocemos descansan sobre sus ramas, como el nido del ave más extraña de todas. Y que sus raíces se hunden en lo más profundo de la creación.
Cuando le preguntan si semejante cosa es cierta, el anciano sonríe y asiente con la cabeza sin dudar, desde el otro lado de las llamas. Es muy viejo, enjuto, con el rostro arrugado y cubierto por una barba que clarea bajo sus pómulos. Tiene una cicatriz que se lo recorre desde la ceja al mentón del lado derecho y su ojo izquierdo está cubierto con una catarata blancuzca. Todos le recuerdan allí, sentado junto a la hoguera, como si siempre hubiera sido así de viejo y arrugado.
Los aldeanos crecen escuchando las historias del anciano… aunque en realidad nadie jamás le ha oído decir palabra. Cuentan que las leyendas llegaron con él, aunque él se limita a afirmar cuando alguno de los hombres cuenta alguna. Entonces está siempre presente, con su único ojo bueno, azul y fiero, clavado en el narrador.
Él es uno de los cazadores. Siempre ha sido hábil con la lanza y el arco. Poseedor de una vista tan afilada como sus armas, es uno de los mejores rastreadores con los que cuentan los suyos. Sin madre, tuvo que crecer rápido y mucho. Es uno de los hombres más altos de la aldea y muchos piensan que pueda llegar a ser su líder. Si tiene la oportunidad.
Pero en estos tiempos, las oportunidades escasean tanto como la caza. Las cosechas son pobres y el poco ganado que sobrevivió a la plaga del verano pasado no es suficiente para proveerles de carne. Por eso los cazadores viajan cada vez más lejos, arriesgándose en lo profundo de los bosques y regresando con nuevas historias de lo que hay más allá de las fronteras conocidas. Y, en muchas ocasiones, es él quien va a su cabeza.
Hay un día en el que la partida de caza no regresa. Las jornadas pasan y los jóvenes cazadores no vuelven a sus hogares. Los mayores se preocupan, pues son los brazos más fuertes con los que cuentan y el invierno se acerca. Una generación perdida, dicen entre lamentos, mientras las mujeres lloran y los niños más pequeños vagabundean por los alrededores, deseosos de ser los primeros en llevar a los demás la noticia de la vuelta de sus hermanos mayores.
Transcurre casi una semana cuando uno de aquellos muchachos irrumpe a la carrera en el centro de lo que a ellos les gusta considerar su hogar —una docena de casas largas, rodeadas por una empalizada no más alta que dos hombres—. Llega sin aliento y su madre tarda un buen rato en conseguir que hable. Está pálido, con el rostro demudado por el dolor.
Ha vuelto. Sólo uno.
Al joven cazador le encuentran a media milla de la aldea, exhausto y malherido. En unas angarillas, le llevan hasta la choza del curandero. Es fuerte y sobrevive a las fiebres que le invaden durante las siguientes jornadas. No así su brazo derecho. El curandero lo corta y vierte vino ardiente sobre el muñón para que la carne se queme y no la devoren las moscas. Pero incluso antes de recuperarse del todo, entre delirios, les habla. Les habla del traidor ataque del que fueron objeto.
Cuenta cómo, estando a las orillas de un río, hacia el amanecer y el norte, una barahúnda infame les salió al paso. Armados con espadas y acompañados por perros, no les ofrecieron tregua. Antes de que pudieran defenderse, los dos más jóvenes, apenas niños, habían muerto. Entonces, ellos mismos empuñaron sus lanzas y les hicieron frente. Muchos enemigos cayeron aquel día, pero muchos más surgieron de la maleza, haciéndoles retroceder hacia el cauce. Al caer a él había salvado la vida, sin poder regresar a la batalla en la que habían sido abatidos los suyos.
Nadie duda de su palabra, pues ya ha demostrado su valor en innumerables ocasiones, pero las voces se alzan contra aquellos enemigos que les son desconocidos hasta este día y, como es la costumbre, los más viejos del lugar se reúnen para tomar una decisión que les marcará para siempre.
Pasan tres jornadas antes de que los líderes de la aldea decreten cuál es el camino a seguir y, muy a su pesar, ese camino es el de la guerra. Los pocos caballos de los que disponen son ensillados y los guerreros afilan sus armas. Atrás sólo quedan los demasiado viejos, los demasiado niños y las mujeres. Y, por supuesto, el cazador convaleciente, al que se le niega el derecho a participar en la lucha a pesar de lo mucho que lo solicita.
Los hombres marchan y el joven manco se queda en casa, cuidando de la pobre aldea. Las primeras jornadas se hacen muy largas, pensando que muchos de ellos no volverán y —aunque los aldeanos saben que para los luchadores aguerridos está reservado el mejor de los paraísos— no poco dolorosas. Las mujeres mantienen la mirada baja y los viejos cuentan las historias de su niñez, de cuando el mundo era más joven, alrededor del fuego. Y el anciano tuerto les da su aprobación.
Pero las semanas transcurren y tampoco entonces regresa nadie. Las prendas enlutadas cubren los hombros de las que ya se saben viudas y éstas, a su vez, se cubren con las primeras nieves invernales. Ya nadie queda que haga frente a sus enemigos ni que trabaje los campos y sólo pueden aguardar a que la muerte de los cobardes les acorrale, llena de hambre y frío.
El manco no está dispuesto a admitirlo. El propio corazón le duele con sólo pensarlo y, aunque no es un cobarde, se siente como tal. Por eso, una mañana, coge sus armas, su capa de piel de oso y su impedimenta, y se pone en camino, para acudir hasta el destino que los suyos le negaron, abandonando la aldea que le vio nacer y que sabe condenada a desaparecer sin remedio.
Los días transcurren lentos para el joven, mientras recorre el mismo sendero que ha destruido a los suyos. Sube los mismos remontes que una vez recorrió con sus amigos de infancia y cruza los riachuelos que tan amarga agua arrastran. Está cerca del río donde le hirieron, donde comenzó su ocaso particular y perdió su brazo. Sabe que su destino es morir en las mismas aguas que una vez le salvaron la vida.
Las pruebas de que está en lo cierto se multiplican en unas cuantas horas. Los restos de una refriega, las armas abandonadas y, al final, los cuerpos de los guerreros. Los encuentra colgados de las ramas de un árbol, como frutas maduras, ahorcados, y con heridas de lanza en el torso y los muslos. Capturados vivos y asesinados. No es la muerte digna de un guerrero. Los cuervos, subidos en sus hombros, les picotean los ojos y la carne blanda de la cara.
Está a los pies del lúgubre árbol, cuando los cuernos suenan y una multitud de hombres y perros sale del bosque. Pero en esta ocasión no cogen al joven por sorpresa. Con su lanza en la mano, ensarta a los que se aproximan demasiado, cercena gargantas y rompe cabezas. Al menos una docena de enemigos muere antes de que puedan acercarse lo suficiente como para herirle. El cazador manco desprecia su propia vida y no da cuartel. Pero ellos son muchos y él sólo uno y acaba por caer de rodillas.
Sin que pueda evitarlo, le atan con cintas de cuero. Primero los pies y las manos y, al final, alrededor del gaznate. Están todavía apretándolas, cuando los cuernos repiten su sonido… ¡Y los agresores se convierten en agredidos!
Por un momento, el joven manco piensa que se trata de un milagro, que los dioses se han acordado de ellos y que han bajado de los cielos para administrar venganza por las pérfidas artes de sus enemigos. Pero no es así. Lo comprende cuando una mano infantil corta las cinchas que le atan y la de una mujer pone en su mano el extremo de la lanza. Todos están allí, con los ancianos a la cabeza.
El cazador grita y su aldea grita con él. La sangre enfanga la tierra y tiñe las aguas del cercano río. Las antorchas caen y las ramas arden, llenándolo todo con su humo acre. Ni se pide ni se da cuartel, mientras la tarde se convierte en noche. Muchos mueren, pero con su cólera apaciguada al ver a sus enemigos degollados o con el cráneo hendido.
Cuando todo acaba, nadie queda en pie.
El joven manco, sobre una montaña de cadáveres, agoniza con una espada hundida en el pecho y los restos de un perro muerto a sus pies.
Al otro lado de las llamas, el viejo tuerto le sonríe.
Y, mientras afirma con la cabeza, le llama Tyr.

jueves, 16 de agosto de 2007

Otros Relatos: Fe y Hollín

La creencia es uno de los principios que mantienen la cohesión del Universo. En los tiempos antiguos, la creencia era fuerte. Tanto, que la realidad se plegaba a las necesidades de los hombres primitivos como si fuera una hoja de papel en las manos de un niño. Para todo lo que no se entendía, había una explicación: el fuego era un dios, los rayos eran la cólera de los dioses… en aquella época los dioses salían tan baratos como creer en ellos.
Pero la gente creía. ¿Qué otra cosa se podía esperar de un tiempo en el que la tierra era plana y el sol iba unas veces en un carro tirado por caballos y otras empujado por un insecto del género Coleoptera? Sin embargo, eso no es lo más importante en la historia que intento contar. Lo significativo de todas estas creencias es que eran tan fuertes como para hacerse reales, doblando la realidad hasta límites insospechados.

Había sido un mal invierno. No de los peores que había vivido, pero sí lo que se solía denominar malo de narices. Tras un otoño de ventiscas y aguaceros, la estación de las nieves se había presentado de improviso, de un día para otro y… bueno, llena de nieves. Había carámbanos de casi un palmo en los tejados, los ríos estaban tan congelados que podías saltar a ellos con más posibilidades de romperte una pierna que de ahogarte y se decía que, incluso, algunos pájaros habían muerto en el aire, entre un batir de alas y otro. Aquello era mentira y nadie se lo creía del todo. Porque —ojo, que esto también es importante— los tiempos antiguos se habían acabado hacía mucho y ya nadie creía en las cosas en las que se creía entonces. Al menos no del mismo modo.
Un autobús recorría el camino. Estaba pintado de gris y sus ruedas, cuando no parecían a punto de salirse de sus ejes, se encontraban enterradas en la nieve manchada de hollín. Cuando la gente se precipita en la era de la razón, lo hace tiznada de negro. Son cosas que pasan. La ciudad estaba todavía a un par de kilómetros cuando dio un bandazo, una de las ruedas se metió en un bache y se quedó atrapado, con el motor humeando.
Los pasajeros bajaron tras el conductor, muchos de ellos estirándose y bostezando, pues el viaje había sido largo y estaban agotados. Se apresuraron a recoger su equipaje y a emprender la marcha a pie. Aquel día era veinticuatro de diciembre y muchos llevaban meses sin ver a sus familias. Sin embargo, el último de ellos no se dio tanta prisa. Tambaleándose, salió por la portezuela y sólo el hecho de que el conductor le detuviera impidió que se fuera al suelo tan largo como era.
Porque el último ocupante del destartalado autocar era largo. Largo y ancho. Vestía un abrigo que le llegaba hasta los pies y que rodeaba su oronda figura del mismo modo que una cortina podría rodear un globo terráqueo de buenas proporciones. Además, tenía el pelo y la barba blancos y unos ojos azules intensos, uno de los cuales bizqueaba un poco, que destellaban por encima de unos pómulos tan sonrosados por el frío como por el escocés que había ido trasegando durante toda la expedición.
—¿Hemos llegado?
—No, pero esto no anda más.
El hombre alzó la vista. Sus ojos se centraron en una casa que surgía tras unos árboles, a no más de cien metros de allí, medio oculta entre la nieve sucia.
—Aquí es donde debo estar —sonrió.
Echándose el petate al hombro, se alejó de él con una risotada. Casi parecía un soldado que regresara de la guerra y le recordó a su hermano, que había muerto en ella, pero era demasiado mayor para eso. El conductor del autobús pronto se lo quitó de la cabeza, mientras se ponía en marcha hacia la ciudad.

Tras encontrar a aquel anciano en la puerta, le había invitado a entrar y ofrecerle un te caliente. Él había sonreído, agradecido, y se había quedado dormido junto a la chimenea. Cuando ya estaba oscureciendo, sus hijos entraron dando gritos, un portazo y empapados de pies a cabeza. Los cuatro vivían en aquella casa solos. Ella prefería pensar que eran una familia feliz, pero ni siquiera su fe en la bondad de la gente y en que nada malo podía pasarle a las personas buenas soportaba el empuje de la realidad. Su marido había ido a la guerra y no había vuelto. Como los maridos de muchas de sus vecinas. Hay cosas que nunca cambian.
El barullo sacó al viejo de su sueño.
—¿Quién es, madre? —preguntó el mayor de los tres.
—Es vuestro… abuelo —mintió ella. Jamás supo por qué.
Los abuelos de los chicos habían muerto antes de que nacieran y los muchachos siempre le preguntaban por ellos. Le pareció una mentira piadosa que no hacía mal a nadie. Miró al anciano, que le guiñó el ojo vago y, con una sonrisa, empezó a abrazar a los pilluelos. Más o menos como habría hecho su propio padre. Hasta entonces no se había dado cuenta de lo que le echaba de menos… las Navidades, se dijo, quitándole importancia al asunto. Se trata de esta época del año.
Invitó al anciano a cenar y a pasar la noche con ellos —de qué otro modo iba a ser—. El hombre comió con ganas. Mientras lo hacía, reía, con el rostro enrojecido por el vino y contaba historias que, al mismo tiempo, eran antiguas, nuevas, graciosas y tristes. Historias que hacían olvidar sus propios problemas. Y no tenía pocos. El banco estaba ahí, apretándoles las tuercas, ya no era tan joven y los niños crecían y apenas le quedaba dinero para la ropa. Mientras le escuchaba, nada tuvo importancia. Era como si fuera su padre, su marido… todos aquellos que faltaban en su vida al mismo tiempo. Un momento amargo en una noche muy dulce. Después hubo más risas, villancicos e historias y, cuando se dio cuenta, eran más de las doce y los niños seguían en pie. Tras acostarlos, regresó al comedor. El anciano estaba junto a la puerta, recogiendo sus cosas para marcharse.
—¿Se va?
—Sí, me esperan en muchos otros lugares. Sus hijos están muy altos —los ojos del anciano brillaron con aquella luz extraña. En aquel instante le recordaron a los de su difunto esposo.
—Sí, es cierto… Usted, ¿quién es?
—En realidad nadie. Sólo una idea en la que alguien creyó una vez. Porque, aunque no lo sepa, todo tiene que ver con lo que la gente cree —susurró, mientras salía por la puerta y se internaba en la nieve. Cuando ya estaba inmerso en la oscuridad, se volvió. Su oronda figura parecía aún más grande, magnificada por los copos de nieve que caían entre remolinos—. Éste era su día especial —dijo entonces—, espero que lo haya disfrutado. Fíjese: antes llegaba a todos y hoy debo ir puerta por puerta. ¡Lo que es el mundo! ¡Feliz Navidad, se la ha ganado a pulso!

En los viejos tiempos las creencias eran fuertes. Ya no lo son, pero su impronta perdura. En el mundo del hollín y la razón, los espíritus forjados por la fe y la imaginación son sombras de lo que eran. Los que tienen suerte, reviven unos pocos días al año.
A los demás, sólo les queda creer en sí mismos.
O eso dicen.